Destituir a Donald Trump será más difícil de lo que fue sacar a Nixon

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4 de octubre de 2019  

NUEVA YORK.- Durante el fin de semana, algunos líderes de la Cámara de Representantes de Estados Unidos dijeron que su investigación para el juicio político no tiene que demostrar que el presidente Donald Trump puso en marcha un encubrimiento para ocultar sus relaciones con Ucrania. Como dijo el congresista Hakeem Jeffries: "Vamos a mantenernos centrados en el abuso de poder que sin duda existe. Hay evidencias de eso a plena vista, incluso en la transcripción sin editar". Esa transcripción, que da cuenta de que Trump le pidió al presidente de Ucrania que investigara a Joe Biden a cambio de un trato "muy bueno", es suficiente para el juicio político. ¿Qué más necesitan?

Mucho más, probablemente. Los demócratas del Congreso necesitan persuadir a los republicanos y al público de que el escándalo de Ucrania es mucho más que un ejemplo más de Trump actuando a su manera. En ese sentido, enfrentan una tarea mucho más difícil que los críticos de Richard Nixon durante la investigación del juicio político de 1974.

Durante el escándalo Watergate , Nixon intentó a toda costa mantener en secreto sus conversaciones con sus coconspiradores. Nixon, un político excepcionalmente astuto, mintió con un objetivo claro: mantener intacta su imagen pública de hombre de Estado.

Trump, en cambio, no comparte la preocupación de Nixon por cuidar minuciosamente su imagen. Sus mentiras son más indiscriminadas que estratégicas. En consecuencia, sus opositores políticos tendrán que enfrentar una vara más alta. Los críticos de Nixon utilizaron las grabaciones de Watergate para mostrar al hombre verdadero que se escondía detrás de la máscara. Pero Trump no tiene ninguna máscara. Está orgulloso de incumplir las normas de comportamiento presidencial, al punto incluso de extorsionar a los líderes extranjeros.

Los problemas de Nixon empezaron en 1972, cuando el director de seguridad de su campaña de reelección y otros cuatro hombres fueron arrestados mientras ingresaban por la fuerza a la sede del Comité Nacional Demócrata, en el complejo Watergate. La Casa Blanca negó todo vínculo con el hecho y el presidente mismo insistió: "Ninguna persona empleada por esta administración estuvo involucrada en este muy extraño incidente".

En realidad, se trataba de una operación de espionaje y sabotaje ordenada por la campaña de Nixon con el fin de desacreditar a los candidatos presidenciales demócratas. Los asesores de Nixon habían pagado esa operación con un importante fondo financiado por contribuciones sin declarar. El presidente sabía que necesitaba detener la investigación del hecho para que esos delitos no afloraran y -como el país descubriría más tarde- inmediatamente puso en marcha el encubrimiento.

Presionado por los senadores demócratas, el gobierno designó a un fiscal especial, Archibald Cox, para investigar los delitos, que pronto se conocieron como "Watergate". El Senado creó un comité especial para realizar audiencias por "actividades ilegales, impropias o poco éticas" durante la elección presidencial de 1972.

El testimonio más extraordinario fue el de Alexander Butterfield, asistente del jefe de gabinete, quien reveló que el presidente había estado grabando sus conversaciones en la Casa Blanca. Cox ordenó la presentación de algunas de las grabaciones. El comité del Senado también exigió que el presidente entregara esas cintas.

Nixon se negó y citó la doctrina del privilegio del Poder Ejecutivo. Cuando Cox insistió, Nixon lo despidió, pero fue forzado a aceptar a un nuevo fiscal, Leon Jaworski, y a entregarles algunas grabaciones a él y al Congreso. Entonces los fiscales descubrieron que una de las cintas tenía una laguna de 18 minutos y medio, aparentemente como resultado de una borradura manual. Jaworski y el Congreso redoblaron sus esfuerzos para conseguir más grabaciones.

Aterrorizado por la posibilidad de que otros escucharan las cintas verdaderas, Nixon se negó otra vez, y en su lugar publicó las "transcripciones editadas".

Esa publicación resultó un fiasco. En lugar de ayudar a la Casa Blanca a controlar la situación, los documentos se convirtieron en objetos de fascinación cultural. Los diarios las imprimieron completas. Pero el Congreso también cotejó las grabaciones originales con las transcripciones y descubrió que alguien las había editado para beneficiar a Nixon.

Está claro que Trump tampoco es ajeno a los encubrimientos. Hoy, los críticos del presidente enfrentan un desafío mucho mayor que con Nixon: persuadir a una cantidad suficiente de votantes de que el verdadero Trump -el que ya conocemos- es un delincuente que convendría que dejara el cargo.

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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