El foco mundial está puesto en la guerra con Irán, pero crece la violencia de los colonos en Cisjordania
Familias beduinas denuncian hostigamientos, amenazas y ataques de jóvenes extremistas que buscan expulsarlas de sus tierras en el Valle del Jordán; organizaciones de derechos humanos advierten que los episodios se multiplicaron desde el 7 de octubre de 2023
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FASAYIL, Cisjordania.– Abed, su mujer y sus cinco hijos no pudieron pegar un ojo anoche porque vivieron otra noche de terror. En medio del Ramadán, fueron acosados con antorchas, música a todo volumen y gritos, por un grupito de jóvenes extremistas acampados desde hace días a cincuenta metros de su casilla levantada en un descampado de este poblado palestino del Valle del Jordán.
Allí, chicos de un grupo llamado “The Hilltop and Farm Youth Movement” –considerado el brazo armado de los colonos–, ha plantado una bandera israelí y un poste celeste con la estrella de David. Su mensaje es claro: están ahí porque creen que esa tierra es de ellos y de nadie más.

Este caso de acoso y violencia contra grupos vulnerables de palestinos y beduinos es solo uno de los centenares que se han ido multiplicado en Cisjordania, especialmente desde el 7 de octubre de 2023, cuando el foco pasó a estar en la guerra de Gaza.
Y ahora, desde el estallido de la guerra “preventiva” conjunta de Israel y Estados Unidos contra Irán, ha habido una aceleración aún mayor: mientras el mundo ha puesto ahora su atención en este nuevo conflicto, la violencia extremista de los colonos ha causado la muerte de seis palestinos en diversos ataques a lo largo de la también llamada West Bank, según denunciaron en los últimos días diversos grupos israelíes que defienden los derechos humanos.
“Nos quieren sacar de nuestra casa, de nuestra tierra, pero yo no tengo otro lugar dónde ir”, lamenta ante LA NACION Abed, padre de una de las dos familias que siguen resistiendo al acoso de los colonos en Fasayil, poblado de 1300 almas que queda a unos 62 kilómetros al noreste de Jerusalén. El poblado está rodeado por Tomer y Pazael, dos asentamientos construidos en la década del 1970, cuenta Daniel De Malch, docente jubilado israelí que es activista de “Looking the Occupation in the Eye” (Loite), organización que defiende a los grupos de palestinos y beduinos vulnerables de los territorios ocupados. Pero la amenaza no viene de ellos, sino de nuevos grupos de colonos violentos, como los chicos de la organización de “las colinas”, que el sociólogo israelí Idan Yaron no dudó en definir ante LA NACION como un “grupo terrorista”.

Para llegar hasta Fasayil hace falta una hora desde Jerusalén porque no hay casi tráfico por la guerra. Hay que bajar al valle del Jordán, una zona desértica más que sugestiva, repleta de palmeras y campos llenos de cultivos y viveros. Se pasa cerca de Jericó, localidad palestina y una de las ciudades más antiguas del mundo, del sitio del bautismo de Jesús, al lado del río Jordán y en el camino puede verse a simple vista la meseta de Jordania y, más al sur, el Mar Muerto.
Estamos debajo del nivel del mar, hay sol y hace calor. Si bien estamos en Cisjordania, estamos en la zona C –bajo control militar israelí, según los difuntos acuerdos de Oslo– y está lleno de asentamientos y de autos con chapa israelí, amarilla, yendo y viniendo. Pero también se ven decenas de topadoras y excavadoras de constructoras israelíes removiendo tierras y camiones con materiales para construir nuevos caminos hacia nuevos asentamientos en la zona A, que debería estar bajo control de la Autoridad Nacional Palestina y donde está prohibido el ingreso de israelíes, según advierten carteles color rojo. “Es una locura, construyen muros dentro de muros y rodean poblados palestinos que quedan aislados, sin conexión entre ellos, haciendo imposible el eventual nacimiento de un Estado palestino”, explica Rocky, nuestro chofer.
Un fenómeno que se multiplica
Según datos de Naciones Unidas, en 2025 hubo 1680 ataques de colonos contra palestinos, un promedio de cinco por día. Desde 2022, desde que asumió el actual gobierno de Benjamin Netanyahu –respaldado por la ultraderecha–, el número de colonias y asentamientos agrícolas israelíes en Cisjordania creció en forma impactante: eran 141 en 2022, y actualmente hay más de 210. Según la ley internacional, son ilegales.
“Desde el 7–10, los ataques de los colonos siguen un patrón inquietantemente similar: como puede ver allá en la colina, primero plantan esas casillas (outpost) y, después, mandan a estos chicos muy jóvenes que puede ver allá, debajo del árbol, que acampan y van acosándolos: les cortan la luz, el agua, los molestan con música y la policía y el ejército están totalmente de su lado”, explica Magali Brosh, activista del Loite, que se creó hace cuatro años y medio para visibilizar en los medios esta fenómeno cada vez más inquietante.

