Victoria Ocampo, Tagore y el secretario desubicado
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Ya separada de Monaco Estrada, Victoria Ocampo se cargó de la energía necesaria para incursionar en el mundo de las letras. Se había impuesto relacionarse con figuras de peso. No lo hacía para mostrarse, sino para lograr un intercambio enriquecedor. Por ese motivo, la llegada del poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, filósofo y también músico y pintor bengalí Rabindranath Tagore a Buenos Aires -en noviembre de 1924- fue motivo de algarabía.
Victoria estaba desbordada de entusiasmo. No había tiempo que perder, ya que el maestro sólo se quedaría 48 horas. Estaba de paso, viajaba a Perú, vía Chile, para participar de los festejos por el centenario de la Batalla de Ayacucho. Fue el acto en el que Leopoldo Lugones, quien asistió como representante argentino, dio su más célebre discurso, "La hora de la espada", que es considerado un antecedente primario de la revolución del 30.
La fama de Tagore en la Argentina traspasaba el coto de los intelectuales. Era una celebridad y la estadía de 48 horas no alcanzaba para el deseo de los argentinos. Sin embargo, a Victoria no le importó. Ella sí lo vería, de la manera que fuera posible.
Otro obstáculo se interpuso. El maduro filósofo bengalí (63 años), portador de larga barba y simples túnicas, estaba enfermo. Se alojó en el Plaza Hotel (barrio de Retiro), donde fue revisado por el doctor Mariano Castex. El cuadro era complicado. El gurú debía suspender el viaje y hacer reposo.
La fama de Tagore en la Argentina traspasaba el coto de los intelectuales. Era una celebridad y la estadía de 48 horas no alcanzaba para el deseo de los argentinos. Sin embargo, a Victoria no le importó. Ella sí lo vería
Enterada de las novedades, Victoria buscó a su amiga Adelia Acevedo y fueron al Plaza para hacerle una propuesta al enfermo: Victoria quería invitarlo a pasar la convalecencia en su casa de Beccar, en el partido de San Isidro. El secretario de Tagore, Leonard Elmhirst, no estaba dispuesto a que molestaran al viudo poeta bengalí. Pero la oferta de estas atractivas argentinas era tentadora. Les franqueó el paso.
Tagore aceptó gustoso.Victoria corrió a casa de sus padres -vivían a tres cuadras- para pedirles que por favor le prestaran la quinta. Se la negaron. Ya bastante escandalosa había sido la separación, dos años atrás, ¿y ahora la rebelde hija quería llevar a dos hombres a vivir a la quinta? Para Victoria, el papelón era tener que regresar al Plaza para retirar su invitación.
Acudió a su prima, Clemencia Sáenz Valiente Aguirre, casada con Ricardo Lafuente Machaín (padres de Hernán Lafuente, quien entonces tenía 11 años y a los 29 iba a casarse con Amalita Lacroze), para que le prestaran por unos días su casa de San Isidro, Miralrío. Los parientes accedieron y Victoria tuvo donde ubicar al ilustre visitante.
La escritora se comportaba como una verdadera fanática. Le compraba libros, le llevaba músicos, le enviaba comida y hasta contrató al modisto Paquín -el más top de los años 20- para que le hiciera un par de túnicas
La escritora se comportaba como una verdadera fanática. Le compraba libros, le llevaba músicos, le enviaba comida y hasta contrató al modisto Paquín -el más top de los años 20- para que le hiciera un par de túnicas. Es como si hoy le pidieran a Gabo Lage o a Fabián Medina Flores que diseñaran túnicas para regalarle a Raví Shankar.
Como los días se transformaron en semanas, tuvo que alquilarle la casa a sus primos. Para pagarlo, vendió una medialuna de brillantes que usó en las galas, durante su luna de miel. A pesar de sentirse atrapado en el encanto de la linda y generosa joven anfitriona, Tagore (quien visitaba a su protectora en Villa Ocampo) supo mantener la distancia física. No así, el secretario Leonard.
El relato queda en manos de Victoria:"Veníamos de Buenos Aires donde habíamos comprado todos los libros de [Guillermo Enrique] Hudson para Tagore. Leonard me había expresado a menudo su ternura y admiración. En ese momento estábamos hablando de una manera placentera. De pronto Leonard puso mi mano en la suya. Pensé que sólo quería apretarla de una manera amistosa, quizá un poco amorosa. Pero la colocó sobre su órgano sexual que en ese instante daba irrefutables pruebas de su existencia. Reaccioné violentamente, me levanté del auto furiosa y cerré la puerta con tanta fuerza que el ruido debe haberse oído en varios kilómetros a la redonda".
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