El irónico gesto de Marcelo Gallardo tras la derrota de River ante Vélez y los lapidarios números de su segundo ciclo
El Muñeco se fue sin hacer declaraciones de Liniers y define su futuro junto al presidente Di Carlo
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La escena duró apenas unos segundos, pero fue lo suficientemente elocuente como para explicar mucho más que un simple enojo arbitral. Cuando Darío Herrera marcó el final en el José Amalfitani y consumó la derrota de River ante Vélez por 1-0, todas las cámaras buscaron a un hombre. Y lo encontraron.
Marcelo Gallardo abrió los brazos en señal de protesta. No fue un gesto desmedido, sino algo más complejo: una mezcla de fastidio, incredulidad y resignación. Reclamó, aparentemente, por el tiempo adicionado y por el cumplimiento del mismo. Luego, casi de inmediato, dibujó una sonrisa irónica, breve, seca. Una mueca para contener lo que hervía por dentro.

No hubo desborde. No hubo corrida hacia el árbitro. No hubo escándalo. Tal vez porque aprendió la lección reciente: venía de ser expulsado ante Argentinos tras un cruce verbal con Andrés Merlos. Esta vez eligió el autocontrol. O la apariencia de autocontrol. Porque el gesto —ese abrir los brazos y esa sonrisa filosa— dijo más que cualquier declaración.
Enseguida se acercó Guillermo Barros Schelotto para saludarlo. El Muñeco respondió con cordialidad automática, como quien cambia el foco por obligación. Pero el rictus permanecía. Era la cara de un entrenador que no encuentra respuestas y que empieza a convivir con una estadística impensada para su historia en Núñez.
Porque detrás del gesto hay números. Y los números, en este segundo ciclo, pesan. Son lapidarios. Insostenibles para cualquier otro DT.
Desde su regreso, River transita un período que contrasta con la memoria fresca de su etapa anterior. Si se toman los últimos 15 partidos de Liga Profesional, el equipo acumula 10 derrotas. Diez caídas en quince presentaciones. Un registro que lo coloca, en ese lapso, como el equipo con más derrotas del torneo entre los 30 participantes. Un dato que, en cualquier contexto, sería alarmante. En River, directamente es disruptivo.
Si se amplía la lupa y se contemplan los últimos 20 encuentros en todas las competencias, el panorama no mejora: 12 derrotas. Doce tropiezos en veinte partidos. Una secuencia que no se veía en el club desde 1983, en los ciclos de José Varacka y Jorge Dominichi. No es una comparación antojadiza, sino estadística pura. Y en un club que hizo de la exigencia una norma cultural, las estadísticas son termómetro y sentencia.

En este tramo reciente, River ganó apenas cinco de esos veinte partidos. El resto se reparte entre empates que no terminan de convencer y derrotas que golpean la autoestima colectiva. Más que la tabla, lo que inquieta es la sensación de vulnerabilidad. El equipo no transmite solidez. No impone condiciones. No intimida. Y cuando reacciona —como en el tramo final ante Vélez, cuando convirtió a Álvaro Montero en figura— ya es tarde o insuficiente.
El segundo ciclo de Gallardo había comenzado con la promesa implícita de reconstrucción. Con la expectativa de que el entrenador que marcó una era volviera a ordenar el caos. Con el equipo clasificado por Martín Demichelis a octavos de final de la Copa Libertadores y una llave que terminaba con la final en el Monumental, todo parecía alinearse para reconquistar América. Pero un grave error suyo de planificación en la ida ante Mineiro en Brasil derivó en un 0-3 irremontable y una eliminación de local que dolió demasiado.

Desde entonces, muy poco para rescatar. Apenas la alegría de hace un año frente a Boca (la tarde del tiro libre de Nastantuono). Luego, la debacle en el Mundial de Clubes (afuera en fase de grupos, por detrás de Inter de Milán y Monterrey), la eliminación ante Palmeiras por goleada (5 a 2 en el global) en los cuartos de final de la Libertadores 2025 y la no clasificación a la edición de este año. Todo en medio de gastos millonarios (más de US$ 100.000.000) en refuerzos. Si ni siquiera el gesto político del flamante presidente Stefano Di Carlo (renovarle su contrato antes de visitar a Boca en la Bombonera) hizo efecto: el equipo perdió con claridad 2 a 0.
El presente lo encuentra atrapado en una dinámica inversa: cada partido parece agregar una capa más de presión. La derrota en Liniers fue la tercera consecutiva. Y la secuencia empieza a erosionar incluso la paciencia de los más incondicionales.

El silencio posterior también fue parte del mensaje. Gallardo no habló en conferencia de prensa. No explicó el planteo, no analizó el desarrollo, no buscó atajos discursivos. Eligió callar. Y en el contexto actual, el silencio retumba.
Su figura, que durante años fue sinónimo de convicción y certeza, hoy se mueve entre gestos que delatan incomodidad. Aquel entrenador que caminaba la línea con autoridad casi teatral, que desafiaba contextos adversos con mirada desafiante, ahora parece más contenido, más medido. Como si estuviera calculando cada movimiento para no agregar combustible a un incendio que ya arde.
El jueves tendrá otra prueba, esta vez en el Monumental, frente a Banfield. Pero la cuestión ya no pasa sólo por el próximo rival ni por el esquema táctico. Pasa por algo más profundo: por la capacidad de revertir una tendencia que, por números y sensaciones, se volvió estructural.
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