“La violencia de los colonos es mucho mayor en la montaña, donde ya no hay pastores, no hay beduinos, a quienes lograron expulsar en un 70%, tirándoles piedras, agrediéndolos con palos e incendiando sus casillas, llegando encapuchados o, peor, vistiendo falsos uniformes del Ejército”, acusa Brosh.
“Y la brutalidad es cada vez peor”, advierte esta mujer, que como los cerca de 600 miembros de su grupo, está convencida de que no pueden quedarse de brazos cruzados ante este avasallamiento de colectivos frágiles. Y que justamente por eso se han organizado para ayudarlos con su “presencia protectiva”. “Sabemos que somos una minoría ínfima en Israel, invisible como los palestinos que defendemos, pero alguien tiene que estar. Protestamos dos veces por semana en Tel Aviv”, apunta.

Abed, de 35 años, cuenta que la pesadilla comenzó en noviembre pasado, cuando llegaron colonos armados que, de repente, rodearon su terreno con un alambrado y le dijeron que se tenían que ir de ahí porque esa tierra no era de ellos. “Los colonos estaban armados y respaldados por el Ejército”, acusa este beduino, hablando en árabe a través de un intérprete del mismo grupo.
Tras actos de acoso, cortes de agua y vandalismo, siete familias muy pobres como la de él, que también vivían ahí, terminaron siendo desalojadas. Se encuentran ahora refugiadas en Ramallah, Jericó y Nablus. Algunas de sus pertenencias –sillones, una heladera, muebles–, se encuentran ahora tirados por ahí. Hay un olor fuerte porque los jóvenes colonos, en un enésimo acto de acoso, el otro día les dejaron al lado de la casilla una montaña de dátiles, que atrajo a las vacas que también trajeron a la zona, dejando suciedad y moscas.
Sirenas de guerra en el Valle del Jordán
El reloj marca las 11.30 cuando los celulares suenan por una alerta de ataque misilístico. Se oyen las sirenas que provienen de los asentamientos que rodean Fasayil, pero entre los beduinos y activistas, nadie se inmuta. “Acá no hay refugios donde correr a resguardarse”, explica Daniel. Pocos después, se oyen las clásicas explosiones de los interceptores y todos miran para arriba para ver las marcas que ha dejado en el cielo.
“Estamos aquí, entre los colonos y las familias palestinas para documentar la violencia, el acoso, el vandalismo, que ocurre aquí todos los días, con la esperanza de reducir la violencia, con la esperanza de crear conciencia sobre esta violación de los derechos humanos y para permitir que la familia de Abed se quede en su casa. Porque lo que estamos viendo es un esfuerzo orquestado de limpieza étnica de grandes zonas de Cisjordania”, explica Yoram Sorek, docente de química que también está aquí para defender a Abed y a su familia.
En un momento, intentamos acercarnos al campamento de los jóvenes “de las colinas”. Debajo de un árbol, además de una carpa moderna tipo iglú, tienen una fogata, palas, una camioneta estacionada, varias vacas e inmensos parlantes como para acosar con música a las dos familias beduinas que quieren expulsar. Intentamos hablar con ellos, pero rechazan cualquier diálogo.
“En verdad, los colonos cometen un doble crimen: están usando a estos jóvenes, que son chicos violentos, con problemas, llenándoles la cabeza y manipulándolos y por otro lado, acosan comunidades débiles, es decir pastores, que viven en estos sitios aislados”, denuncia.
¿Cómo repercute esta nueva guerra contra Irán en su situación? “Por supuesto es muy difícil crear conciencia sobre lo que sucede aquí cuando el foco de atención está en Irán o en Gaza. Y los colonos lo saben”, contesta Yoram. “Y en cada guerra, en cada escalada, aprovechan la oportunidad para ampliar sus acciones, con dos objetivos: expulsar a más comunidades débiles de campesinos y pastores palestinos y apoderarse de más tierras.… Cuando toda la cobertura de noticias es sobre Irán y el precio del petróleo, nadie cubre lo que sucede en el terreno y por eso venimos nosotros”, insiste.
Ellos no son los únicos. Otro grupo activista llamado “Breaking the Silence” –formado por exsoldados– advirtió en los últimos días que “el gobierno israelí y los medios de comunicación presentan los ataques contra Irán, entre otras cosas, como una misión moral para ayudar a los iraníes a resistir un régimen represivo y violento”. “Pero evitan reconocer el hecho de que el propio Israel sostiene su propio régimen violento y represivo en los territorios ocupados”, añadió. Y concluyó: “Todo el mundo merece libertad y seguridad, es un imperativo moral que defendemos aquí y es igualmente relevante en Irán. Nadie merece vivir bajo una dictadura, ni bajo bombas, ni bajo el terror de los colonos”.
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