"Odiando nuestra mediocridad", el recuerdo de aquellos años en El Gráfico

Pablo Vignone
Pablo Vignone LA NACION
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16 de enero de 2018  • 19:47

Cuando la selección argentina conquistó su primer campeonato del mundo, en 1978, Héctor Onesime escribió el comentario de aquella final histórica contra Holanda. Cerró el texto con una frase llamativa: “Odio mi mediocridad”. Así confesaba su frustración porque sentía, o así se interpretaba, no poder estar a la altura del acontecimiento para reflejarlo en su magnitud.

Odiando nuestra mediocridad. Así nos sentimos hoy los que trabajamos allí, los que aprendimos tanto de este oficio en esa redacción, lo que era recomendable hacer y lo que no. Ahora temblamos ante la posibilidad de tener que escribir un texto que intente describir lo que fue la cocina de la revista argentina más conocida en el mundo –estrictamente cierto-, que fundó la mitología del deporte argentino, y que creó una auténtica cultura, cuya identidad reconocen los argentinos fanáticos del deporte de más de 30 años.

“No hubo podio más consagratorio para el deporte nacional que la tapa de El Gráfico” escribimos en marzo de 2002, cuando se discontinuó la edición semanal, luego de consignar en la portada una foto de Esteban Cambiasso con la camiseta de River. En aquel momento se adujo “el estado terminal de la industria gráfica”. El Gráfico, la madre de casi todos nosotros, sobrevivió 15 años en formato mensual; en aquella oportunidad, no todos los trabajadores fueron a la calle. Está claro: nuestra mediocridad no es superior a la de otros.

La revista no llegó a cumplir el siglo que se merecía vivir. Mucho del imaginario colectivo del deporte se pierde con esta determinación de abandonarlo en la última estación de la nostalgia. Que Lionel Messi haya sido la única superestrella del fútbol argentino que no necesitó de la tapa de El Gráfico para consagrarse, habla tanto de estos tiempos como de aquellos.

Casi 40 años después, cuando leí como simple aficionado aquella frase, hoy, en el que con tantos compañeros sentimos esta orfandad, la hago dolorosamente mía: Odio mi mediocridad.

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