“El que rompe, paga”: la consigna que debería asumir Donald Trump en la Venezuela post-Maduro
La pregunta es cómo influir en los acontecimientos para apuntalar los intereses de EE.UU. y los intereses del pueblo venezolano sin una presencia militar en el terreno
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NUEVA YORK. – Es demasiado pronto para tener respuestas claras sobre qué pasará en Venezuela luego de la destitución del presidente Nicolás Maduro para ser juzgado en Estados Unidos. Pero sí me surgen muchas preguntas a partir de intervenciones previas de Estados Unidos en otras regiones del mundo.
El 19 de marzo de 2011, una coalición liderada por la OTAN lanzó una intervención militar –utilizando exclusivamente la fuerza aérea– en la guerra civil libia que finalmente terminaría con el derrocamiento del gobierno del coronel Muamar Khadafi, que en octubre de ese año sería asesinado por la oposición.
El 29 de marzo de 2011, escribí una columna que terminaba así: Señor, por favor, haz que el presidente Obama tenga suerte. El tema del ensayo era que Barack Obama acababa de facilitar la salida del líder de Libia, pero no contaba con fuerzas en el terreno para manejar los acontecimientos subsiguientes.

“No conozco Libia”, escribí en ese entonces, “pero mi instinto me dice que cualquier salida decente requiere botas en el terreno, ya sea como asistencia militar para que los rebeldes destituyan a Khadafi como queremos, o, post–Gadafi, como árbitros y fuerzas de paz entre tribus y facciones para facilitar cualquier transición hacia la democracia. Esas botas no pueden ser nuestras. No nos lo podemos permitir de ninguna manera”.
Así que, ¿quién arbitró en la fase siguiente? Nadie. Al ofrecer solamente cobertura aérea a los rebeldes, nuestra intervención dejó la situación en el terreno librada a las fuerzas locales, tribus y milicias rivales, que en ese entonces estaban divididas y lo siguen estando aún hoy. Casi 15 años después, Libia todavía es un desastre, con dos gobiernos que luchan por el control, y aún es un peligroso trampolín en todo el Mediterráneo para refugiados y migrantes de África que buscan ingresar a Europa.
Desde luego que no estoy abogando por una toma de Venezuela por parte de las fuerzas militares estadounidenses, pero sí me pregunto cómo podemos influir en los acontecimientos y las tendencias para apuntalar nuestros intereses y los intereses del pueblo venezolano sin una presencia militar en el terreno. Irse tan rápido como se llegó, como estrategia geopolítica, me parece que tiene sus limitaciones.
Este sábado, en su conferencia de prensa, el presidente Trump pareció reconocerlo, y no se esforzó en eludirlo. “Vamos a gobernar el país hasta que podamos hacer una transición segura, apropiada y sensata”, dijo, y añadió: “no podemos dejar la posibilidad de que otros tomen el poder”.
Luego dijo que Estados Unidos “está listo para realizar otro ataque mucho mayor, si fuera necesario”. Y hasta agregó: “No le tememos a las botas en el terreno, si es lo que hay que hacer”.
¡Guau! A Trump no le atemorizó sugerir que Estados Unidos está emprendiendo el mayor proyecto de construcción de una nación después de Irak y Afganistán. ¿Tiene idea de lo inabarcable y desalentador que puede resultar ese proyecto?
Las alternativas en Venezuela
Cómo el gobierno de Trump va a gobernar Venezuela es toda una incógnita. ¿Tiene un acuerdo con el remanente del régimen de Maduro para que dé un paso al costado? ¿Trump planea imponerle al equipo de Maduro restante un ultimátum para irse y luego Estados Unidos organizará elecciones? Lo cierto es que Estados Unidos al mando en Venezuela puede ser una tarea desalentadora, y habrá una parte significativa de la base aislacionista MAGA de Trump que probablemente no acepte esa misión.

Muchos venezolanos van a celebrar la caída de Maduro, pero tiene importantes aliados armados –una banda de canallas y narcotraficantes sería la mejor forma de describirlos– que controlan Venezuela a través de una represión violenta y del fraude electoral. ¿Cómo será el equilibrio de poder entre los bandos a favor y en contra de Maduro y qué nivel de desorden provocará?
Otra analogía de Medio Oriente: algunos países, cuando se les decapita a sus líderes, implosionan, colapsan sobre sí mismos: le pasó a Yemen, por ejemplo, porque estaba rodeado por el océano y por vecinos fuertes. Pero otros, como Siria luego de la caída de su dictador, Bashar al–Assad, explotó, es decir, irradió refugiados, droga e inestabilidad a los países vecinos.
