Kobe, después de Jordan, el único que supo llevar la corona

Fuente: AFP
Diego Morini
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14 de abril de 2016  • 23:27

El único que supo y pudo llevar la corona de su majestad Michael Jordan fue Kobe Bryant. En el medio de récords históricos quebrados y números descomunales con Stephen Curry como actor principal, el aura de Black Mamba es más potente. Ni la furia de LeBron James logró apagar tanto fuego. Apenas lo atenuó el paso del tiempo y algunas lesiones. Pero el 24 histórico número 8 de los Lakers nunca perdió su brillo. Su vuelo hacia el aro o la belleza de sus movimientos para lanzar son frescos que relucirán por siempre en el museo de la NBA. Su agresividad para defender y la voracidad por competir difícilmente puedan igualarla en generaciones posteriores.

Kobe fue para la NBA un producto maravilloso y para el deporte un atleta de manual. Lo que dejó en la liga de las luces va más allá de los 81 puntos en un juego ante Toronto, los 5 anillos o los 21 All Star. Lo suyo fue más profundo. Su documento lo marca como un estadounidense más, pero su genética deportiva es de otro continente. "Manu (Ginóbili) y yo somos un producto del básquetbol europeo. Creo que los jugadores europeos son mucho más habilidosos que los norteamericanos. Les enseñan a jugar de una manera correcta desde una edad más temprana, es algo que tenemos que arreglar porque es estúpido lo que hacemos", confesó alguna vez Bryant. Y eso no tenía que ver con una comparación caprichosa sino con una realidad irrefutable: el mejor básquetbol del mundo se rindió ante los pies de un jugador que supo leer que para ser superior debía nutrirse de otra cultura. Y eso no es un detalle. Los buenos jugadores florecen con naturalidad en la escuela estadounidense y con eso se conforman, los que rompen con el molde tienen el talento para comprender qué se necesita para salir de la media.

Asegura el psicólogo clínico y conferencista Omar Villalobos, en una de sus charlas Tedx "es posible lo imposible", que la genialidad de muchos de los personajes que marcaron la historia no estaba sólo en su talento, sino en las formas en que lo alimentaba. Por eso sostiene que Jordan no era un genio por encestar compulsivamente o por estar suspendido en el aire milésimas de segundos más que los demás, sino porque para ser el mejor él pudo descubrir que la clave era la repetición y el convencimiento. Dice Villalobos que Jordan era capaz de intentar 30.000 lanzamientos para mejorar su mecánica. Bryant fue un estudiante aplicado de esa cultura. Un obsesivo por perfeccionar sus habilidades. Si en la celebración de un All Star, en el hotel donde estaban todas las estrellas, se cruzó en un ascensor con Manu Ginóbili y le pidió que le mostrase cómo hacía el euro-step y el bahiense en ese pequeño viaje le pasó algunos consejos.

Phil Jackson, en su libro Once Anillos, es muy claro en el impacto de Kobe: "Desde sus tiempos de rookie, la cuestión de si Kobe se convertiría en el 'siguiente Michael Jordan' había sido objeto de infinitas especulaciones. Como el juego de Kobe había madurado, ya no parecía una cuestión frívola. Hasta Jordan ha dicho que Kobe es el único jugador con el que es posible compararlo y estoy totalmente de acuerdo. Ambos poseen una capacidad competitiva extraordinaria y son casi insensibles al dolor. Tanto Michael como Kobe han jugado algunos de sus mejores encuentros en condiciones terribles, ya fuera por intoxicación alimentaria o por huesos rotos, condiciones que habrían sacado de la pista al resto de los mortales".

La corona reluce aún tras su último acto. Se podrá pensar en sucesores y se entablarán discusiones de quién es el nuevo rey, pero lo real es que Jordan se la prestó y Kobe supo llevarla como ningún otro.

dm/jt

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