De mediador a espectador: el baño de realidad para la diplomacia de Lula en Venezuela
La captura de Maduro fue golpe a la aspiración de liderazgo regional de la diplomacia en Brasilia
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BRASILIA.- En el lenguaje diplomático de Itamaraty, famoso por su mesura histórica, la palabra “secuestro” suena como un disparo.
Cuando la representación brasileña ante la OEA utilizó el término, esta semana, para definir la operación de Estados Unidos contra Nicolás Maduro, no estaba solo condenando un método, sino que estaba certificando la frustración y el fracaso de la estrategia de mediación y diálogo en Venezuela que intentó sostener durante años.
Durante mucho tiempo, el gobierno del presidente Luiz Inacio Lula da Silva intentó posicionarse como el intérprete necesario entre el chavismo y la comunidad internacional.
Sin embargo, la operación de fuerzas especiales norteamericanas para arrestar a Maduro dinamitó ese puente.
El caso Venezuela marca un cuestionamiento al liderazgo regional de Brasil, una aspiración histórica de la diplomacia en Brasilia que hoy se ve frustrada por la realidad.
“Brasil fue tomado desprevenido en esta invasión, lo que revela que Estados Unidos ya no nos trata como un interlocutor para la región”, explicó Roberto Goulart, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia (UnB).
Para el académico, el contraste con el pasado es brutal: “Esto difiere del histórico de los gobiernos anteriores de Lula, donde Brasil era la pieza central de la gobernanza regional”.
Para no quedar aislado ante los hechos consumados, Lula activó la diplomacia de bloque.
El pasado 4 de enero, un día después de la detención de Maduro, Brasil lideró un duro comunicado conjunto con México, Chile, Colombia, Uruguay y España, rechazando las “acciones militares unilaterales”.

El documento no fue solo un grito de protesta, sino que trazó una línea divisoria en el mapa sudamericano. Mientras Brasilia articulaba el repudio al uso de la fuerza, la Argentina se mantuvo al margen, evidenciando la fractura ideológica del continente bajo la era Milei.
El texto advertía explícitamente sobre el riesgo de “apropiación externa de recursos naturales”, un aviso que se confirmaría dramáticamente días después con los anuncios de la Casa Blanca.
La retórica se ha endurecido porque la diplomacia brasileña se siente acorralada, coinciden expertos consultados por LA NACION. Mientras Washington narra una “operación quirúrgica”, Brasilia denuncia una violación del derecho internacional.
Pero la impotencia de Brasilia para mediar y encauzar la crisis política en Venezuela, sin embargo, se gestó mucho antes de la operación militar.
El aislamiento de Lula es el precio de una apuesta fallida a la “paciencia estratégica” que puede ser rastreada en el proceso electoral fraudulento de 2024 o inclusive antes, destacó Maurício Santoro, politólogo y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ).
El error de cálculo comenzó en 2023, puntuó Santoro, cuando Lula recibió a Maduro con pompa en Brasilia para su asunción presidencial, tratándolo con honores de jefe de Estado en un momento en que la represión y las violaciones a los derechos humanos en Caracas ya eran evidentes.
Luego, Brasil invirtió todo su capital político en los Acuerdos de Barbados, un pacto entre el chavismo y la oposición que prometía garantías para elecciones libres.
Cuando Maduro violó ese acuerdo y cometió fraude en los comicios ante el opositor Edmundo González sin presentar las actas, “el gobierno Lula quedó paralizado”, evaluó Santoro.
“Oficialmente no reconoció la victoria, pero el PT lo hizo inmediatamente. Y el gobierno venezolano percibió que Lula nunca iría muy lejos en sus críticas”.
Ese titubeo costó caro. Al evitar condenas duras cuando tuvo la oportunidad, Brasil perdió la confianza de la oposición venezolana para ser un actor relevante en la crisis, destacó el profesor de la UERJ.
El gobierno de Donald Trump confirmó esta semana que Estados Unidos controlará “por tiempo indeterminado” los ingresos del petróleo venezolano, obligando a Caracas a usar esos fondos exclusivamente para importar productos estadounidenses.
“Trump ha colocado una espada sobre la cabeza de América Latina al retomar la postura de ‘policía del mundo’”, advirtió al respecto el profesor Goulart desde Brasilia. Para los analistas, el riesgo es que Venezuela se convierta en un pantano similar a los países donde intervino Estados Unidos en Medio Oriente los últimos años.
Pese a la gravedad del momento, la reacción de Lula frente a la incursión militar norteamericana tiene un límite trazado por la economía y el recuerdo fresco de un 2025 turbulento.
La relación entre Brasilia y Washington estuvo marcada durante buena parte del año pasado por una “guerra de tarifas”, en aranceles aplicados por Trump por motivos políticos luego de que alegara persecución política al expresidente Jair Bolsonaro.
Recién en el segundo semestre se logró un descongelamiento, coronado por declaraciones de Trump afirmando que existía una “buena sintonía” con Lula, a quien llegó a calificar como “un buen hombre”. Nadie en el Planalto quiere poner en riesgo esa tregua.
“El gobierno norteamericano entendió que las tarifas contra Brasil perjudicaban su propia economía, pero el miedo a nuevos aranceles sirve como un ‘freno’ para el gobierno de Lula”, dijo Santoro.
Brasil, entonces, hace equilibrios en un dilema delicado: la tradición diplomática apunta a condenar duramente la invasión, pero el pragmatismo exige no despertar la ira comercial de la Casa Blanca.
La crisis venezolana ha dejado de ser un asunto de política exterior para contaminar la política doméstica y convertirse en un potencial problema electoral interno. En un año clave rumbo a las presidenciales de 2026, la oposición brasileña ha encontrado en Venezuela la munición perfecta.
Mientras el sector liberal critica la intervención de Estados Unidos pero condena a Maduro, la derecha ligada al bolsonarismo celebra abiertamente la caída del dictador y busca vincular a Lula con el régimen depuesto.
“El pacifismo cínico es siempre la fantasía de quienes practican el terror, esclavizando a su pueblo en nombre de la soberanía”, fustigó a Lula esta semana Eduardo Bolsonaro, hijo del expresidente.
La crisis en Venezuela trasciende la disputa electoral brasileña de 2026 para golpear el corazón del proyecto diplomático Brasil, ser el gran mediador del Sur Global, convirtiéndolo en un espectador en su propio continente.
Mientras el Planalto calcula los daños internos de su relación histórica con el chavismo, Washington rediseña el mapa político de América del Sur sin pedir permiso.
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