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ya hay casi ocho millones de venezolanos –refugiados, solicitantes de asilo y migrantes económicos– que huyeron del país, lo que representa uno de los mayores desplazamientos del mundo. La enorme mayoría se instaló en países de América Latina y del Caribe, y generaron una situación humanitaria desafiante para toda la región.
Venezuela tiene una población de aproximadamente 28 millones de personas. ¿El derrocamiento de Maduro y los enfrentamientos entre sus partidarios y sus opositores exacerbarán el problema de los refugiados aún más, y eso desestabilizará a más países de América Latina?
Malas noticias para Ucrania y Taiwán
Otra pregunta: ¿Qué piensan los líderes de otros países clave como Xi Jinping en China, Vladimir Putin en Rusia, Volodimir Zelensky en Ucrania y Lai Ching-te en Taiwán?
El Departamento de Justicia dijo que acusó al líder de Venezuela por delitos de narcotráfico, y luego fue y lo atrapó en su propia capital. Cuando la OTAN derrocó a Khadafi en Libia, obtuvo primero una resolución de la ONU. China bien podría utilizar esta acción estadounidense como otro precedente para justificar el derrocamiento del gobierno de Taiwán en el momento que más le convenga.
Probablemente, China también celebra el hecho de que Estados Unidos esté más preocupado que nunca con su propio hemisferio y tenga mucho menos tiempo y energía para refrenar las ofensivas regionales de China. Otro factor para tener en mente: la mayoría del petróleo venezolano se exporta a China.
Putin, por su parte, seguramente piensa que si el gobierno de Trump queda atrapado intentando manejar la situación post–Maduro en Venezuela, tendrá aún menos tiempo, energía y recursos para dedicarle a Ucrania. Por supuesto que esto es motivo de preocupación para Zelensky.
El equipo de seguridad nacional de Trump es una mezcla rara de cuentapropistas como Steve Witkoff, que tiene experiencia en el sector inmobiliario, y de inexpertos como el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y Marco Rubio, que ahora funge como secretario de Estado y asesor de seguridad nacional. Con los procesos de paz en Ucrania y en Gaza con muchas aristas aún por resolver, ¿con cuántas pelotas puede hacer malabares esta tripulación cuya única manera de encarar los asuntos es la improvisación del “esperar a ver qué tuitea primero el presidente Trump”?
Por último, el 12 de febrero de 2003, casi un mes antes de que el gobierno de Bush invadiera Irak, escribí esto en una columna: “La primera regla de cualquier invasión a Irak es la que rige en los bazares: el que rompe, paga. Rompemos Irak, pagamos Irak, y tenemos la responsabilidad primordial de reconstruir un país de 23 millones de personas que tiene más elementos en común con Yugoslavia que con cualquier otro país árabe”.
El entonces secretario de Estado, Colin Powell, dijo que adoptó mi expresión al momento de presentarle las opciones de guerra en Irak al presidente George W. Bush.
Hoy resulta difícil no volver a esa vieja formulación. El gobierno de Trump quebró el liderazgo en Venezuela. Ahora Trump es responsable de lo que ocurra de acá en adelante. Si propicia un gobierno nuevo y mejor para el pueblo de Venezuela, perfecto. Trump será recordado por poner en marcha ese proceso.
Pero si propicia que Venezuela se convierta en un hervidero aún mayor de inestabilidad, Trump, a quien le gusta ponerle su nombre a todo, dejará su nombre grabado en esa inestabilidad durante mucho tiempo. Como dije antes en el caso de Obama en Libia, por el bien de todos, por favor, que mi presidente tenga suerte.
Me gusta lo que expresó en un ensayo Quico Toro, el fundador del sitio web Caracas Chronicles, a quien la dictadura venezolana lo obligó a exiliarse. “Donald Trump y Marco Rubio hoy van a dar una vuelta olímpica. Se lo merecen”, escribió. “Le asestaron un golpe enorme a un régimen auténticamente malvado. Pero no lo derrocaron. El chavismo sigue controlando gran parte de Venezuela.”
“En todo el mundo, los venezolanos están celebrando la caída de un tirano despiadado”, agregó Toro. “Pero si el régimen logra campear esta tormenta, no vamos a celebrar mucho tiempo”.
(Traducción de Ignacio Mackinze)
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