Hasta los ultraderechistas de otros países están hartos de las intromisiones de Trump
Una encuesta realizada por Politico en diciembre reveló que en Francia y Alemania solo un tercio de los partidarios de la derecha tiene una opinión favorable del jefe de la Casa Blanca
7 minutos de lectura'

WASHINGTON.– El presidente Donald Trump basurea diariamente tantas normas que muchas veces pasamos por alto lo lejos que llegan sus excentricidades.
Tomemos por ejemplo su costumbre de apoyar formalmente a candidatos presidenciales de otros países. Ya lo hicieron ocasionalmente presidentes anteriores, y por lo general se arrepintieron: Bill Clinton apoyó al ruso Boris Yeltsin en las elecciones de 1996, y Barack Obama criticó al primer ministro Benjamin Netanyahu en las elecciones de 2015 en Israel.

Pero rara vez, o más bien ninguna, un presidente de Estados Unidos se metió tan desvergonzadamente como Trump en la política interna de otros países.
A principios de este mes, Trump le ofreció su “completo y total respaldo” tanto al primer ministro japonés, Sanae Takaichi (“una líder fuerte, poderosa y sabia”) como al húngaro Viktor Orban, también “un líder verdaderamente fuerte y poderoso” (¿aunque tal vez no tan sabio?).
Y en sentido contrario, Trump les exigió los legisladores iraquíes que no elijan como primer ministro a Nouri al-Maliki, un candidato considerado cercano a Irán.
El año pasado, Trump respaldó a Nasry Asfura en las elecciones presidenciales de Honduras y a Javier Milei en las de Argentina. Y en el caso de Argentina, Trump dejó claro que Argentina recibiría un rescate de 20.000 millones de dólares solo si ganaba Milei.

Entre los líderes extranjeros que también recibieron la bendición electoral de Trump se cuentan en brasileño Jair Bolsonaro, el británico Boris Johnson, Karol Nawrocki en Polonia y Giuseppe Conte en Italia.
En el caso de Bolsonaro y Netanyahu, Trump llegó al extremo de presionar a sus países para que pongan fin a los procesos judiciales contra ambos: Bolsonaro fue condenado por incitar a un golpe de Estado y Netanyahu está siendo juzgado por presunta corrupción. En un fallido intento de obligar al Poder Judicial de Brasil a liberar a Bolsonaro, Trump llegó a imponerle aranceles del 50% a las exportaciones brasileras que ingresan a Estados Unidos.
Trump podría sentirse satisfecho: con excepción de Conte y Bolsonaro, muchos de los líderes a los que apoyó ganaron, aunque no hay certeza de que su apoyo haya tenido que ver con eso.

