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El morbo que se generó a partir del descenso de River había encontrado en la B Nacional matices que aliviaban la angustia de los hinchas millonarios. Juega en estadios y con árbitros de primera, lo emite la TV Pública en horarios centrales del fin de semana y sus hinchas lo pueden seguir como visitante? A estas alturas podría ser materia de estudio psicológico qué influencia pueden tener estas particularidades en el juego. Lo que está a la vista es que no le garantiza un camino de rosas y lo padeció en la cancha de Independiente con el rival que más comentario generaba en el ambiente. El equipo de Núñez volvió a sentir el rigor de una realidad donde la felicidad se acostumbra a darle la espalda. El que casi se pone el traje de verdugo fue Deportivo Merlo, que lo superó en el juego más allá del 0-0 y que pudo ganar si el árbitro le hubiera cobrado el penal de Alayes sobre el final.
No gana para sustos porque, en sus últimas tres actuaciones, Quilmes le igualó en el último minuto, porque apenas rescató un 2-2 sobre el final con Defensa y Justicia y ayer porque si Mauro Vigliano hubiese cobrado el penal de Alayes en el epílogo pudo haber perdido.
Qué lejos quedaron para River el marco impactante que brindaban las hinchadas desde las tribunas. Qué archivadas quedaron las despedidas triunfales de hace unas semanas. Faltaban varios minutos para el final y Matías Almeyda hacía modificaciones de nombres y de esquemas. A River se le cerraban los caminos. Merlo no lo dejaba entrar en el área y el equipo millonario lejos estaba de recuperar la punta que perdió hace siete días. Para colmo, acumulaba algo más que el tercer empate consecutivo. La presión jugaba su papel y por poco Ramiro López queda en la historia si no fuera por el cruce a tiempo de Domínguez. Se traducía en nervios que desembocaban en imprecisiones. Porque el empate dejó a River inseguro, con casi nada de esa idea futbolística que había mostrado en los primeros partidos del campeonato.
Las razones fueron claras y el conjunto del Oeste las expuso desde el principio. Fue más contundente en su idea, tuvo mayor decisión y convencimiento que su rival para doblegarlo. Y no ofreció las dudas que si mostró River en su funcionamiento. El cambio de un nombre (Ledesma por Vella) que dispuso Almeyda modificó las características del equipo. El DT se inclinó por un 3-4-1-2. Ubicó al uruguayo Carlos Sánchez como volante derecho y a Martín Aguirre como enlace; a Ledesma como "doble cinco" con Domingo. Es claro: la ubicación en la banda izquierda de Ocampos le ofrece dinámica al equipo y, fundamentalmente, desequilibrio. Fue punzante y abrió surcos por el lateral, como el jugador más punzante en el primer tiempo. No necesitó mucho, porque el capítulo inicial fue empinado para River, una demostración futbolística muy débil. Porque el Chori Domínguez buscó la pelota, pero la conexión con Aguirre no fue la que se necesitaba para quebrar las dos líneas de cuatro ordenadas de Merlo, que encima salía rápido con Barreiro y López.
Más allá de los remates de Cavenaghi, River estaba sin reacción. Todos estuvieron flojos, pero lo que más sintió fue el bajo rendimiento colectivo de todas sus líneas. El fútbol actual, y especialmente en nuestro país, instaló una muletilla: todos los partidos son difíciles y todos los rivales son complicados. Desde los comentarios previos, en Avellaneda había un encuentro que se escapaba a esa regla, según los aventurados de siempre. Se equivocaron: la supuesta opulencia de River fue menos que la modestia de Merlo.

