Copa América 2019. Dybala, un turista en zapatillas: la paradoja del crack que la selección argentina no quiere

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Andrés Eliceche
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21 de junio de 2019  • 23:59

PORTO ALEGRE.- Sus manos a la altura del pecho, apoyadas en la espalda del largo banco del suplentes, sostienen la presión dirigida a los músculos: los gemelos de sus dos piernas se contraen y se dilatan una y otra vez. A sus costados, Marcos Acuña y Matías Suárez se mueven morosamente, los tres más atentos a la cancha: la selección empata con Paraguay, se hace tarde y la noche seguirá siendo negra. Al ratito, Scaloni llama a Suárez y Argentina completa el último cambio posible. Entonces Acuña hace sonar sus botines contra el cemento mientras baja los escalones y vuelve al banco, ese sonido metálico tan del fútbol. Él no, camina hacia el mismo espacio de 31 asientos en el Mineirao sin levantar sospechas: está en zapatillas. "Siempre hace el calentamiento así, para sentirse más cómodo. Solo se pone los botines para jugar", le da sentido al detalle una de las personas de la delegación...

Paulo Dybala (25 años) vive su primera experiencia en una Copa América como si no fuera el 10 de la Juventus, una camiseta reservada para elegidos. Como si su cláusula de rescisión no estuviese fijada en 120 millones de euros. Como si Maurizio Sarri, el entrenador que acaba de llegar a su nuevo club, no hubiese dicho dos días atrás, cuando lo presentaron: "Hay que partir de los jugadores de talento, los que marcan la diferencia, como Cristiano Ronaldo, Dybala o Douglas Costa". No. El cordobés es un turista que va de lado a lado por la inmensidad de Brasil sin ponerse los botines: conoce Salvador, pisa Belo Horizonte y aterriza en Porto Alegre con ropas de suplente.

Contar un punto apenas y marchar última en el Grupo B marca el pulso del apremio que se huele en la puerta del hotel donde habita el plantel. La selección trata de recomponerse aquí para enfrentar a Qatar en un partido insospechadamente decisivo a esta altura, pero nadie pone en duda que el juego empezará sin el muchacho que comparte habitación con Roberto Pereyra. Una paradoja que refulge como las luces exteriores del estadio Beira Río, mientras el bus de la selección se va del entrenamiento, ya en la nochecita del viernes: todos los técnicos convocan a Dybala, ninguno lo pone.

El cordobés vive en esta geografía una continuidad de un final de temporada europea muy bajas calorías, en la que terminó siendo un actor de reparto del título local que volvió a ganar la Juve, eclipsado por la megaestrella portuguesa. Y en Brasil tramita con calma la adversidad. Eso, más que un elogio, es una nota en rojo en la libreta del cuerpo técnico que comanda Scaloni. Les gustaría verlo rebelde en las prácticas, no tan entregado a su destino. No advierten que apriete los dientes y vaya a pelear al menos por el lugar de primer suplente. Dybala, siempre con ese gesto de alumno aplicado, salía del Mineirao en la madrugada del jueves sin dar señales de que otra vez se había quedado sin jugar: caminaba por la zona mixta con una bolsa en la mano, conversando con De Paul y un dejo de serenidad impropio de quien siente ser objeto de una injusticia.

Martino lo hizo debutar con esta camiseta y Bauza, el primero en confiarle la titularidad, le reclamaba que se hiciera grande: quería que diera un paso al frente y soltara el talento que desparramaba en Italia. Sampaoli le fue menguando los minutos después de un entusiasmo iniciático hasta que se los redujo a 22 en el Mundial, los de la goleada de Croacia. Scaloni le dio alas al comienzo pero se las fue recortando: solo fue titular en cuatro partidos de 11. La estadística es irrefutable: Dybala es uno de los seis jugadores que todavía no utilizó el técnico en este torneo. Los otros son los arqueros Marchesín y Musso y Foyth, Funes Mori y Acuña. De los otros cuatro delanteros, tres fueron titulares -Messi, Agüero y Lautaro Martínez- y uno -Suárez- ingresó en ambos cotejos.

Desde que jugó su primer partido en la selección -entró los últimos 15 minutos por Tevez en el 0-0 ante Paraguay de visitante, en octubre de 2015 por las eliminatorias-, Dybala fue completando el registro de jugador complementario, nunca cabeza de compañía. Suma 20 partidos, pero en apenas dos disputó los 90 minutos: en el 8-0 a Singapur en 2017 y en el 4-0 a Irak del año pasado. Amistosos de relleno, consecuentes con el objetivo recaudatorio que la AFA privilegia cuando firma esos contratos: partidos de los que el entrenador de turno no rescatará demasiado.

Ayer, cuando Scaloni repartió las pecheras fluorescentes que utilizarían los titulares en el entrenamiento, Dybala recibió una. A los ojos de la prensa, que observaba esos primeros 15 minutos de la práctica, era una noticia. Pero no. En la danza de nuevos cambios que el técnico imagina no hay lugar para él. Apenas unos minutos después de esa escena, ya cuando no había cámaras cerca, Lautaro Martínez tomó el relevo del jugador número 21 de la lista oficial de Argentina en la Copa América. Una cifra, una metáfora: Dybala ya no pinta como el que puede tirar una pared con Messi: es el último de la fila.

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