Historias de venenos y pánico a la carta
El uso de armas biológicas es antiguo
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Afganistán queda lejos... Pero qué bien funciona el correo. Mientras los bombardeos en Kabul parecen tan distantes como la Estación Espacial Internacional (ISS,) todo el mundo tiene la sensación de que la muerte que viene en sobres podría golpear en cualquier momento a la puerta de su casa.
Muestrario siniestro de opciones, el de esta guerra marcada por el terrorismo en su versión bio , que no es vida sino muerte, ofrece cartas con polvos blancos -puerta a puerta, las 24 horas- en las editoriales, las cadenas de televisión, las empresas de informática, el Capitolio o el mismísimo cuartel central de la ISS, en la NASA. ¿Un hecho novedoso? No tanto. El empleo de agentes químicos y biológicos como armas letales ha existido desde que la evolución nos paró, erguidos, sobre nuestras dos piernas. Para decirlo de otro modo: hace mucho que las 23 mil veces que un ser un humano respira diariamente constituyen un forma mediante la que se puede apuntar con esporas, gases y todo tipo de venenos. De eso se trató, de eso se trata: de envenenar, intoxicar, enfermar o matar al enemigo.
En cualquier guerra
Cuando el agente de Scotland Yard entró en el hospital, Georgi Markov no dudó: "Me envenenaron. El hombre del paraguas debe ser el asesino". Ocurrió en Londres, en el puente de Waterloo: Markov, escritor y periodista, disidente del Partido Comunista de Bulgaria, su país natal, iba rumbo a su trabajo en la BBC. Sintió, de repente, un fuerte dolor en la pierna derecha. Giró, por instinto, la cabeza hacia la izquierda: un hombre, paraguas en mano (¿un agente del servicio de inteligencia ruso?), escapaba en un taxi. Ricina fue el nombre de la sustancia neurotóxica que cargaba la bala de platino hallada en el muslo durante la autopsia. Markov murió el 11 de septiembre de 1978.
¿Once de septiembre? Fecha fatídica para los tiempos que corren. Aunque, rebobinando un poco, se puede constatar que en la Guerra Fría, o en cualquier otra, las armas químicas y las biológicas abrieron en la historia un abanico de posibilidades tan macabras como la guerra misma.
Pasen y vean el arsenal que se imprimió en los libros: las puntas de flechas y jabalinas de las tribus primitivas, con hendiduras capaces de albergar temibles sustancias venenosas; los cadáveres putrefactos que los romanos arrojaban en fosas en las que se toparían sus enemigos; los muertos por la peste que los tártaros, al mando de Djanisberg, catapultaron frente a las murallas de Kaffa, en 1346. Pasen y vean las serpientes venenosas con las que el cartaginés Aníbal amedrentó a los barcos enemigos, las frazadas infectadas con viruela que enviaron los británicos a las tribus de los Estados Unidos, en el siglo XVIII. Y no olviden el más difundido aunque no menos siniestro capítulo de los gases (cloro, mostaza), que diezmaron tropas durante la Primera Guerra Mundial, que usó Irak contra Irán (igual que el sarín). Y el agente naranja que llovió sobre Vietnam.
Ni a Pasteur ni a Koch, que lo estudiaron en profundidad, el ántrax que ahora viene en sobres los tomó por sorpresa. La enfermedad, mucho más antigua que ellos, ya asustaba por su peligrosidad a los antiguos. Pero ahora que llegó hasta el Capitolio y las oficinas ministeriales norteamericanas, el bacilo evoca el matrimonio que, con altibajos, unió los tóxicos y el poder político en las diferentes épocas. Las tazas con cianuro estuvieron de moda en la Edad Media. Y original fue el veneno de sapo en una copa de alcohol que, según los historiadores y William Shakespeare en "El Rey Juan", mató a Juan de Inglaterra, a comienzos del siglo XIII. ¿Y el arsénico en los cabellos de Napoleón? Nadie pudo afirmar cómo murió finalmente Bonaparte, pero la duda sigue en pie.
¿Qué cambió en estos días? En principio, los que envían el servicio puerta a puerta tienen preferencia por las armas biológicas, las más idóneas para causar un pánico que no resiste ni el más best de los best sellers de autoayuda. El envenenador, por llamarlo de algún modo, no respeta los códigos tradicionales de la guerra. Emplea el costado más ilógico y desconcertante de la lógica. No tiene cara ni apellido. No se llama ni Borgia ni Médicis, ni tiene un lugar en el renglón en el que se inscribieron los envenenadores más hábiles de la historia. Sin embargo, no parece amateur , como Mary Mallon -Mary Tifus-, una cocinera portadora de la fiebre tifoidea que contagió, por gusto, a centenares de americanos en el inicio del siglo XX.
Afganistán queda lejos. Pero qué bien andan, de la mano, el correo y el pánico. Mientras tanto, la frase de Saint-Exupéry se sostiene en extraordinaria vigencia: "La guerra es una enfermedad como el tifus". Es que, desde el desmoronamiento del pequeño mundo que una vez se llamó World Trade Center, el mundo grande tambalea (más que girar) sobre su eje. Como la Convención de Armas Biológicas de 1972. Sin paraguas ni ricina, el 11 de septiembre último anunció esta lluvia de sobres que ahora tiene al mundo en vilo. Lo que la mayoría no quiere -en Afganistán, aquí, en todas partes- es que el cartero llame más veces.
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