¿Y cuál es el problema? Para empezar, estos respaldos formales reflejan la desafortunada costumbre de Trump de personalizar las relaciones con otros países: premia a los líderes que le gustan y castiga a los que no le gustan. El año pasado, por ejemplo, se jactó de haberle subido los aranceles a Suiza porque “no me gusta mucho cómo nos habló”, en referencia a la entonces presidenta de ese país, Karin Keller-Sutter.
Esa no es una razón válida para hacer subir el precio de los productos suizos que pagan los consumidores norteamericanos. Después, cuando asumió el cargo un nuevo presidente suizo, Trump bajó los aranceles.
Naturalmente, los líderes que más le gustan a Trump son aquellos que más lo adulan y lo imitan: a Bolsonaro lo llamaba “el Trump tropical” y a Johnson “el Trump británico”. Pero los líderes que le gustan a Trump no son necesariamente los que gobiernan a favor de los intereses de Estados Unidos.
Orban, por ejemplo, no solo es un líder autoritario: también es cercano a Rusia y China, y hostil a Ucrania. A la alianza occidental le vendría bien una derrota de Orban en las elecciones de abril. El problema es que Trump persigue su agenda política personal, no la agenda de Estados Unidos tal como tradicionalmente la entendieron los presidentes de ambos partidos.
Al alinear a Estados Unidos con líderes individuales, Trump también corre el riesgo de ganarse el odio de la oposición política de sus países, y terminar provocando la reacción adversa.
El año pasado, Trump quiso respaldar al líder del Partido Conservador, Pierre Poilievre, con una extraña publicación en las redes sociales donde insinuaba que Poilievre —a quien no mencionó por su nombre— ayudaría a Canadá a convertirse en el estado número 51 de Estados Unidos, y que por lo tanto ya no tendría que pagar aranceles.
Consternado, Poilievre le respondió a Trump que “no se meta en nuestras elecciones”, pero el daño ya estaba hecho: ganó por arrasadora mayoría Mark Carney, líder del Partido Liberal.
Ahora Trump está provocando una reacción adversa similar en Europa, donde se ha vuelto tóxico, con sus aranceles, sus ataques a las regulaciones digitales y las políticas de inmigración europeas, su voracidad por Groenlandia y sus insultos a los soldados europeos que supuestamente eluden entrar en combate en Afganistán.
Una encuesta publicada el mes pasado por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores reveló que actualmente solo el 16% de los europeos considera a Estados Unidos como un aliado.
En Dinamarca, el 84% tiene una opinión desfavorable de Estados Unidos, y en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán, el vicepresidente norteamericano J. D. Vance fue abucheado por la gente, a pesar de que la primera ministra de Italia tiene afinidad con Trump.
Para Trump es un problema, porque todo su equipo parece ávido de promover a los movimientos de ultraderecha de Europa. Fue primicia de The Financial Times: el Departamento de Estado norteamericano está planeando financiar think-tanks y agrupaciones políticas de derecha en Europa con el pretexto de promover la “libertad de expresión”.
Y esto, por supuesto, poco después de que el Departamento de Justicia de Trump intentara acusar a seis miembros del Congreso por ejercer su derecho a la libertad de expresión.
Sin duda algunas agrupaciones europeas estarán encantadas de recibir financiación de Estados Unidos, pero es poco probable que a la extrema derecha europea la beneficie quedar pegada a un presidente norteamericano tan ampliamente denostado. Una encuesta realizada por Politico en diciembre reveló que en Francia y Alemania solo un tercio de los partidarios de la derecha tiene una opinión favorable de Trump.

Por eso no es extraño que los líderes de la extrema derecha de Europa denunciaran el intento de Trump de tomar Groenlandia y buscaran distanciarse del norteamericano.
Tino Chrupalla, de Alternativa para Alemania (AfD), criticó los “métodos del Salvaje Oeste” de Trump; el francés Jordan Bardella, de Agrupación Nacional, denunció “las inadmisibles amenazas de Trump contra la soberanía de un Estado”; y el británico Nigel Farage, de Reform UK, calificó las amenazas arancelarias de Trump como “un acto de fuerte hostilidad”.
Son los políticos europeos de los que se espera más alineamiento con Trump, pero no quieren ser vistos como marionetas de un norteamericano.
Un presidente que defiende celosamente la soberanía de Estados Unidos debería mostrar más respeto por la soberanía de otros países.

Trump debería dejar de tratar las elecciones que se celebran en otros países como si fueran las primarias del Partido Republicano, donde puede dictar el resultado, por lo general en detrimento de las chances de su partido en las elecciones generales…
Y haría bien en recordar aquella máxima atemporal de Lord Palmerston: “No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Solo nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber perseguirlos”.
Traducción de Jaime Arrambide
Otras noticias de Donald Trump
Cambio de paradigma. Nueva pirámide nutricional: por qué hubo cambios y qué alimentos hay que priorizar, según la nueva guía
“Su éxito es nuestro éxito”. EE.UU. oficializó su total respaldo al líder más desafiante de la UE durante una visita de alto voltaje
Tensión política. La tajante respuesta de Obama a Trump por el polémico video que sacudió las redes sociales
- 1
Protesta en la Sorbona por Quentin, el joven militante de ultraderecha que murió tras una golpiza en Lyon
- 2
Zelensky exige a Estados Unidos una garantía de seguridad por 20 años como condición para firmar la paz con Rusia
3Robaron millones en un banco en Alemania y nadie se dio cuenta: por qué todavía no atraparon a los ladrones
- 4
Cómo la Iglesia Ortodoxa se convirtió en una herramienta clave de Moscú en África







