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Italia se enfrenta con uno de los momentos más delicados de su historia: jugará el repechaje europeo con el riesgo de quedar afuera de un Mundial por tercera vez consecutiva, en contraste con un auge deportivo inédito en otras disciplinas, que excede largamente al fútbol y que redefine su mapa competitivo.
El dato no es menor si se lo pone en perspectiva con otras potencias de ese nivel. Brasil, Alemania y la Argentina, los otros gigantes históricos del fútbol a nivel selecciones, jamás atravesaron una racha semejante. Italia, en cambio, acumula dos ausencias seguidas —Rusia 2018 y Qatar 2022— y llega nuevamente a esta instancia con la obligación de imponerse para estar en el Mundial 2026 de Estados Unidos, México y Canadá.
Primero deberá hacerlo ante Irlanda del Norte, el jueves a las 16.45 en Bérgamo, y, si gana, ante Gales o Bosnia y Herzegovina como visitante, a jugarse apenas cinco días después. Dos partidos, sin margen de error, para evitar un vacío que ya se extiende desde Brasil 2014, última participación mundialista, en la recordada derrota ante Uruguay con el mordisco de Luis Suárez a Giorgio Chiellini.

El contexto general del deporte italiano, sin embargo, ofrece una postal completamente distinta. En los recientes Juegos Olímpicos de Invierno en Milán-Cortina, el país firmó una actuación récord con 30 medallas —10 de oro, seis de plata y 14 de bronce— que lo ubicaron en el cuarto puesto del medallero y lo convirtieron en la nación con mayor cantidad de terceros lugares. Ese rendimiento sintetiza un crecimiento sostenido en disciplinas que históricamente no ocupaban el centro de la escena del país.
El tenis es otro caso emblemático con figuras de peso internacional. Jannik Sinner, actual número dos del ranking ATP con 11.400 puntos, se consolidó como una de las grandes referencias del circuito tras consagrarse en Indian Wells y acumular títulos de Grand Slam que lo proyectan como protagonista de una nueva era. Su irrupción no responde solo a un talento individual, sino también a un proceso estructural que Italia desarrolló en las últimas dos décadas: una federación fortalecida, competencia constante en todo el territorio y un sistema de formación coordinado entre entrenadores privados y centros de alto rendimiento que permitió ampliar la base y sostener el crecimiento. Ese modelo, que volvió a instalar al país entre las potencias del tenis, explica en parte por qué hoy puede competir de igual a igual en la elite.

Entre los éxitos individuales recientes, también aparece el triunfo de Andrea Kimi Antonelli. Con solo 19 años se convirtió en el segundo piloto más joven en ganar una carrera de Fórmula 1 y es señalado como la próxima gran figura del automovilismo, tras imponerse en China con Mercedes. Y un dato llamativo es que la academia de la escudería italiana Ferrari lo rechazara por considerar que “era demasiado pequeño (joven) para una evaluación”, según relató su propio padre.
En el vóley, el dominio es aún más contundente. El seleccionado femenino, dirigido por el argentino Julio Velasco, se consagró campeón del mundo en 2025 tras haber obtenido el oro olímpico en París 2024 y la Liga de Naciones ese mismo año. La racha de 36 victorias consecutivas refleja una hegemonía difícil de encontrar en el alto rendimiento internacional. Del lado masculino, los éxitos también están presentes: el año pasado fueron bicampeones del mundo sumando su quinto título mundial. Esto posiciona a Italia como referencia global en la disciplina.
Incluso en deportes con menor tradición, los avances son notorios. El rugby logró un triunfo histórico ante Inglaterra recientemente en el Seis Naciones y terminó en el cuarto puesto del torneo, aunque su ubicación actual en el ranking internacional lo mantiene lejos de los principales candidatos de cara al Mundial 2027. Ese matiz no altera la tendencia general: Italia amplió su competitividad en múltiples frentes, con resultados concretos.
También el seleccionado de béisbol, con varios jugadores formados en ligas internacionales, logró consolidarse como un competidor habitual en el Clásico Mundial, donde este año llegó a semifinales por primera vez en su historia. Mientras que el cricket —impulsado por nuevas comunidades y estructuras emergentes— también registró avances importantes, como su primera participación en una Copa Mundial ICC T20 masculina, que ampliaron el alcance deportivo del país.

