Una correcta calibración mejora la estabilidad, alarga la vida útil de las cubiertas y puede ser determinante en la seguridad del viaje; qué tener en cuenta
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Al momento de preparar una motocicleta para un trayecto extenso en ruta, uno de los aspectos más críticos —y a menudo subestimado— es el control de la presión de los ruedas.
Ajustarla de forma precisa no sólo mejora el rendimiento general del vehículo, sino que también puede evitar accidentes y daños costosos. Esto se da gracias a que la presión correcta proporciona un mejor agarre al asfalto, favorece la maniobrabilidad y permite una experiencia de conducción más fluida y segura.
A diferencia de los autos, que reparten su peso sobre cuatro puntos de apoyo, en las motos todo se concentra en solo dos neumáticos, por lo que una falla o falta de preparación en los mismos tendrá un mayor impacto. Además, al inclinarse para tomar curvas, el comportamiento del vehículo depende en gran medida del aire contenido en sus cubiertas.
Un neumático delantero con presión insuficiente puede generar subviraje, obligando al conductor a forzar la dirección para mantenerse en la trayectoria deseada. Por el contrario, una presión excesiva reduce el área de contacto con el suelo, comprometiendo la adherencia. En la rueda trasera, una calibración por debajo de lo indicado puede traducirse en inestabilidad, sobre todo al conducir con carga o acompañante.

Por ello, para evitar estos riesgos, se recomienda consultar el manual del fabricante, que especifica los niveles ideales según modelo, carga y condiciones climáticas. No obstante, como orientación general: las motos grandes deben llevar entre 2,4 y 2,5 bar en el neumático delantero, y entre 2,8 y 2,9 bar en el trasero. Las motos de menor cilindrada, en cambio, requieren entre 2 y 2,2 bar adelante, y entre 2,4 y 2,8 bar atrás, en función del peso transportado.
En invierno, cuando la temperatura dificulta que los neumáticos alcancen su rango óptimo, se aconseja incrementar entre 0,1 y 0,2 bar respecto a lo usual. En verano, en cambio, puede ser conveniente reducir ligeramente la presión, sobre todo si se prevé una conducción deportiva.
Verificar la presión de forma regular (al menos una vez por semana) es una práctica sencilla con alto impacto. Más allá de las implicancias en la seguridad, un inflado correcto reduce el consumo de combustible, minimiza el desgaste irregular y prolonga la vida útil del neumático, generando un ahorro económico a largo plazo. Así, antes de salir a la ruta, un simple control puede marcar la diferencia entre un viaje placentero y un contratiempo evitable.
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