Podios, himnos y deporte

Donald Trump
Donald Trump Crédito: Sebastian Domenech
Ezequiel Fernández Moores
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15 de enero de 2020  • 00:01

El anuncio del locutor pide respeto. Comienza el himno nacional de Estados Unidos. Lo canta un ex protagonista de American idol. Lo sigue todo el estadio. Mano en el corazón. Agitan banderas. La ceremonia puede incluir desfile militar y sobrevuelo de aviones. En el día del "saludo al servicio", veteranos de guerra y soldados son invitados especiales en suites VIP. Dan el puntapié inicial. Los jugadores estrechan sus manos y agradecen su labor patriótica. El locutor arenga y los aficionados ovacionan de pie. "Nos idolatran como a los jugadores", dice un marine, emocionado. Los jugadores, justamente, componen la única mayoría negra en un espectáculo de fuerte mayoría blanca. Desde la expulsión de Colin Kaepernick y los cambios de reglas, la NFL, del fútbol americano, prohíbe la protesta política. Lo vemos estos días en los playoffs. Y, según estableció ya el Comité Olímpico Internacional (COI), lo veremos también a partir de julio en Tokio 2020. Basta de política. Cállense y jueguen.

Los últimos atletas rebeldes fueron el esgrimista Race Imboden y la lanzadora de martillo Gwen Berry, en los Juegos Panamericanos Lima 2019. Él, arrodillado; ella, con un puño en alto. Podios de protesta contra Donald Trump, "un presidente que propaga el odio", dijo el primero. El Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos (USOPC) les impuso penas en suspenso, anunció que no toleraría nuevas protestas y lamentó que los atletas no "honraran su compromiso". "¿Y el compromiso del USOPC de proteger a atletas como Simone Biles de los depredadores de niños?", replicó furiosa Sally Jenkins en The Washington Post, en obvia referencia al caso del médico Larry Nassar. Jenkins citó un informe lapidario del Senado que acusó a funcionarios del USOPC de "haber ocultado a sabiendas más de un año" los abusos de Nassar, que sumó así a cuarenta nuevas víctimas. Funcionarios del USOPC que recibieron luego indemnizaciones millonarias, destruyeron información clave y mintieron al Congreso. "Medallistas estadounidenses -pidió Jenkins-, arrodíllense. Arrodíllense por cada atleta víctima de abuso, por cada atleta obligado a pedir dinero para comer mientras más de cien ejecutivos del USOPC cobran salarios y bonos de seis dígitos. Arrodíllense hasta que el USOPC esté completamente borrado y reconstruído". Un lector agradece. Ironiza sobre "el privilegio de los que no tienen nada que protestar". Pero el COI anunció la semana pasada que nadie podrá arrodillarse. No por el USOPC. Sucede que los Juegos de Tokio concluirán en agosto. Y tres meses después Trump buscará la reelección.

En los días recientes de tensión con Irán, el entrenador de la NBA Steve Kerr pidió a los aficionados que no agitaran "ciegamente" sus banderas "antes de que entremos en otro desastre". La NBA tuvo su propio Kaepernick en 1996, cuando Mahmoud Abdul-Rauf, estrella musulmana de Denver Nuggets, decidió quedarse en el vestuario o elongar a un costado cada vez que sonaba el himno. David Stern, el histórico comisionado de la liga, fallecido unos días atrás, le impuso una multa de 32.000 dólares y lo obligó a escuchar el himno, aunque fuera con la cabeza gacha y rezando. Abdul-Rauf sufrió amenazas del Ku Klux Klan. Incendiaron su casa. Se fue a jugar a Turquía y se retiró en Japón. Tirador formidable, cincuentón y pacifista, Abdul-Rauf sigue luciéndose hoy en el básquetbol de tres contra tres. Allí no tiene problemas. La Liga del Big3 decidió no ejecutar más el himno nacional antes de cada partido.

También a Tommie Smith y a John Carlos les habían advertido que no protestaran antes de los Juegos Olímpicos de México, en los agitados años sesentas. No hicieron caso. Los echaron para siempre y sus vidas se convirtieron en una pesadilla. Acusados por su podio de Black Power. Cabeza gacha, puños enguantados y cerrados en alto, mientras sonaba el himno de Estados Unidos. Una postal tan icónica que hasta el propio COI, vaya ironía, le rinde homenaje con una foto en su Museo de Lausana. Y a Muhammad Ali le dijeron que le quitarían el título y lo condenarían a la cárcel si rechazaba alistarse en el ejército para combatir en Vietnam. Y a Kaepernick le advirtieron que dejara de arrodillarse. "Hijo de p...", lo llamó Trump. La NFL y sus franquicias obligaron recién en 2009 a sus jugadores a escuchar los himnos y a sumarse al show de banderas y soldados en la cancha, tras recibir unos diez millones de dólares del Departamento de Defensa y la Guardia Nacional. Patriotismo pago.

Tampoco habrá jugadores arrodillados cuando el fútbol americano haga su final, el Super Bowl, el 2 de febrero en Miami. Tendremos, en cambio, un comercial de campaña de Trump. El Super Bowl es el espectáculo más visto en la TV de Estados Unidos. Ojalá gane Green Bay Packers. Los Empacadores siguen siendo la única franquicia sin fines de lucro en el deporte de élite de Estados Unidos. Carecen de un patrón millonario que aporte dinero al candidato republicano porque la franquicia es propiedad de más de trescientos socios-accionistas, muchos de los cuales limpiaron de nieve el estadio en la victoria del domingo pasado. Y ojalá Megan Rapinoe pueda subir a un podio en Tokio. Es la capitana de la selección de fútbol de Estados Unidos. Le gusta hablar sobre racismo, homofobia y desigualdad. Es una mujer valiente y creativa. Y desobediente.

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