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MADRID.- Primero fue el clásico del miedo, en un estadio blindado, con francotiradores en los techos y 1300 policías palpando hasta tres veces a cada asistente. Después fue el clásico de la emoción, al ritmo exquisito de La Marsellesa tocada al piano, con 80.000 personas de pie para honrar a las víctimas de la masacre terrorista de París. Al final fue el clásico de la bronca, marcado por la "pañolada" y los gritos contra la dirigencia del club que brotaron de una multitud humillada por el repaso inolvidable que el Barça acababa de pegarle al Real Madrid.
La tarde fue una montaña rusa en el Santiago Bernabéu. El duelo futbolístico más universal tocó en los días más negros que recuerda Europa en años. Se hacía raro llegar a la cancha entre batallones policiales con armas de guerra. Abrir los bolsos, mostrar los bolsillos, formar filas una y otra vez para pasar los tres anillos de seguridad.
En las calles del barrio de Chamartín habían desmontado todos los tachos de basura, para que nadie pudiera usarlos para esconder bombas. Grupos de bomberos recorrían desde temprano las alcantarillas. Pasaban detectores de explosivos por los coches estacionados en la zona.
La gente le hizo caso al gobierno y llegó tres horas antes al estadio, aunque las puertas estaban cerradas. Las avenidas que lo bordean se llenaron de hinchas con paciencia infinita, bajo un frío cortante.
La paranoia empezó a ceder a medida que se acercaba la hora. Se pasó del "¿será lo suficientemente seguro?" al "¿jugará Messi?"

Faltaba un último momento extrafutbolístico, de los que quitan la respiración. Los dos equipos formados en el centro del campo, con suplentes y técnicos incluidos. Una bandera gigante azul blanca y roja que baja por la platea que da al Paseo de la Castellana. La versión sutil del himno francés. Miles de personas de pie, en silencio, algunos con los ojos inyectados de sangre.
Por respeto a las víctimas del horror, el Real Madrid se privó de desplegar esos mosaicos estridentes que se forman en las tribunas con cartulinas de colores que levantan los asistentes antes de los grandes partidos. Esta vez sólo había cuadraditos de papel blanco.
¡Florentino, dimisión!
Ironías del destino, resultaron un boomerang cuando -olvidados ya todos los dramas del mundo- el Barça empezó a bailar a su ritmo y despedazar al equipo de Rafa Benítez. Los cartelitos se agitaron como pañuelos en el entretiempo, entre silbidos a los propios y un ataque directo al presidente Florentino Pérez. Hacía años que no se veía algo así.
"¡Florentino, dimisión!", atronó por los cuatro costados, mientras un empleado ejemplar ponía a todo volumen el himno del club. No había nada que festejar, pero al menos se disimulaba el blanco del fastidio.
A Pérez los hinchas lo acusan de desvirtuar el espíritu del madridismo, con su derroche de contrataciones a veces sin ton ni son, con los bandazos en la elección de técnicos y su permanente intromisión en las decisiones tácticas. El hombre sufrió en el palco, pegado al presidente del gobierno y fanático del Real Madrid, Mariano Rajoy.
El complemento fue para peor. Benítez tuvo su cuota de insultos, sobre todo cuando decidió sacar a James Rodríguez, el mejor del equipo. A jugadores como Gareth Bale -símbolo del florentinismo- le perdieron por completo la paciencia. Al recién llegado Danilo lo trataron como al enemigo. Incluso Cristiano Ronaldo se llevó una silbatina cuando intentó una bicicleta con el partido 0-3. El único de los locales al que aplaudieron fue Isco, después de ser expulsado por una patada delictiva a Neymar.

La furia dejó espacio para gestos nobles, como la ovación a Andrés Iniesta, artífice decisivo de la derrota. Imposible no acordarse del reconocimiento similar que los madridistas le dedicaron a Ronaldinho diez años atrás.
"Andrés es patrimonio de la humanidad", diría después el técnico Luis Enrique en la conferencia de prensa. Cómo negarle razón. Hasta los policías que vigilaban la desconcentración del estadio comentaban el gol de película con que el crack había iluminado el atardecer de Madrid.
jp/ae


