Egoísmos y autogestión, las claves de las confesiones de Javier Mascherano

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Crédito: @AFA
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2 de abril de 2019  • 23:59

Sampaoli había decidido no llevarlo a Javier Mascherano al Mundial de Rusia . Después de la paliza de España, el entrenador se convenció de que el símbolo ya no tenía el timming de la élite. Sampaoli viajó a Europa en abril del año pasado para observar a varios futbolistas y hacer los ajustes finales de la lista. Personalmente le iba a argumentar a Messi los motivos de la baja de Mascherano, pero el capitán se le adelantó y entre sus bosquejos tácticos siempre lo incluyó al 'Jefe'. Messi no pidió por Mascherano, simplemente naturalizó su presencia. Y Sampaoli ya no dijo nada. El 15 de mayo, una semana antes de que el técnico confirmara los 23 apellidos que irían al búnker en Bronnitsy, Mascherano conectó China-Ezeiza y se fue directamente del avión al predio de la selección. Prepotente influencia. Nueve meses después, llegó la confesión: "Es clarísimo que no hemos estado a la altura. El otro día lo escuché a Lucas [Biglia], que dijo que nos sobró un Mundial. Algunos no estábamos en el nivel que requería la selección", aceptó en diálogo con Estudio Fútbol, por TyC Sports.

Ellos, la mesa chica, representaron a una fantástica generación que mantuvo a la Argentina en el mapa durante la última década. Ellos asumieron y resolvieron desastres de otros, de una AFA aguijoneada por la ineptitud. Mascherano, incluso, se encargó más de una vez de solucionar cuestiones logísticas. Hasta pagarlo con su salud. Pero se adueñaron de la selección. Lejanos y autosuficientes. Cerrados, como una familia impenetrable. Un grupo de futbolistas comprometido con sí mismo. Una generación extraña. Necesitaban ayuda, límites, estructura, organización. Dejarse liderar. Confiar, delegar. Nunca lo entendieron. Se asustaron cuando no clasificarse para Rusia 2018 se les apareció como un espectro burlón. Pero cuando sobrevivieron al abismo en Quito, en la última fecha de las eliminatorias, volvieron a las andanzas. Con sus cartas se jugaría el último Mundial.

La charla entre Mascherano y Sampaoli en Bronnitsy

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Algunos futbolistas no debieron ir a Rusia y ahora lo aceptan. No estaban en condiciones de pertenecer a la alta competencia, y menos podían ser intérpretes de la intensa partitura del entrenador. "Vamo'a ser feliz, vamo'a ser feliz., con línea de cuatro...", cantaban los jugadores para desactivar los tres en el fondo que perseguía Sampaoli. Elípticamente condicionantes, hasta que en el Mundial ya no hubo mensajes encriptados y tomaron el control. "Contra Nigeria llegamos a un acuerdo con Sampaoli para resolver dudas. [.] Consultábamos todo con el DT", también reveló Mascherano. El orden se había invertido. Sampaoli aceptó todo, negoció hasta decolorarse. Creyó en un grupo al que no le interesaba su confianza, sino que solo perseguía la libertad que le dio. Llevará el peso en su conciencia. "Messi es un prócer, Messi es nuestro Dios y el mejor de la historia", tres expresiones exuberantes que socavaron su liderazgo. Innecesario.

Messi era el alma, el patrón. El mejor del mundo y, ahora, casi, el único sobreviviente porque conserva un genuino deseo de ganar algo con la selección. Pero se autoboicotearon. Ellos, estrellas indiscutidas en Europa, protagonizaron ciclos oscuros y traumáticos. Ellos estuvieron con Basile, Maradona, Batista, Bauza y Sampaoli. Nada es casual. Sólo con Sabella y Martino jugaron tres finales, entrenadores que se expusieron al desgaste. Por cierto, Sabella y Martino en un momento eligieron alejarse de la selección. No solo por ellos, pero también por ellos.

Messi habita en la discreción, si hasta puede parecer ausente. Pero sus gestos y silencios condicionan, claro. Messi no pide ni proscribe, pero muchas veces habla sin decir. O con sus actos. Atreverse a persuadirlo de otras actitudes también es imprescindible. ¿Qué solito tendría que advertir la conveniencia de permanecer en Madrid tras la caída con Venezuela? Eso esperaba el cuerpo técnico, eso esperaban los que hasta entonces solo lo habían visto en un póster.

Aferrarse a una conducta tiene que ser innegociable para un entrenador que aspira al respeto. Uno con 30 años de trayectoria o uno advenedizo como Scaloni. Scaloni ocupa un lugar que no se merece y vive en la fragilidad, pero igual se puede hacer respetar. Aunque innecesariamente haya retirado el N°10 en sus días como técnico interino, y aunque la AFA no lo ayude con un refractario video homenaje a Messi. La genuflexión no funciona. Los entrenadores que se exponen a las embestidas, groseras o sigilosas, nunca encontrarán amparo. A nada debe temerle más Lionel Scaloni que a las concesiones.

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