La vieja historia de la manta corta

Román Iucht
Román Iucht PARA LA NACION
Crédito: Sebastián Domenech
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16 de junio de 2014  • 19:09

"El fútbol es como una manta corta. Si te tapás la cabeza te destapás los pies y si te cubrís los pies te destapás la cabeza".

Aquella vieja frase del brasileño Elba de Padua Lima "Tim", entrenador del San Lorenzo campeón de la década del 60, volvió a cobrar actualidad en la presentación inicial del seleccionado argentino en su victoria frente a Bosnia . Dos equipos en uno: el cauteloso, opaco y plano del primer acto y el intenso, eléctrico y mas abierto del complemento.

Ni el más optimista de los treinta y cinco mil que estaban en el Maracana, ni lo más de cuarenta millones que lo palpitaban de nuestro lado de la frontera hubiera soñado un inicio tan próspero a partir del gol tempranero. Misterios que tiene el fútbol y que lo hacen indescifrable, lejos de ganar confianza con la ventaja, todo lo que sobrevino fue un tedio generalizado. Un equipo planchado, atascado en su creatividad, sin capacidad para agredir ni para recuperar la pelota. Sabella imaginó un partido con una defensa firme, un mediocampo ancho, mucho movimiento y llegada por las bandas para acompañar a los dos delanteros, pero entre los nervios lógicos del debut que no se evaporaron con el paso del juego. La incomodidad posicional de algunos nombres (Maxi Rodríguez como ejemplo perfecto) y el conformismo por la ventaja, nada salió como lo había pensado el entrenador. Como agregado y más allá de la falta de convencimiento de los intérpretes para jugar con dicho esquema, los pases fáciles errados por un Di María extrañamente impreciso y la obstinación de Messi jugando con cierto individualismo, excedían cuestiones de disposición táctica.

En la cabeza del entrenador no es lo mismo estar apto que estar óptimo. De allí se desprendieron dos ideas:

1) La inclusión de los tres "puntas" solo se justificaba con el pipita o en su defecto Palacio .

2) Si debía optar por el momento del juego para incluir tanto al delantero del Napoli como a Gago, la elección apuntaba al complemento antes que ubicarlos de entrada a riesgo de quitarlos con el resultado abierto.

Si Sabella supo cambiar, con el mismo énfasis con el que se le puede criticar la cautela del planteo inicial, vale reconocerle el mérito de no enamorarse de su obra. Aún fallida, los entrenadores suelen encapricharse con su idea y sostenerla más de lo aconsejable por el solo hecho de no desenmascarar sus errores. El técnico percibió las falencias del juego y las sensaciones de sus jugadores. El secreto del éxito de un plan no radica solamente en su concepción, sino y sobre todo en el poder de convencimiento del líder para que sus pupilos lo apliquen con esa misma convicción. Los jugadores esperaban otra cosa y ese deseo se notó en la cancha. La idea del capítulo final alegró al equipo y le dio soga para jugar sus mejores veinte minutos. Gago le aportó al equipo aquello que le reclamábamos en una columna de hace algunos días e Higuaín fue una referencia en la cual sus compañeros pudieron apoyarse para jugar. Más cómodo en su piel, Leo se conectó con los dos y le dejó al Maracaná su primera perla mundialista.

Pero el famoso "juguemos con los cuatro fantásticos" también tiene sus contraindicaciones. Si los jugadores quieren convencer a Sabella de que incluirlos a todos siempre será la mejor decisión, como lo expresaron ante cuanto micrófono se les puso por delante, serán ellos los que deberán asumir que su esfuerzo en la primera línea de marca, sobre la salida de los rivales, será la llave que cierre las dudas del entrenador para verlos a todos en escena. Cuando esa puerta quedó entreabierta, Mascherano y los defensores acusaron el esfuerzo de ocupar más espacios de los recomendables para un equipo que quiere cerrar el partido. El cambio de Biglia se demoró más de lo aconsejable y el equipo lo pagó con el gol en contra, el suspenso y el sufrimiento del final.

Tal vez algunos supongan que con el ensayo fallido, el entrenador haya hipotecado su chance de alterar el formato. No encasillarse con ningún esquema y analizar cada encuentro en función de virtudes propias y fortalezas ajenas seguirá siendo un buen reaseguro, más allá de las críticas de todos los opinadores de sillón y técnicos de café. No será lo mismo Irán que Alemania u Holanda y el que así no lo quiera apreciar, observa el fútbol desde un solo lado del mostrador.

Salvo rarísimas excepciones, los debut en los mundiales siempre fueron complejos para los seleccionados argentinos. El equipo deberá crecer. Hay mucho margen de mejoramiento. Un técnico que asume sus errores y los hace públicos, es una señal tan saludable como infrecuente y cambiar oportunamente siempre es un hecho positivo. Desoír las críticas malintencionadas y los consejos para el pasado, escuchar al grupo y sus preferencias y confiar en el material con el que se cuenta, son algunas de las coordenadas con las que se debe seguir atravesando el camino.

Ansiosos abstenerse. Estamos en un mundial. Y esto recién empieza.

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