Ritos, fusiles y el sacrificio de ovejas: El desafío de jugar para una nación que defiende su orgullo con el fútbol
Kevin Ceijas cambió la tranquilidad europea por la intensidad del Kurdistán iraquí
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En el imaginario colectivo, Irak es sinónimo de noticias de guerra, edificios derruidos y desierto. Sin embargo, para Kevin Ceijas, el fútbol fue el pasaporte para descubrir una realidad que no siempre se cuenta de la misma forma. Tras un paso por el Beroe de Bulgaria, el futbolista argentino aceptó un desafío que pocos se atreverían a tomar: mudarse a Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, para vestir la camiseta del histórico Erbil SC. Lo que encontró allí no fue solo un club de fútbol, sino el corazón de un pueblo que late con un orgullo nacional inquebrantable y una admiración casi mística por la Argentina.
La oportunidad surgió de forma vertiginosa. “Estaban buscando justamente un jugador argentino”, recordó Ceijas sobre aquel llamado un martes que, para el jueves, ya se había convertido en un contrato firmado. El interés no era casual: en aquellas tierras, el futbolista argentino es percibido como el jugador a fichar en los mercados de pases.
“Les gusta cómo somos los argentinos. A comparación del jugador europeo normal, tenemos cosas que nos caracterizan mucho como el esfuerzo, la dedicación, el sacrificio y es un perfil de jugador que ellos buscan. Tiene mucho que ver eso con su simpatía con los argentinos, con el hecho de admirar el sacrificio que siempre tuvo la selección por tratar de conseguir la Copa del Mundo”, explica.
Para los iraquíes, el éxito de la selección argentina en el Mundial de Qatar 2022 no fue solo un triunfo deportivo, sino la validación de una filosofía de vida que comparten: la resiliencia de caerse, levantarse y pelear por lo que uno quiere.
Al aterrizar en Irak, el primer impacto que notó Ceijas fue el contraste. Mientras que en Bagdad todavía se ven las cicatrices de la guerra en edificios que nunca volvieron a levantarse, el Kurdistán iraquí se presentó ante él como un mundo aparte, con su propia infraestructura, dialecto y bandera. “En Irak ves mucha gente armada con fusiles de asalto en la calle caminando como si fuese normal, y para uno que no vive eso choca un poco”, confesó el jugador, aunque rápidamente aclaró que la hospitalidad de la gente superó cualquier prejuicio inicial.
La adaptación no fue solo cultural, sino también logística. Sin otros latinoamericanos en el plantel, el inglés y la ayuda del traductor se volvieron vitales, especialmente porque en Erbil el kurdo es la lengua oficial, desplazando al árabe que predomina en el resto del país.
Incluso en redes sociales, la identidad kurda se defiende con fervor: “Me ha pasado de postear algo en árabe y que la misma hinchada me escriba por privado: ‘nosotros hablamos kurdo’. Hay que tratar de ser lo más respetuoso posible porque a nosotros nos toca venir desde afuera y nos tenemos que adaptar a sus costumbres y a su historia”, relató Ceijas, subrayando la importancia de respetar tradiciones muy arraigadas.
Para el volante argentino, entender la idiosincrasia de Erbil fue un proceso de aprendizaje diario. No se trataba simplemente de representar a una ciudad, sino a una cultura que defiende su autonomía con uñas y dientes. “Las personas que nacieron en Kurdistán lo llevan con mucha honra y son muy apasionados en lo que respecta a representar a su nación”, explicó.
Esa cohesión social que se respira en las calles de Erbil también se traslada a las oficinas de los clubes y a las federaciones. En una liga donde el dinero del petróleo suele marcar las diferencias, el futbolista descubrió un valor que no abunda en el fútbol: la solidaridad entre pares frente a la adversidad.
“Me sorprendió mucho que entre equipos de Kurdistán se apoyan mucho. Si hay algún club que está pasando una crisis económica, los otros clubes de la nación salen a apoyarlos”, contó. Este pacto de ayuda mutua refuerza la idea de que, en el norte de Irak, el fútbol es la herramienta para demostrarle al resto del país y al mundo que el Kurdistán es inseparable. “Uno trata de dar el máximo respeto posible cada vez que vamos a jugar afuera o mismo si jugamos de local, entendiendo lo que representamos para ellos”.
En ese sentido, el fútbol en Irak es una experiencia completamente diferente a la de jugar en Argentina. Ceijas descubrió una liga de una intensidad física abrumadora, donde lo táctico pasa desapercibido frente al despliegue atlético. “El que menos corre hará 11 o 12 kilómetros; hemos visto los GPS después de los partidos y están arriba de 13 o 15 kilómetros”, detalló sobre un ritmo de juego vertiginoso.

Pero si algo define la experiencia de Ceijas en el Erbil SC es la pasión desbordante. Jugar a estadio repleto, con 10.000 personas que no permiten que “entre un alfiler”, es la norma. Sin embargo, ninguna charla técnica previa en Irak lo preparó para lo que vivió antes de un partido crucial en la liga iraquí.
“Bajamos del micro y vimos que habían llegado hinchas con dos ovejas. Las mataron ahí mismo, enfrente nuestro, como una ofrenda de suerte”, recordó Ceijas con una mezcla de asombro y respeto. En la cultura local, el sacrificio de animales es un rito de purificación y buen augurio, una forma de pedir protección y victoria ante un rival difícil. Para el argentino, la imagen fue un impacto seco: “Era algo que nunca me había pasado, encima me enfocaron de la televisión iraquí cuando bajé del micro y estaba blanco”.
Detrás de la liga, hay un poder económico real impulsado por el petróleo y clubes como Al-Shorta o Al-Karma desembolsan sumas que atraen a jugadores de ligas potentes como la de Rusia o Irán. No obstante, ese músculo financiero convive con una desorganización estructural que pone a prueba la paciencia de cualquier profesional: “En seis meses solamente se habían jugado siete partidos. No sabíamos contra quién jugábamos hasta cuatro o cinco días antes”, señaló el futbolista argentino.
Incluso los campos de entrenamiento reflejaban esa dualidad. El Erbil SC, en pleno proceso de reconstrucción, llevaba a su plantel a entrenar en un campo militar cercano al aeropuerto. “En el club donde jugaba estaban haciendo las cosas desde cero, así que nos entrenábamos en diferentes campos. Por ejemplo, en un campo militar que estaba cerca del aeropuerto. Eso sí, la verdad es que las condiciones del campo eran muy lindas”.
Aunque su salida del club se dio por motivos estrictamente futbolísticos, basados en diferencias de criterio táctico con el cuerpo técnico sobre su posición en el campo, el futbolista argentino se llevó una lección de vida de Kurdistán.

Ceijas, hoy sin equipo, regresó con la satisfacción de haber sido, por un tiempo, el representante de un país que admiran en un rincón del mundo que pocos comprenden. En Erbil, donde conocen a River, a Boca y a Rosario Central por Ángel Di María, el volante argentino dejó su huella demostrando que, más allá de los fusiles y las fronteras, el fútbol sigue siendo el puente más corto entre dos sociedades totalmente distintas.
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