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Es poco habitual que un debutante en la Copa del Mundo se convierta en candidato después de un par de partidos. Así de fulgurante fue la aparición de Dinamarca en México 86 como estrepitosa iba a resultar ser su eliminación.
Pero es interesante recordar la historia de aquel equipo. Porque los daneses llegaron con algún que otro antecedente pese a ser principiantes en la máxima cita. Ganaron el grupo 6 de las eliminatorias europeas en la zona en la que jugaban también la Unión Soviética, Suiza, Irlanda y Noruega. En 1984 habían cumplido un gran papel en la Eurocopa de Francia, llegando a los cuartos de final
Josef Piontek conducía al equipo. Asumió el mando en 1979 y lo mantuvo hasta 1990. Aunque los daneses han sido grandes generadores de jugadores, antes del arribo de "Sepp", ninguno de aquellos que participaban en el exterior eran tenidos en cuenta para jugar en la selección. El alemán recorrió todo el continente europeo y comprometió a los futbolistas que se desempeñaban en distintos países. Por supuesto, les dio control del equipo y el rol principal a Preben Elkjaer Larsen, en ese momento en Hellas Verona y al joven Michael Laudrup que con 22 años ya era figura y principal acompañante de Michel Platini en Juventus.
Dinamarca se enfrentó en el debut con Escocia, por entonces dirigido por Alex Ferguson (todavía no tenía título de Sir, ya que Isabel II ordenó su nombramiento en 1999). En el estadio Neza los nórdicos empezaron a sorprender por su dinamismo y velocidad. Fue victoria 1-0 con gol Preben Elkjaer Larsen.
Pero cuando realmente conquistaron a todos fue después del choque con Uruguay. Hace exactamente 30 años los charrúas sufrían la peor derrota de su historia en la Copa del Mundo. El equipo que tenía grandes figuras internacionales. Muchas de ellas con recordado paso por la Argentina. Jugaban, entre otros, Nelson Gutiérrez, José Batista, Mario Saralegui, Jorge Da Silva, Enzo Francescoli y Antonio Alzamendi.
Esa tarde, en el estadio Neza, todo fue excelso para los daneses. "Un canto al fútbol", "La dinamita roja", "Nos hizo recordar al Holanda del 74", fueron algunos de los titulares con los que los medios relataron la histórica tarde en Nezahualcóyotl.
Había tanto virtuosismo en aquella producción que era difícil decidir por dónde empezar a elogiarlos. Las bondades eran muchas: facilidad para llegar al arco rival, velocidad y verticalidad en todos sus jugadores de campo, calidades individuales para admirar... La frescura y talento en el manejo de Michael Laudrup, la elegancia de su experimentado líbero Morten Olsen, esfuerzo y organización garantizados con Jesper Olsen y Soren Lerby y el oportunismo de Elkjaer Larsen, autor de un hatrick en ese encuentro.
En todo momento y en todas las líneas Dinamarca superó de forma abrumadora a los uruguayos. Incluso en el primer tiempo, que finalizo tan sólo 2-1. La segunda mitad fue demoledora: hizo cuatro goles más y el 6-1 la convirtió en la sensación del Mundial.

Todo alrededor de Dinamarca era fascinante. Se trataba de un equipo jovial y descontracturado. Escapaba a aquella idea del juego duro y de roce físico excesivo. Había un despliegue natural que maravillaba. Sus métodos de concentración también generaron sorpresa. Los futbolistas se concentraban con sus mujeres y sus hijos. El sexo no era una limitación para ellos, mientras algunos entrenadores todavía pregonaban concentraciones prácticamente militares. Hasta su vestimenta tenía un halo de "equipo perfecto". El diseño de aquella camiseta de Hummel marcó una época. Las camisetas eran de color rojo y blanco. Una mitad roja y en finísimas bandas rojas y blancas que la hacía parecer de color rosa. Tan deslumbrante era, que hasta Diego Maradona se compró un modelo y se paseaba por la concentración argentina con la camiseta de Dinamarca.

Tanta libertad, desefado y osadía iba a volverse un arma de doble filo. Con los resultados puestos, terminaría jugando en contra del compromiso del equipo.
Pero la primavera de Dinarmarca tuvo una tercera función en el cierre del grupo marcado por un duelo de estilos. El virtuosismo danés contra la consistencia alemana. Los daneses ganaron 2-0 con las conquistas de Jesper Olsen y John Eriksen. Así completaron el grupo con puntaje perfecto (6 puntos, ya que por entonces la victoria otorgaba dos puntos; nueve goles a favor y apenas uno en contra). Parecían imparables...
Con el mote de candidato sobre sus espaldas, Dinamarca se enfrentó en los octavos de final con España. Ese 18 de junio Jesper Olsen abrió el marcador con un penal y todos se preparaon para escuchar otra sinfonía perfecta. Pero la música la iba a poner Emilio Butragueño, el Buitre de Real Madrid. El mismo rival que lo había eliminado por penales en los cuartos de final de la Eurocopa de 1984 le dio una lección futbolística en Querétaro.
Se terminaba el primer tiempo y Jesper Olsen jugó en el fondo una pelota con cierta indolencia, con la misma despreocupación que había sido elogiada en los últimos tres partidos. Pero no notó que Butragueño había leído su pase. Lo anticipó y puso el 1-1 antes del descanso.
Dinamarca pareció quedarse atrapada en ese error. El partido se puso serio y sus jugadores ya no se sintieron a gusto. Butragueño terminó haciendo cuatro goles redondeando una tarde magnífica. Goicoechea, de penal, marcó el tanto que decretó el 5-1.
Luego de la categórica goleada empezaron los cuestionamientos, las preguntas. Se recordó que el arquero Lars Högh, que era amateur, debió reemplazar a Ole Qvist, lesionado en el partido contra Uruguay, y que la defensa no tuvo el rendimiento parejo en sus integrantes. Piontek declaró que el partido no lo había ganado España, sino que lo perdió Dinamarca por las fallas y desconcentraciones, pero en ningún momento responsabilizó a ninguna de sus líneas o individualidades.
Y ocurrió lo inevitable. Si antes era una peculiaridad divertida que los jugadores estuvieran con sus novias y esposas, ahora eso era observado con enojo por el libertinaje: "Toman cerveza, fuman, conviven con sus mujeres, ¿cómo les podía ir?", fue el reproche más escuchado.
También hubo autocrítica: "Perdimos en el momento en el que nosotros nos habíamos convencido de que podíamos ser campeones del mundo". "Nos faltó humildad, nos confiamos demasiado", declararon varios jugadores del plantel. Una parte de verdad, otro tando de conclusiones con "el diario del lunes". Más allá de un resultado, es imposible olvidar a aquel equipo despreocupado, sin presiones y con tanta alegría por jugar. Si hasta conquistó el corazón de Maradona.
af/jt