En ese contexto de expansión, el fútbol masculino aparece como una excepción. La Azzurra arrastra una serie de resultados adversos que contrastan con su historia. Tras el título en Alemania 2006, no logró superar la fase de grupos en Sudáfrica 2010 ni en Brasil 2014 y luego quedó fuera de las dos Copas del Mundo siguientes. Su último partido de eliminación directa en un Mundial sigue siendo la final ganada ante Francia por penales, con el recordado cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, hace casi dos décadas.
Toda una generación —básicamente cualquiera menor de 15 años— no tiene memoria de la última vez que Italia jugó un Mundial. “El deporte va por ciclos, pero este en el fútbol ha durado demasiado”, señaló el ministro de Deportes de Italia, Andrea Abodi. “Para generaciones de italianos, el Mundial era el momento en que el país se unía y ondeábamos nuestra bandera. Nuestro espíritu nacional ahora se extiende más allá del fútbol, pero aun así sería bonito compartir esas emociones con los aficionados más jóvenes”, indicó a La Stampa.
Las razones de esta caída exceden lo estrictamente deportivo. Fabio Capello, uno de los entrenadores más influyentes del país, sintetizó el problema con una frase que apunta al corazón del sistema: “Italia tiene un problema de formación. Mucha táctica y poca técnica”. En la misma línea, el exjugador Luca Toni advirtió sobre las falencias en el desarrollo juvenil y cuestionó la falta de inversión en las divisiones inferiores. “Algunos clubes importantes gastan mucho en los primeros equipos y muy poco en las categorías inferiores”, señaló.
Ese déficit en la formación de jugadores también se refleja en la ausencia de figuras de peso como las que supo tener Italia en las décadas del ’90 y ’2000. Nombres como Paolo Maldini, Andrea Pirlo, Gianluigi Buffon, Francesco Totti y Alessandro Del Piero marcaron una época y fueron considerados entre los mejores del mundo en sus posiciones, un contraste evidente con la actualidad.
El deterioro también se refleja en la Serie A, que pasó de ser el destino predilecto de las grandes figuras a una liga con menor peso internacional. La escasez de futbolistas italianos en los equipos principales y la ausencia de títulos europeos en los últimos años —Inter fue el último equipo campeón de la Champions League, en 2010— completan un cuadro que evidencia una pérdida de competitividad estructural.
En medio de este panorama, la selección busca reconstruirse bajo el mando de leyendas del pasado. Gennaro Gattuso asumió la conducción, luego de la pésima campaña en las eliminatorias de Luciano Spalletti, con la misión de revertir la tendencia. Fue elegido por una figura histórica como Gianluigi Buffon, que ostenta el récord con 176 apariciones con Italia, que lo acompaña dentro de la estructura dirigencial. El nuevo entrenador dirigió apenas seis partidos, logrando cinco victorias y solo una derrota, ante la Noruega de Erling Haaland. Además, el exlateral Gianluca Zambrotta y el exmediocampista Simone Perrotta trabajan en el programa de desarrollo juvenil de la federación italiana.
Incluso con Gattuso y Buffon defendiendo su postura, la selección no pudo convencer a las autoridades del fútbol para organizar una concentración en los cuatro meses transcurridos desde la última vez que jugó Italia. En su lugar, ambas leyendas emprendieron una gira por toda Italia —además de viajes a Londres, Arabia Saudí y Qatar— para compartir cenas con los jugadores del plantel y mantener el espíritu de equipo.

Por su parte, el presidente de la federación, Gabriele Gravina, apeló al respaldo colectivo como factor clave de cara al repechaje: “Los chicos necesitan el apoyo de todos los italianos, como ocurrió en 2021”, afirmó, en referencia a la Eurocopa conquistada en Wembley. La única alegría que tuvo en estos años la selección de Italia. Y, en las últimas semanas, en respuesta a lo que parece ser el centro de las críticas por muchos, presentó un nuevo programa de desarrollo juvenil que, según él, apunta a “superar una especie de tacticismo extremo que realmente me preocupa”.
El desafío inmediato es concreto. El formato del repechaje europeo no admite margen: semifinales y final a partido único, con 16 selecciones en competencia por cuatro plazas. Italia, segunda en su grupo clasificatorio detrás de Noruega, quedó obligada a transitar este camino por tercera vez consecutiva. El antecedente de 1958, cuando Irlanda del Norte la dejó fuera del Mundial, reaparece como un recordatorio incómodo en la previa del cruce en Bérgamo. Por historia y trayectoria, además de estar en el puesto 13 del ranking FIFA, parte como favorita ante un rival que es la número 69.
Entre los 28 convocados para esta primera “final” anticipada aparece el capitán Gianluigi Donnarumma, ya consolidado en el arco. El año pasado, tras la goleada a Israel por 3-0, expresó su confianza en la clasificación al Mundial. “No volverá a ocurrir, no puede ocurrir: esta selección estará en el próximo Mundial. No tengo dudas”, afirmó. En la lista también figura el mediocampista Sandro Tonali, a pesar de las dudas por lesión. Y vuelve, tras dos años sin ser citado, Federico Chiesa, delantero de 28 años con escasa continuidad reciente en Liverpool debido a distintas lesiones.
Entre las principales referencias ofensivas se destaca el número 9, Mateo Retegui. El delantero argentino nacionalizado italiano, de 26 años, se consolidó como una de las piezas centrales del recambio y acumula 11 goles y cinco asistencias en 26 partidos con la Azzurra.
Más allá del resultado, el interrogante que atraviesa al deporte italiano es más profundo. Durante décadas, el fútbol fue el principal vehículo de identidad nacional, el espacio donde se condensaban las emociones colectivas. Hoy, ese lugar parece haberse diversificado. Nuevas figuras, nuevas disciplinas y nuevos logros construyen una narrativa distinta, en la que la Azzurra ya no ocupa el centro excluyente.
En ese contexto, la clasificación al Mundial no solo implica recuperar un lugar en la competencia más importante del mundo. También representa la posibilidad de reconectar con una tradición que definió a generaciones. Italia, que durante décadas fue sinónimo de fútbol, enfrenta una encrucijada inédita: recuperar su lugar o aceptar que su centralidad deportiva ya cambió.



