La firma californiana representa la versión, en esta época digital, del sueño americano; un compendio de esfuerzo y creatividad con la vocación por la ruptura tecnológica del Sillicon Valley
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Tesla. Puede que hoy (sobre todo en la Argentina) le resulte un nombre poco familiar, o incluso desconocido. Pero acuérdese que dentro de no mucho tiempo lo va a encontrar en la misma liga que otros ilustres como BMW, Mercedes-Benz y hasta Ferrari. Más aún, le va a sonar con la misma relevancia que Apple o Google. ¿Suena aventurado? Puede ser, pero todo parece indicar que estamos ante una versión moderna del legendario sueño americano. Ese que dice que con esfuerzo, ingenio, creatividad, carisma y mucha (pero mucha) audacia, se puede, no solo tener un éxito descomunal, sino intentar cambiar el mundo.
Cómo irrumpir y no morir en el intento
Cosa difícil si las hay, es hacer una nueva marca de autos desde cero, especialmente en los mercados más tradicionales (descontemos a China que es un universo completamente nuevo). Al menos una marca con ambiciones de masividad. De hecho los últimos que lo lograron fueron los coreanos de Hyundai/Kia, a los que les tomó apenas unos 50 años convertirse en una marca respetada, valorada y deseada. Bueno, Tesla lo logró en poco más de una década. Un pequeño ejemplo: hace unos meses anunció que sacará a la venta un sedán mediano para mediados de 2017, y ya acumula reservas por… 350.000 unidades. Es algo así como la mitad de los autos que se venden en la Argentina cada año, solo que para un modelo ¡que ni siquiera salió al mercado! ¿Cómo sucedió esto? ¿Cómo Tesla se convirtió en el auto que todos quieren tener? Aquí van algunas pistas.
Innovación y agallas

Innovación. Aquí está el corazón de lo que Tesla es, ya que nació como un fabricante de autos eléctricos. OK, ahora ya todos sabemos que el futuro va por ahí, pero hace 13 años había que tener muchas agallas para lanzarse al mercado de automóviles –conservador por antonomasia– con una tecnología tan disruptiva y poco probada hasta entonces. Claro que Tesla empezó con un pequeño convertible de nicho –el Roadster de 2003- y en aquel entonces todo el mundo le auguraba, en el mejor de los casos, un futuro razonable como productor de autos artesanales. Así, permaneciendo bajo el radar de los gigantes de la industria, Tesla fue acumulando experiencia y conocimiento, especialmente en el terreno de las baterías, que son la clave del asunto, ya que de ellas depende la autonomía de un vehículo eléctrico. Para cuando llegó su primer auto en serio –el Model S, un sedán de un tamaño equivalente a un Audi A7- la marca nacida en California ya podía hacer alarde de un alcance de 300 kilómetros… y ahí la cosa se puso seria. Tanto como su capacidad para dejar pagando a cualquier deportivo de raza en un semáforo, gracias a sus 320 CV (772 en la versión más potente actual) y su capacidad para acelerar de 0 a 100 km/h en menos de 4 segundos.
Pero no conforme con eso, la empresa siguió doblando la apuesta y ahora se está jugando una parada mayor, ya que quiere imponerse como líder absoluto en el terreno de la conducción autónoma. De hecho, declara que todos sus nuevos Model S a partir de 2017 tendrán capacidad total para moverse sin intervención del conductor. Un avance tan radical y prematuro, que muchos ven como un riesgo innecesario.
Nacido digital
Esa pulsión por la ruptura tecnológica, incluso con el riesgo que implica, se explica en gran medida porque Tesla nació en el epicentro de la innovación mundial: Sillicon Valley. Esa zona de California, muy cerca de San Francisco, es la que engendró a los gigantes tecnológicos que están cambiando nuestro mundo: Google, Microsoft, Apple, Uber, E-Bay, PayPal… De hecho el éxito de esta última empresa –una de las pioneras en el pago seguro a través de Internet– es clave en esta historia, ya que de su venta salieron los dólares necesarios para que Elon Musk (ya volveremos sobre él) fundara Tesla. En otras palabras, Tesla irrumpió en una industria que se mueve al ritmo de un mamut, con una mentalidad y la agilidad de una gacela. (Nota: tener en cuenta que las gacelas son muy frágiles, por eso la tasa de mortalidad de las empresas puntocom es altísima).
Diseño: no innovar

