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Caía la lluvia sobre el Monumental, como en los títulos de 1986, 1996 y 2015. Señal de que River debía salir campeón de la Copa Libertadores , aunque estuviera haciendo de local en el Santiago Bernabéu, a más de 10.000 kilómetros de distancia. Más allá de la coincidencia climática, obviamente hay otras razones, más futbolísticas: la final interminable tuvo un desenlace, coronó al mejor, al que volvió a reponerse de una desventaja, como lo había hecho por dos veces en la Bombonera.
Triunfó el sentido colectivo de River, su mejor armazón como equipo, sus nervios de acero para asimilar los momentos desfavorables. Se deshilachó Boca, demasiado dependiente del poder goleador de Benedetto, con un Waterloo en el medio campo desde el momento en que un Gago en el 30 por ciento de sus posibilidades reemplazó al capitán Pérez, con Barrios expulsado por su fogosidad mal aplicada y con el conmovedor Nández acalambrado, sin escatimar esfuerzo, suficiente para que fuera el perdedor que menos se merecía salir derrotado. Una línea de volantes que de tan destartalada obligó al ingreso de Jara. ¿Cómo no estaba Almendra en el banco, que iba a ser titular en el Monumental?
Boca posee más plantel, pero no lo supo administrar en esta final. Gallardo tiene a un vicario de excelencia en Matías Biscay. El Muñeco puede estar mirando el partido desde la luna que su ayudante, junto con Hernán Buján, hará una lectura correcta de las necesidades. Abajo 1-0, ingresó Quintero por Ponzio y Enzo Pérez pasó de volante central.
Boca quiso vivir de la renta de la gran maniobra individual de Benedetto. River no se descompuso, otra usó la cabeza, no entró en crisis nerviosa. Fue a lo suyo: a mover la pelota a lo ancho del campo, a crear superioridad numérica con los volantes y laterales. Pratto estaba un poco solo, pero lo acompañaron muy bien Palacios y Nacho Fernández en la acción del empate. Boca parecía que no se enteraba de nada, no modificaba su postura, demasiado atrasada y contemplativa. Entró Wanchope Ábila, que lejos estuvo de ser Benedetto.
River era más y Boca, un drama, sin Barrios ni Gago, que dejaba el campo otra vez en una pierna, quizá ahora sí en lo que será el prólogo de su retiro. Quintero fue pólvora seca y precisión milimétrica para el segundo gol.
Le quedó a Boca el último arresto de vergüenza, un tiro de Jara que rozó un poste. Con Andrada yendo al bulto en el área de Armani, a Pity Martínez le quedó la jugada de los sueños: la pradera del Bernabéu despejada, la hierba reluciente, más de 50 metros de carrera en solitario al gol, para el 3-1 en el último segundo del alargue.
Los turistas e imparciales que fueron al Bernabéu se habrán aburrido bastante en el cerrado y opaco primer tiempo, pero después fueron testigos de buena parte del acervo del fútbol argentino: juego, coraje y corazón. Lo puso River en proporciones más importantes que Boca. Miles de los hinchas que habían ido al Monumental y no pudieron viajar a Madrid se vieron muy bien representados por su equipo. Caía la lluvia en el Monumental, a diferencia de las tres consagraciones anteriores, no había a quién mojar. El baño de gloria se derramaba en el Bernabéu.


