Luca Modric, un Balón de Oro que premia el sentido colectivo de una individualidad

Luka Modric, premiado con el balón de oro
Luka Modric, premiado con el balón de oro Fuente: Reuters
Claudio Mauri
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15 de julio de 2018  • 21:54

Los mundiales no se hicieron para Lionel Messi y Cristiano Ronaldo . Y a Neymar también se le atragantan. Los dos primeros ya pasaron los 30 años y la cita cuatrienal de selecciones viene a interrumpir el esplendor de cada uno en sus clubes. El rosarino no se creyó el Balón de Oro que le concedieron en Brasil 2014. Fue una distinción más al magnetismo que desprende que a una influencia decisiva en la campaña de la Argentina finalista. Rusia 2018 fue para Cristiano una primavera (tres goles en el debut contra España) que no llegó a verano y para Messi, un destierro a Siberia.

El brasileño había desembarcado con la firme intención de hacerse con el trono, pero fue evidente que no había alcanzado su mejor tono futbolístico tras la operación en el metatarsiano derecho que lo dejó con los tiempos muy justos para el Mundial. El repaso lo muestra más en situaciones de simulación o caído que en jugadas en las que es incontrolable para la defensa rival.

Con las tres figuras al margen, el juego se abrió para el resto de las individualidades, con una salvedad importante: fue un Mundial en el que lo colectivo estuvo por encima del brillo personal, el bloque se impuso a la impronta solista. El premio de la FIFA al mejor del torneo recayó en Luka Modric , que justamente encarna al jugador de equipo por excelencia. Su despliegue y conducción de la pelota están más al servicio del compañero que de su propio lucimiento.

Su candidatura al Balón de Oro ya se venía perfilando en los partidos anteriores y la derrota de Croacia en la final no cambió el criterio. Campeón de la Champions League con Real Madrid, el balcánico también queda muy bien posicionado para que en enero le concedan el Balón de Oro de France Football y el The Best de la FIFA. Ambos trofeos son monopolizados desde hace una década por Messi y Cristiano. Modric recibiría el reconocimiento a una clase de futbolista que en su momento también merecieron Andrés Iniesta o Xavi, cuyos magisterios nunca terminaron de encontrar el eco suficiente en los jurados.

A los 32 años, y con más de 100 partidos internacionales con la camiseta ajedrezada, Modric se va de Rusia habiendo recorrido casi dos maratones (72,3 kilómetros, de los cuales 29,8 fueron con la pelota en los pies). Convirtió dos goles: uno de penal a Nigeria y otro a la Argentina con un remate desde fuera del área. Dio un total de 523 pases, recuperó 31 pelotas, cometió 12 foules, recibió igual cantidad y no fue amonestado.

Modric cumplió a la perfección la función del N° 8 que alguna vez describió Marcelo Bielsa: "El 8 es el jugador más difícil de encontrar: el Modric. El que defiende como un 5 y ataca como un 10. Es el puesto clave en el fútbol, porque el 8 se hace extremo, trabaja en la contención y se transforma en volante ofensivo". Sin adornos y con un utilitarismo extremo, Modric fue el motor principal de Croacia.

En un nivel no muy inferior al de Modric hubo un par de jugadores al que el Balón de Oro no les hubiera quedado grande. El belga Eden Hazard sale muy reforzado del Mundial. Conducción, pase, gambeta, panorama, pegada. Un virtuoso con la pelota, tan apto para el juego en corto como para lanzar el contraataque. Su perfil se acerca mucho al del clásico N° 10. Hizo tres goles y su asociación con De Bruyne y Lukaku hizo temblar a los adversarios.

Antoine Griezmann fue de lo mejor del campeón. Un delantero (cuatro goles, tres de penal) con espíritu de volante para ayudar en la creación y ocupar espacios en el repliegue. De carácter extravertido, la chispa y viveza acompañan cada uno de sus movimientos.

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