Volvamos a los autos. Actualmente hay un profundo debate en el mundo del diseño automotor, acerca de cuál es la forma que deben tomar los autos eléctricos. Va desde de qué manera aprovechar las enormes potencialidades morfológicas que se generan al no necesitar un enorme volumen para albergar el motor, hasta qué estilo es el que mejor expresa esta nueva propulsión limpia. Y ni que hablar de los autos que se manejan solos, que abren posibilidades casi infinitas. Solo hay que ver el extraño auto de Google o tantear las expectativas que generó Apple cuando anunció que también estaba desarrollando un auto autónomo para comprobarlo.
La paradoja es que –aun siendo un precursor en ambas tecnologías–, en términos de diseño, Tesla le hizo una gambeta al conflicto y decidió no innovar: cuando llegó el momento de darle forma al Model S, simplemente hicieron un auto con forma convencional… si podemos llamar convencional a una silueta muy parecida a la del Aston Martin Rapide, con el que comparte en buena medida sus proporciones. Aquí la intuición fue perfecta: innovaron al máximo en todo lo que está debajo, pero en el diseño de la carrocería –uno de los aspectos más sensibles para la aceptación por parte de los consumidores– simplemente hicieron el auto lo más estilizado y elegante posible, siguiendo cánones muy clásicos.
Eso sí, los gadgets y las sorpresas hi-tech abundan, y no hay mejor ejemplo que las puertas alas de gaviota en el nuevo SUV de la marca, el Model X. Como para impresionar con estilo.
Carisma y personalismo

Todas estas grandes historias de empresas que generan un antes y un después, están indisolublemente asociadas a la historia de algún gran hombre. Es el lugar en el que se corporiza –literalmente– el sueño americano. Henry Ford (por Ford), Bill Gates (por Microsoft)… y quizás el más paradigmático de estos tiempos: Steve Jobs, el genio de Apple. Todos ellos, figuras potentísimas, brillantes, carismáticas, siempre en un punto de inestable equilibrio entre el héroe y el antihéroe: filántropos capaces de cambiar el mundo (para bien) a un pasito de convertirse en super villanos de una película de Bond (será por eso que El Ciudadano Kane sigue siendo una película tan actual). Tesla, por supuesto, tiene su propio prohombre: Elon Musk, un tipo que concentra todos los atributos del género y –no es broma–, viene con un plan para cambiar el mundo, tanto por sus baterías solares hogareñas (que harían que cada casa se autoabastezca de energía), como con sus planes de exploración interplanetaria tripulada. Queda claro que este muchacho de 46 años (nacido en Sudáfrica pero estadounidense por adopción) no se anda con chiquitas.
Pero más allá de esa mitología del hombre extraordinario, su efecto concreto es que posibilita un sistema de toma de decisiones distinto, basado en el liderazgo unipersonal. Más intuitivo, más adaptado al mundo digital, genera mucha más velocidad de respuesta y ajustes de rumbo, aún con el riesgo de caer en caprichos. Todo lo contrario de las grandes corporaciones automovilísticas, que se caracterizan por sus enormes estructuras burocráticas y su intrínseca aversión al riesgo.
El iPhone de los autos

Innovación, diseño, incluso la atractiva figura de un héroe… ¿Dónde confluyen todos estos factores? En algo llamado valor de marca, indicador que mide algo así como la deseabilidad que genera un producto o una marca particular, más allá de cuántas unidades venda o incluso de cuánto dinero gane. Es lo que determina que los consumidores hagan cola ante la salida de un nuevo modelo y que los inversores hagan cola para comprar acciones de la compañía. El referente absoluto de este concepto es Apple, posicionada en el altar del valor de marca gracias al iPhone, su producto estrella. Todas las automotrices –aunque algunas renieguen de ello- sueñan con estar en ese lugar. Y ese es el lugar que hoy ocupa Tesla. En Estados Unidos (y de a poco también en Europa), la marca californiana se ha convertido en un mix perfecto entre conciencia ecológica, alarde de sentido tecnológico y estilo lujoso pero desenfadado. Por eso Tesla es la marca elegida por todos los progres liberales –y adinerados– de las grandes ciudades costeras (celebridades incluidas), que han convertido al Model S de US$ 80.000 en el auto de lujo más vendido en Estados Unidos.
A partir del nuevo Model 3, esa demostración de estilo de vida responsable, tecnológica y cool va a ser accesible también para todos aquellos que puedan abonar los 30.000 dólares que vale. Más tarde que temprano llegarán a la Argentina, pero créame que, hasta entonces, estos autos van a seguir dando que hablar. •
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