De la criptoamnesia al efecto Ikea: rarezas que estudia la economía del comportamiento

Crédito: Shutterstock
Sebastián Campanario
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20 de octubre de 2019  

Cuando a Daniel Kahneman, el padre de la economía del comportamiento, le preguntaron en un reportaje qué sesgo (error sistemático) eliminaría de la conducta humana si pudiera, señaló sin dudar al "exceso de autoconfianza". Para el psicólogo y Nobel de Economía, es el responsable de que líderes históricos con ego grande (Napoleón, Hitler, entre otros) se hayan aventurado a guerras alocadas que le costaron la vida a millones de personas.

El exceso de autoconfianza, responsable de que el 90% de los humanos estemos convencidos de que manejamos el auto mejor que el promedio de la población, o de que el 95% demos por sentado que tenemos mejor sentido del humor que el promedio, es el sesgo más estudiado de la economía del comportamiento. Le pisa los talones, en segundo lugar, la "aversión a la pérdida", por la cual las derrotas o fracasos nos duelen en mayor proporción de lo que disfrutamos un resultado exitoso.

Para Carlos Scartascini, economista argentino y líder del grupo de Economía del Comportamiento del BID, en muchas situaciones de decisiones complejas (a quién votar, dónde invertir) seguimos suponiendo que las personas actúan racionalmente cuando está claro que no. "Aun cuando compran un té o café caliente hay que darles una taza con el mensaje de 'cuidado que está caliente', a pesar de que quemarse tiene un costo alto e inmediato", ejemplifica. En su especial humorístico "Human", el cómico británico Ricky Gervais formuló un argumento parecido: cuestionó la racionalidad de la inteligencia colectiva que llevó a Inglaterra al Brexit -la separación con la Unión Europea- cuando "los envases de detergente deben tener un cartel gigante que dice '¡Peligro! No tomar'".

El exceso de autoconfianza y la aversión a la pérdida son los sesgos más famosos y estudiados, pero hay ya más de 200 etiquetados.

Surgen nuevos todos los meses, como especies de animales desconocidas, y por lo general suscriben a alguna de las grandes familias de errores sistemáticos. Lo que sigue es un listado de algunos de los más extraños y recientes sesgos.

Sesgo de "comienzo fresco" (en inglés "fresh start bias"). Somos más capaces de cambiar de hábitos (hacer una dieta, dejar de fumar, etcétera) cuando nos lo proponemos a partir de una fecha relevante: 1° de enero, un cumpleaños, etcétera, según explica Scartascini.

Criptoamnesia. Especie muy avistada en redes sociales; se da cuando alguien cree que una idea, frase o broma se le ocurrió a él o a ella y no, como pasó en realidad, a otra persona. Es un sesgo de falsa memoria y autoengaño que fue identificado por primera vez en las ciencias cognitivas en 1874.

¿Con qué brazo se sostiene a un bebé? El economista de la UNLP Martín Tetaz, que escribió libros sobre economía del comportamiento presta atención a qué brazo usan sus hijos (tiene tres) para mecer un muñeco. Aclaración: esto no está definido por el hecho de ser diestro o zurdo. Usar el lado izquierdo implica que la información que llega del acunado se procesa con el lado derecho del cerebro, responsable de interpretar señales emocionales y de lenguaje. Según estudios recientes, hay una altísima correlación entre usar el brazo izquierdo y poseer mayores habilidades sociales (mayor probabilidad de seguir reglas o de compartir con los compañeros, o necesidad de agradar a la maestra o maestro). El sesgo es válido tanto para niños como para adultos.

Sesgo de negatividad. Es un error de la familia de aversión a la pérdida, y señala que las noticias negativas se procesan y recuerdan con mayor intensidad que las positivas. Una vuelta de tuerca que advierte Tetaz: el sesgo se revierte con la edad; las personas mayores tienden a valorar más positivamente experiencias, personas, espectáculos, etcétera.

Efecto avestruz. Viene del (falso) concepto de que los avestruces entierran su cabeza en la arena cuando detectan peligro. En este caso, en épocas de turbulencias y malas noticias, los inversores y ahorristas prefieren "no ver ni escuchar" y, por lo tanto, cuentan con peor información para la toma de decisiones. Cualquier similitud con la coyuntura actual es pura casualidad.

Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Las economía y las ciencias sociales en general consideran que las personas toman decisiones consistentes en el tiempo, y la realidad es que todos somos "alguien distinto" -a nivel de toma de decisiones- en diferentes momentos y contextos, según explicó recientemente, en una conferencia en el Instituto Baikal, la economista especializada en comportamiento Florencia López Boo, también del BID. El que estudió este sesgo a fondo es Daniel Ariely, con un experimento muy divertido en el que personas excitadas a nivel sexual tienden a dar respuestas muy distintas en procesos decisorios que aquellas que no lo están.

Efecto Ikea. ¿Le costó, por la densidad del tema, terminar de leer el Álter Eco de hace dos semanas, sobre computación cuántica, o el de Walter Sosa Escudero de la semana pasada sobre big data ? Es probable que si hizo el esfuerzo de concluirlos tenga una tendencia a valorarlos: a menudo, las películas difíciles de digerir, los libros difíciles de leer (esos mamotretos técnicos de más de 1000 páginas) o las clases complicadas de entender son más apreciadas, justamente, para justificar el esfuerzo en el que se incurrió. Es en parte un autoengaño de ego: si destinamos muchas horas a leer el último libro de Piketty, de 1200 páginas llenas de cuadros, mejor que nos guste y no reconocer que perdimos tiempo. Desde el programa de derecho, Economía y Comportamiento de la UNS, en Bahía Blanca, lo relacionan con el "efecto Ikea", por la cadena sueca que vende muebles para armar. Por más que no queden del todo bien, los muebles son más valorados por quienes hicieron el esfuerzo de armarlos. Es una de las claves del éxito de este formato de negocio.

El efecto Benjamin Franklin. Es un fenómeno psicológico por el cual una persona que le hizo un favor a otra tiene más chances de hacerle un nuevo favor que si recibió uno de la otra parte. Se trata de una disonancia cognitiva: el cerebro tiende a concluir que nos gusta la otra persona porque le hicimos un favor (para evitar una disonancia se "reescribe" nuestra percepción inicial). Lo utilizó Franklin a fines del siglo XVIII para ganarse el favor de un opositor político, y de ahí deriva su nombre.

El efecto porrista. Tendemos a dar una mayor valoración estética a la gente cuando la vemos en una foto grupal que en una individual. Es un sesgo descubierto hace poco tiempo, en 2013.

Viento de frente y a favor. El favorito de Nassim Taleb, el autor de El Cisne Negro: tendemos a percibir de manera muy asimétrica el rol del azar y del contexto. Cuando nos va mal, fue culpa del viento en contra; cuando nos va bien, el mérito es nuestro.

El poder de las frases en rima. Uno de los sesgos cognitivos más raros consiste en que tendemos, de manera muy consistente, a percibir como más verdaderas aquellas frases que involucran una rima. Es una ventaja a la que suelen apelar abogados en juicios de Estados Unidos de alta trascendencia mediática (como el de O. J. Simpson) para que el jurado apoye a una determinada postura.

¿Parecen conductas demasiado extrañas o tiradas de los pelos? Era la idea, justamente: existe un "efecto de lo bizarro" por el cual los contenidos de esta categoría son más recordados que el resto. Al igual que Google, Amazon, Facebook y que las unidades estatales de "Nudge" de más de 30 países, esta columna aprovecha enseñanzas de la economía del comportamiento para sumar compromiso y recordación entre sus consumidores.

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