La conquista que lo transformó en un grande

Pablo Vignone
Pablo Vignone LA NACION
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2 de junio de 2017  

En 1999, el Círculo de Periodistas Deportivos oficializó a su manera lo que los cronistas daban por sentado desde hacía rato: la existencia de un Olimpo deportivo nacional integrado por Maradona, Vilas, Fangio, Monzón y De Vicenzo. Algo así como La Máquina del deporte argentino. Sigue siendo un axioma, aunque con la aparición de Messi y Ginóbili fue necesario ajustar el dominio de aquellos al siglo XX.

El Maestro De Vicenzo y su mayor conquista: el British Open de 1967
El Maestro De Vicenzo y su mayor conquista: el British Open de 1967 Fuente: AP

En la gloria absoluta no coincidieron, en cambio. Fangio, Maradona y Monzón fueron campeones mundiales, Vilas acabó por ser de facto, ya que no en el ranking, el número 1 del mundo en su especialidad. De Vicenzo, en cambio, no dominó a voluntad su disciplina, en ningún momento fue considerado el golfista más destacado del planeta, tampoco acumuló más que un Major.

¿Entonces, qué lo hizo grande?

La respuesta está en la perspectiva histórica. Cuando llegó a la cima de su carrera, en el British Open de 1967 –el próximo 15 de julio se cumplirá medio siglo de aquella consagración– al deporte argentino no le sobraba lustre a nivel internacional, más bien lo contrario. Fangio, el campe??n mundial por excelencia, se había retirado casi una década atrás; Vilas y Monzón explotarían recién en los ’70, Maradona bastante más tarde. De Vicenzo conseguía imponerse en territorio británico, la cuna del deporte moderno, con el que la Argentina mantenía indiscutibles lazos de amor y odio, el mismo terreno en el que, por ejemplo, la selección argentina de fútbol había naufragado un año antes en pleno Mundial,

El mismo Círculo le otorgó a fines de 1967 el Olimpia de Oro porque, en definitiva, lo que De Vicenzo logró al vencer a Jack Nicklaus por 2 golpes y a Gary Player por cuatro, fue ocupar el rol protagónico que el deporte argentino sentía vacante en esos años decepcionantes. Un rol que consolidó al año siguiente en el Masters de Augusta, cuando la opinión pública todavía toleraba una derrota nacida del fair play, y dos semanas más tarde en Houston, al conquistar su último título del PGA Tour. Su carrera de éxito se extendió desde fines de los ’40 hasta entrados los ’80, pero fueron aquellos meses los que le aseguraron el brillo imprescindible como para elevarlo al nivel superlativo de consideración en el que se mantuvo desde entonces. Su concepción ética del juego hizo el resto. Nada lo manchó después.

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