Umberto Eco: tras la máscara de la ironía

Capaz de reírse hasta de la propia comicidad, el profesor se fue justo a tiempo -sugiere su traductora, autora de este texto- para evitar los incordios de la vejez; dejó una obra definitivamente insoslayable
Capaz de reírse hasta de la propia comicidad, el profesor se fue justo a tiempo -sugiere su traductora, autora de este texto- para evitar los incordios de la vejez; dejó una obra definitivamente insoslayable
Elena Kostiukovitch
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23 de diciembre de 2016  

El 23 de febrero de 2016, el patio de la Rocchetta del Castello Sforzesco de Milán estaba atestado de gente. Se oían más risas que llanto, y nadie habría dicho que ese gentío se había reunido para darle a Umberto Eco un saludo postrero. La multitud era tal que en los otros patios del palacio debieron instalar pantallas gigantes para transmitir el funeral en vivo.

Moni Ovadia, amigo de Eco y famoso cómico de la tradición ídish del teatro judío, hasta incluyó en su elegía un chiste con los consejos de un sabio rabino, una anécdota que según el actor, le gustaba mucho a Umberto.

Creo que esa "despedida donde el llanto está prohibido", por citar el título de aquel poema de John Donne que Eco incluye, sin nombrarlo y como un enigma, en el texto de una de sus célebres novelas, da testimonio pleno de hasta qué punto el encanto y el carisma de Eco emanan de su capacidad para volver gracioso algo que de otra manera podría resultar grave. En sus libros, en sus enseñanzas, como en todos los aspectos de su vida, él sabía exponer y difundir temas de gran profundidad con un brío y una despreocupación mozartianas, sin dejar de ser culto, profundo y serio, más allá de la ironía.

Crédito: Daniel Merle

Quien piense que sus grandes libros de narrativa son "demasiado largos" o "demasiado serios" no sabe lo que se pierde. No entiende cuánta alegría hay escondida en sus irreverentes descripciones, por ejemplo, de las usanzas del clero, del que Eco nunca se cansaba de exponer sus hipocresías. Esa comicidad la encontramos también en la novela El nombre de la rosa, donde se describe el refectorio rabelesiano del abad, que supuestamente debía mantener ayuno, así como el resto de los monjes del monasterio.

"Sin embargo, tuvimos palominos en salmorejo, macerados en vino del país, y conejo al asador, bollos de Santa Clara, arroz preparado con almendras de aquellos montes, o sea el manjar blanco de vigilia, hojas fritas de borraja, aceitunas rellenas, queso frito, carne de oveja con salsa cruda de pimientos, habas blancas, y golosinas exquisitas, pastel de San Bernardo, pastelillos de San Nicolás, ojillos de Santa Lucía, y vinos, y licores de hierbas que pusieron de buen humor incluso a Bernardo Gui, persona de hábitos muy austeros: licor de toronjil, licor de cáscara verde de nuez, vino contra la gota y vino de genciana. Salvo por las lecturas devotas, que acompañaban cada sorbo y cada bocado, parecía una reunión de glotones."

La ironía es el tema central de esa célebre novela, y de hecho, el misterioso libro que es objeto de deseo de los protagonistas está dedicado a la comedia. La ironía y la comedia son tan valiosas que para controlarlas, para prohibirlas, los poderosos del mundo están dispuestos a cometer asesinatos.

Además de Ovadia, en el funeral de Eco también intervino Roberto Benigni, un actor que bajo los ropajes de un payaso, esconde una gran sensibilidad por las temáticas más profundas. Y retirada la máscara de la ironía, Umberto Eco también es profundo.

Su álter ego en la novela La misteriosa llama de la Reina Loana, Yambo, escucha decir a una mujer: "Siempre fuiste un hombre jovial, al que gustaban las bellas mujeres, el buen vino, la buena música, pero a mí me daba la impresión de que se trataba de una costra externa, un modo de esconderse. Cuando te dejabas ir, decías que la historia es un enigma sangriento, y el mundo un error. Nada me sacará de la mente que este mundo es fruto de un dios tenebroso cuya sombra yo prolongo". Esta última frase de Yambo es una cita de El aciago demiurgo, libro de 1969 de Émile Cioran.

De hecho, los cómicos suelen toparse muy seguido con lo terrible, y eso Eco lo sabía, habiendo sido curador y autor de la espléndida antología Historia de la belleza e Historia de la fealdad.

Ese aspecto es evidente en la historia y en la política, sobre todo durante el siglo XX. Encontramos la misma aguda atención hacia las ideologías del siglo XX y su costado humorístico en las novelas El péndulo de Foucault y en La misteriosa llama?

No es casual que Eco mostrase el mismo interés por la realidad cotidiana y los mitos ideológicos en Moscú, San Petersburgo, Tallin, Tartu, como yo misma pude comprobarlo cuando viajamos juntos a esos lugares. No es casual tampoco que al posar su mirada sobre las monstruosidades del siglo XXI haya compuesto una grandiosa colección de "bushismos" que sigue siendo furor en las redes, aunque ahora más bien habría que componer "trumpismos"? Pero el profesor Eco ya no está, y ya no podremos contar con su agudo oído y su tajante erudición.

Se fue justo a tiempo, evitando los incordios de la vejez.

Nos quedará para siempre su irreverente ironía, capaz de reírse hasta de la propia comicidad.

Una anécdota. Un día, Alain Elkann le pregunta: ¿Es importante para usted la risa? [En italiano, la palabra riso quiere decir también arroz.] Y Eco contestó: Muchísimo, sobre todo con gambas.

Del editor: ¿por qué es importante? El 19 de febrero, a los 84 años, el escritor, filósofo y semiólogo italiano murió de cáncer en su casa de Milán. Su obra conquistó tanto a la academia como al gran público

Traducción de Jaime Arrambide

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