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Por Osvaldo Príncipi
Para LA NACION
El cuerpo del estadounidense Paul Williams (70,660 kilos) cayó de bruces sobre la lona en modo lento y rígido, como un fantasma negro fulminado en la peor de las tempestades. No hizo falta la cuenta del árbitro Earl Morton cuando transcurría 1m10s del segundo round; el cross de izquierda del quilmeño Sergio Maravilla Martínez (71,440) llegó a destino con el efecto de una bomba casera preparada después de mucho tiempo de concentración y trabajo en California.
La victoria por KO, lograda anteanoche en el Centro de Convenciones de Atlantic City ante 6000 espectadores, avaló la primera defensa de Martínez del campeonato mediano (versión CMB) y alcanzó un significado múltiple, en cuanto a méritos deportivos y penetración en los momentos cumbre de la historia pugilística nacional.
La reputación que adquiere Martínez, de 35 años y con una campaña de 46 victorias (25 KO), 2 derrotas y 2 empates, va más allá del hecho de superar aquel traspié polémico que le ocasionó Williams el 5 de diciembre pasado, en una confrontación inolvidable, considerada entonces la “pelea del año” por la crítica norteamericana. Su gran mérito radica en haber logrado lo ideal que todo boxeador necesita en el pasaje cumbre de su carrera: una definición antológica frente a un rival calificado y respetado, que lo proyecta a comparaciones favorables con los máximos referentes del boxeo nacional de los últimos diez años. En este caso, Carlos Baldomir y Omar Narváez.
Martínez y Williams salieron con todo. Pensando en una pelea corta, rápida y explosiva, y no se equivocaron. El bonaerense inspiró todo su trabajo en el tiro profundo de su golpe de izquierda, al que debió adaptar con diversas variantes ante la gran desventaja de alcance que Williams imponía sobre él. El perdedor, de 29 años y una campaña de 39 éxitos y 2 reveses, impuso también un intenso ritmo de pelea, buscando en el cambio de golpes la posibilidad del KO. El norteamericano llegó a fondo sobre el argentino, pero no pudo quebrarlo, y en la absorción al efecto de los impactos estuvo la diferencia.
Martínez, que emigró a España en 2002 tras los tiempos de crisis social y económica en la Argentina, forma parte de un equipo multinacional que tiene como director general al norteamericano Lou Di Bella, como manager al español Sánchez Atocha, como asesor al uruguayo Sampson Lewkowicz, como director técnico al cordobés Gabriel Sarmiento y como asistente a su hermano, Pablo, destacado peso liviano de la década del 90.
Este elenco supo esperar con paciencia y habilidad el instante justo para explotar, en lo boxístico y económico, la valiosa obtención del bicampeonato mundial conseguido ante el norteamericano Kelly Pavlik el 17 de abril último, que le posibilitó la consideración como primera figura en la industria de boxeo de los Estados Unidos. No se apuraron y diagramaron una preparación perfecta en Oxnard –donde están radicados–, convirtiéndose en uno de los blancos más tentadores para el mundillo de la oferta y la demanda.
Los grandes nombres del boxeo internacional se vinculan a Martínez en estos momentos. De Floyd Mayweather a Manny Pacquiao, pasando por Shane Mosley o por Julito Chávez. Todos quieren ligarse a su tiempo exitoso y romper sus mieles con el éxito.
En plena proclamación, Martínez calzó la corona del rey en su cabeza. Y se sintió cómodo con ella. Después de muchos intentos, el boxeo argentino recupera un líder absoluto. Un líder que soñaba con todo esto, desde que empezó a boxear de la mano de sus tíos, los hermanos Paniagua, en los humildes gimnasios de Quilmes.
La centenaria pasarela que cobija las playas y el contorno de los casinos de Atlantic City atesora en silencio su conquista. Es una vivencia tentadora y feliz que, a los 35 años, lo proyecta hacia lo mejor. Martínez está bien maduro para afrontarlas. Sabe dónde ponerse los guantes de boxeo, los pantalones del hombre común y cómo mirar la corona del rey que, con tanto gusto y orgullo, exhibe tras su KO frente a Paul Williams.

