Samanta Schweblin: “Los mejores libros son los más difíciles de clasificar”
Con una buena sucesión de premios, la narradora radicada en Alemania se desmarca de rótulos y afirma que un escritor tiene una batería diaria que se agota
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BERLÍN.- A pocos metros de su casa se erige uno de los tramos mejor conservados del Muro de Berlín, una galería de arte a cielo abierto en defensa de la libertad. En un tercer piso sin escalera del barrio bohemio de Kreuzberg, la argentina Samanta Schweblin, radicada en la capital alemana, celebra el orden inusual de su departamento, la paz que precede a los días en los que sus alumnos de su taller llegan allí. La calma domina en ese espacio luminoso donde, con pocos días de diferencia, la escritora recibió dos buenas noticias. Primero supo que había ganado el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, en España, por Siete casas vacías (llegará en septiembre a la Argentina), y, en menor escala, que su novela Distancia de rescate fue elegida por un jurado de críticos de su país convocado por Eterna Cadencia para votar al mejor libro de 2014. Sobre una mesa muy amplia, con una computadora pequeña y en ese silencio escribe sus relatos siempre enhebrados con el mismo ingrediente: la tensión.
Mi abuelo materno fue una figura muy importante para mí. Él, Alfredo De Vincenzo, era artista plástico, y cuando tenía siete años me incluyó en su itinerario de fines de semana. Yo vivía en Hurlingham y me enseñó a viajar en tren hasta Chacarita, adonde me iba a buscar. Los sábados estaba todo el día entre adultos, en su taller de aguafuertes y grabados, en San Telmo. Recuerdo olores, imágenes y que, a veces, cuando Lito Vitale, que tenía su estudio enfrente, ensayaba, abríamos las ventanas para escucharlo. Creo que mi primerísima formación viene de las artes plásticas y no de las letras. Hoy lo reivindico porque no me siento para nada una intelectual, estoy muy alejada de la academia. Mi abuelo fue el primero que me mostró determinados mundos muy oscuros e interesantes. Me llevaba al teatro a ver Shakespeare o Beckett, y después, como era amigo de los actores, íbamos a cenar con ellos.
Cuando terminé la carrera de cine, en 2001, si había seis productoras, cinco estaban quebradas. Ni me gasté en salir a buscar trabajo. Era el momento de independizarse, de dejar la casa materna, y necesitaba dinero como todos a esa edad, así que fundé una agencia de diseño. En tres o cuatro años se transformó en algo muy serio, con cuatro empleados, y ganaba muy bien, incluso con clientes y empresas extranjeras. Estoy metida en casi todas las tapas de mis libros, como en Pájaros en la boca, que es un dibujo mío. La segunda edición de El núcleo del disturbio también la hice yo.
Descubrí que el escritor tiene una energía literaria diaria que se agota. Hace tres años viajé a Alemania con una beca generosa de su gobierno. Lo único que tenía que hacer durante un año era escribir, y en ese tiempo nació y escribí Distancia de rescate [su primera novela]. Está esa falsa idea de los escritores que tenemos muchos oficios que es que en el momento en el que tengas mucho tiempo vas a escribir muchísimo. Es una gran mentira. Fue una guerra conmigo misma. En vez de disfrutar, salir y conocer, estaba encerrada en el departamento porque sentía que no le podía sacar todo el provecho posible. Y también acá aparece una idea interesante, que es hasta qué punto las condiciones en las que trabajás no determinan el género en el que te movés.
Las etiquetas siempre molestan. Una vez, como halago, un crítico dijo que escribía como hombre, y nunca faltan los que cuando digo que escribo cuentos preguntan: "¿Para chicos?". Quizás hoy más que nunca escribir sea moverse en los márgenes, entre géneros, y los mejores libros suelen ser los más difíciles de clasificar. Detrás de los rótulos siempre hay equívocos, como pensar que todo lo que es nuevo y joven es bueno, que todos los mexicanos escriben narco o que todas las mujeres escriben "literatura femenina". Supongo que las mujeres seguimos padeciendo estas etiquetas. Pero creo que, al menos en el mundo literario, hay que dejar de pensarse como grupo marginado y hay que escribir lo que hay que escribir. Como dijo Marguerite Yourcenar una vez que se negó a prologar una antología de escritoras: "Prefiero no contribuir en nada a volver a una época en que las mujeres estaban aparte".
Lo latinoamericano es mi mundo y la novela norteamericana, mi manera de contarlo. Me enamoré de la literatura leyendo a autores de la generación de mis abuelos, como Adolfo Bioy Casares, Luisa Bombal, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa –cuando leí La ciudad y los perros casi me muero de la excelente impresión que me dio–. Después de haber escrito mis primeros cuentos me encuentro con la literatura norteamericana y en sus autores una manera de narrar que me convence y que siento que además me controla como lectora de modo absoluto, escritores como Flannery O’Connor, John Cheever o J. D. Salinger.
Estoy escribiendo algo que sucede en Oaxaca. Hice una residencia allí, hace siete años, en una vieja fábrica de telares convertida en una casa de artistas, en plena montaña. Las residencias te dan la posibilidad de vivir esbozos de otras vidas posibles en ratitos cortos que, para un escritor, es oro puro. Soy de procesos muy lentos. Necesito tiempo para que los lugares donde estuve se despeguen de mi experiencia y me sirvan como material para escribir.
Siete casas vacías tiene cuentos, que, por primera vez, están en el plano de lo real. Los personajes están un poco agobiados de no solucionar ciertos problemas que parecen cansarlos, como si hubieran dado muchas vueltas a cosas que no tienen solución, y en gran parte de las historias la encuentran en salidas que se corren de ese lugar de lo normal, lo aceptable. Siento que si huyo de las profundidades, si omito la información prescindible, entonces, en lo llano, en lo superficial, las figuras que quiero descubrir se vuelven mucho más visibles.
Buenos Aires, 1978

Egresada de la carrera de Imagen y Sonido, está radicada en Berlín. En 2002 publicó su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (Premio del Fondo Nacional de las Artes y Haroldo Conti); Pájaros en la boca (2008), distinguido por Casa de las Américas y traducido a 13 idiomas. En 2010, la revista británica Granta la incluyó entre los mejores escritores en español sub 35. En 2012, su cuento Un hombre sin suerte obtuvo el premio Juan Rulfo. Distancia de rescate (Random House) es su primera novela







