Sigue solo: Messi debe encontrar el equilibrio en una nueva etapa

Juan Pablo Varsky
Juan Pablo Varsky PARA LA NACION
Lionel Messi, en soledad
Lionel Messi, en soledad Fuente: Reuters
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8 de julio de 2019  • 23:59

Sus fotos, enjaulado por rivales y sin compañeros a la vista para ayudarlo, aparecían puntualmente luego de cada frustración de la selección. "Solo no puede", "ellos son un equipo y nosotros una banda", "no lo merecemos", "que se vaya a Barcelona y no vuelva", y otros grandes éxitos acompañaban la banda de sonido de cada película, siempre con final triste.

Jugó su primera competición oficial con la mayor en Alemania 2006. Trece años y nueve torneos después, la cuenta da cuatro subcampeonatos, un tercer puesto, tres cuartos de final y una salida en octavos. Extraordinario registro. Nadie logra semejantes resultados solo. El equipo te ayuda siempre. En 2006, compartió plantel con Riquelme, Ayala, Heinze, Crespo, Aimar, Cambiasso, Sorin, Burdisso, Maxi, Gaby Milito. En 2010, tuvo a Romero, Samuel, Verón, Palermo, Diego Milito. En 2014, con Andújar y Orion. Con muchos de ellos, convivió durante más de un torneo. Javier Mascherano lo acompañó desde el principio hasta Rusia, con el bonus de siete años juntos en Barcelona. Pablo Zabaleta intercedió por él ante Francisco Ferraro luego de una derrota inicial en el Mundial Juvenil 2005. "Que alguno salga, pero este tiene que jugar", le dijo con apenas 20 años. No salió más y todo cambió. Campeón, figura y goleador. Fernando Gago y Lucas Biglia también formaron parte de ese equipo. Pelearon por el puesto, pero coincidieron en entenderse bien, dentro y fuera del campo, con ese chico que no salió más.

José Pekerman, Alfio Basile, Diego Maradona, Sergio Batista, Alejandro Sabella, Gerardo Martino, Edgardo Bauza y Jorge Sampaoli fueron sus seleccionadores anteriores. Más allá de gustos y resultados, la gran mayoría llegó al cargo con avales en clubes y selecciones. Diego, el único outsider, tenía otras credenciales que generaron respeto. No estuvo solo dentro de la cancha como sugerían esas fotos de un determinado momento de un determinado partido. Esa compañía de grandes se extendió al vestuario. Contó con compañeros y entrenadores dispuestos a ayudarlo con una palabra o un abrazo contenedor. Siempre escuchó y aceptó consejos de sus respetadas referencias. Julio Grondona ejerció de último recurso hasta 2014. Otra red ampliada se pudo ver en Barcelona con Puyol, Xavi e Iniesta en la Santísima Trinidad y Pep Guardiola de Santo Patrono.

Siempre fue calentón. Recuerden esa imagen post caída ante Alemania en 2006. Solo y con la mirada perdida. La eliminación le dolió tanto como no haber jugado por decisión de Pekerman. Se ha ido furioso de entrenamientos por lo que le cobró un DT en una simple jugada. Ha planteado discrepancias en armado de equipos y elección de jugadores. "Qué desastre son los de la AFA", publicó en su Instagram durante la Copa América del Centenario, harto de la incompetencia en pleno vacío directivo del futbol argentino. Es una bestia competitiva. Se enoja en una derrota o en lo que considera una injusticia. No hay conflicto ahí. No es ni nuevo, ni maradoneano. La diferencia pasa por el contexto que lo rodea. Hoy no tiene una referencia que le advierta de los costos de una decisión o una palabra con un amigable "esto es para quilombo". Sus contemporáneos Di María, Otamendi y Agüero no llegan a esa profundidad. Sus nuevos jóvenes compañeros lo han ayudado mucho dentro del campo. No corresponde exigirles más. Scaloni tiene menos experiencia que él y recién se está ganando su respeto. Y Claudio Tapia, presidente de AFA y vicepresidente de Conmebol, es su fan número uno y le festeja todo.

Su declaración post Brasil ("foules boludos, penales pelotudos") es hermosa. No presentarse como capitán a recibir la medalla de bronce ya tiene un costo institucional. Denunciar una conspiración pro brasileña, atribuir su injusta expulsión a sus frases anteriores y, sobre todo, hablar de corrupción sin prueba alguna para definir a la organización del fútbol sudamericano desbloqueó todos los niveles de prudencia. No se activó ningún filtro, ni interno ni externo. Se ganó fans nuevos. Fue ovacionado por quienes siempre le reclamaron más argentinismo periférico como cantar el himno y por quienes nunca abandonan la pasión por la épica del llanto y la eterna campaña anti-argentina. Aclarar que el seleccionado fue perjudicado por el arbitraje de Zambrano, que su roja fue ridícula y que en Conmebol rompen todo, hasta el VAR, suena obvio pero toca. Las voces disidentes y valientes de Marcelo Gallardo y Ricardo Gareca se distinguen de ese coro que lo adula y lo deforma como el súper héroe anti-corporaciones. "Un gran poder implica una gran responsabilidad" le dijo antes de morirse Tio Ben a Peter Parker. Spiderman la tomó como su frase de cabecera. A los 32 años, líder y mentor, Lionel Messi deberá encontrar su equilibrio en esta nueva etapa del seleccionado. Como en aquellas fotos, aquí también está solo.

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