River-Boca: de Lidoro Quinteros a Paseo de la Castellana

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
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8 de diciembre de 2018  • 23:59

Hubo un sábado que a la primera final la tapó el agua y otro sábado que a la revancha la hirió de muerte la violencia. De tan especial que era esta serie River -Boca necesitó ser programada cinco veces para que haya dos partidos. Agotador. El último, el de hoy, sometido al despropósito de un destierro a Madrid que consumó el fracaso organizativo argentino, antes y después de lo que debería haber sido el capítulo del Monumental.

Habrán pasado 28 días del 2-2 en la Bombonera. Un choque que parece cubierto por las telarañas, que había dejado la mejor de las rivalidades, la futbolística, con 90 minutos disputados sin miedos ni ataduras, con armas nobles y espíritu limpio. Cada uno con su estilo: River, con la recurrente innovación táctica (línea de tres zagueros) que sale de la mente de Gallardo para sorprender; Boca, con su variado catálogo individual ofensivo.

De aquel sugerente envite futbolístico se pasa a este de hoy, teñido de desconfianza, recelos, broncas apenas soterradas, ánimos de venganza, que habrá que desear que no pasen de la pelota.

Siempre llegar a un estadio mítico como el Bernabéu fue un motivo de orgullo, al que cualquier protagonista iría corriendo. River y Boca sienten que hoy los meten a los empujones, contra su voluntad, sintiéndose intrusos.

A todos, a River y a Boca, a los argentinos y a los españoles, les hubiera gustado que todo fuera distinto, que la definición discurriera por sus cauces normales y autóctonos, no por la artificiales y los extraterritoriales. Nadie pudo ni supo evitarlo, ni los que actuaron de buena fe ni los venales que quizá no midieron el grave perjuicio que provocaban.

La final de la Copa Libertadores que agonizó cuando doblaba por Avenida del Libertador para tomar Lidoro Quinteros, hoy agarra por el Paseo de la Castellana. Hay veces que llegar tan lejos es una manera de no ir a ningún lado.

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