Alta fidelidad. El viaje de Saer en el auto de Greenbook: rocanrol indio y negro
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La escena es como un mensaje secreto en una botella. En la taquillera y amabilísima Green Book (desplazada del primer puesto por el estreno de Capitana Marvel), mezcla de tragicomedia racial y road movie, hay un momento en el que el atildado y distante pianista clásico afro (Mahershala Ali) se interesa por la música que toca la radio de su chofer, el tano Tony Lip (Viggo Mortensen), mientras atraviesan las carreteras del problemático sur profundo norteamericano de principios de la década de 1960.

–¿Cómo que no sabe quién es? ¡Es Little Richard! Usted debería conocerlo mejor que yo –, se enoja Tony Lip mientras engulle un enorme sándwich.
La radio está tocando "Lucille", uno de los incendiarios números de lo que entonces, en el sur, se conocía como "música racial". Es el comienzo del rock&roll donde por efecto de la música un italoamericano del Bronx como Tony Lip podía ser sónicamente más negro que su circunstancial patrón después de que Elvis hubiera convertido en atracción nacional un movimiento de pelvis femenino y negro que llevó de los ghettos al horario central de la televisión.
Little Richard era acaso más talentoso que el Rey del Rock & Roll. Componía, recorría las octavas del piano con soltura y aullaba como nadie. Todavía hoy, sesenta años después, tratamos de descifrar ese "A whop bop-a-lu a whop bam boo" que marca el ataque feroz de la banda en "Tutti Frutti" , lo que equivaldría a decir amanerado o gay en el argot clandestino del sur. Negro y "maricón" de Macon, Georgia, uno de los lugares que Don Shirley y su fiel chofer visitan en la gira, Little Richard la tenía fea. Dobló la apuesta, se volvió la primera estrella andrógina del rock. Prince creó su estatuilla de sex symbol ambiguo a su imagen y semejanza en los 80.
Volviendo al auto, lo que Shirley y Tony Lip escuchan es el sonido de la emancipación. En diez años los posters de Jimi Hendrix en las habitaciones de Londres, París, Tokio o Buenos Aires dirán que no hay barrera racial en la iconografía pop.
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Greenbook, se sabe, desbarrancó a Roma de Alfonso Cuarón del podio del Oscar. Pero escuchar a Little Richard en el cine me llevó a mi Roma personal e intransfrible. Vivíamos en una casa vieja y grande pegada a lo que hoy se llama genéricamente "Puán", el asteroide "Filosofía y Letras". Entonces nada de eso. Una fábrica de cigarrillos que escupía hollín como en un cuento de Dickens. No había ese lujo de teléfono blanco que muestra Cuarón ni mucho menos pero mamá tenía una empleada doméstica llamada Antonia. Era joven y chaqueña, muy morena. Un día miraba televisión y estaban pasando en ATC (Canal 7) la propaganda de un lanzamiento discográfico producido por el sello del canal: "Los grandes éxitos de Little Richard". Antonia, a la que yo espiaba en secreto cuando subía las escaleras, se acercó como una hada y casi me susurró al oído: "Decile a tu mamá que te lo compre".
Y así fue como el demonio de Macon, Georgia, entró en la casa. Supongo que le gustaba escucharlo mientras limpiaban. Lo ponía muy fuerte y a mamá, que le habían prohibido mirar a Sandro en la televisión cuando era más joven, también le gustaba. La casa hervía de rock and roll, fue mi primer trabajo como disc jockey. Mi tío me contó que acá lo habían bailado mucho y que entre los muchachos porteños se lo conocía como "Ricardito" (como ese postre uruguayo todo de chocolate y merengue). En mi memoria blanco y negro, en mi Roma personal no hay una escena dramática en el mar pero sí el aullido de Little Richard rompiendo los colores y los sexos del mundo. Conservo el long play, claro está.
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Otro auto, otra ruta. Acompaño junto a un fotógrafo al escritor Juan José Saer en un viaje desde Santa Fe a Buenos Aires. El chofer se entiende muy directamente con el escritor radicado en Francia pero jamás afrancesado pues comparten la geografía de la infancia, manejan el lenguaje de señas de la pampa gringa. Sin embargo, la radio, por un momento, deja a Saer, hombre de la alta cultura, fuera de combate. Suena "La pequeña novia del carioca" de Los Redondos. Los tres cantamos el estribillo. Saer enmudece.
–Perdón. ¿Qué cantan?
–Los Redonditos de Ricota.
Saer suspira y habla solo en voz alta: "Ah, así que estos eran los famosos Redonditos de Ricota…"
No hay respuesta. La música sigue sonando. El escritor observa el paisaje y disfruta del aire acondicionado del auto.
Nunca los había escuchado. Es como Don Shirley pero descendiente de sirios. Y el cantante de la radio no es negro pero indio, de Concordia, Entre Ríos.
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