Menos impacto global de lo que parece

Ian Bremmer
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6 de noviembre de 2014  

Los norteamericanos volvieron a votar por un cambio en Washington y la oposición republicana ganó el control de ambas cámaras en el Congreso. Ahora que la atención se volcará a la carrera presidencial de 2016, es tiempo de pensar a fondo cuáles serán las implicancias de todo esto para el rol de Estados Unidos en el mundo.

En materia de política exterior, Barack Obama ha demostrado ser un presidente con aversión por los riesgos. Algunos celebran su cautela como una sabia rectificación de los excesos de la "guerra global contra el terror" de George W. Bush. Otros advierten que la reticencia a la confrontación de Obama ha hecho del mundo un lugar más peligroso. Tras casi seis años en la Casa Blanca, Obama sabe bien que, haga lo que haga, siempre habrá alguien enojado con el presidente de Estados Unidos.

Tampoco es que Obama haya rehuido de todos los conflictos. Antes de comenzar el retiro final de Afganistán, ordenó el envío de más tropas norteamericanas. Aprobó la participación de Estados Unidos en el ataque multinacional que terminó con la vida de Muammar Khadafy. Fue terminante respecto de la intervención rusa en Ucrania y les impuso sanciones a los bancos, compañías energéticas y armamentísticas rusas. Ordenó el bombardeo de las milicias islamistas en Irak y Siria. Durante su gestión, la Agencia Nacional de Seguridad se dedicó a espiar a amigos, enemigos y, supuestamente, también a miembros del Congreso. Y los drones siguen arrojando bombas sobre el territorio de otros países.

Así y todo, Obama es mucho más conocido por su reticencia a pagar mayores costos y correr mayores riesgos en el exterior. Incluso antes de ser presidente dejó en claro sus intenciones de poner fin no sólo a las guerras de Irak y Afganistán, sino también de evitar iniciar guerras. "No hay que hacer nada estúpido", les dijo a los periodistas que le pidieron que explicara su doctrina de política exterior. Nada de ataques sobre la Siria de Bashar al-Assad, ni de tropas en Ucrania, ni tampoco tropas en Irak, sin importar lo que haga Estado Islámico. Obama no es un "halcón" ni tiene intenciones de serlo.

Ahora que arranca la larga carrera hasta 2016, el mundo bien podría preguntarse: ¿cómo conducirá la política exterior norteamericana el próximo presidente? Tras haber sido la primera secretaria de Estado de Obama, ¿una eventual presidencia de Hillary Clinton continuaría con este rumbo tan cauto? Si Jeb Bush fuera presidente, ¿retomaría las grandes ambiciones del enfoque neoconservador de su hermano? ¿Algún otro candidato podría introducir un elemento de cambio completamente nuevo?

Es improbable que el próximo presidente norteamericano, sea demócrata o republicano, se aparte demasiado del actual rumbo, y las principales razones son dos. Primero, porque a pesar de que todos los candidatos presidenciales serios tendrán un discurso duro para impresionar a los votantes, todos ellos son conscientes de que las principales preocupaciones de los norteamericanos siguen siendo casi exclusivamente las cuestiones de política interna y la recuperación de la economía del país. Un sondeo realizado a fines del año pasado por Pew Research reveló que por primera vez en los 50 años que esa encuestadora formula la pregunta la mayoría de los norteamericanos encuestados respondió que "internacionalmente Estados Unidos debería ocuparse de sus propios asuntos y dejar que los demás países se arreglen lo mejor que puedan por sí solos". Apenas el 38% no estuvo de acuerdo. Es un vuelco de 2 dígitos respecto del promedio histórico. El 80% concordó en que Estados Unidos "no debería pensar tanto en términos internacionales, sino concentrarse más en los problemas nacionales". Ningún presidente puede sostener una política exterior costosa y ambiciosa sin contar con un sustancial apoyo popular. En Estados Unidos, ese apoyo ya no existe, y tampoco es probable que se repita, salvo que se produzca una nuevo atentado terrorista de envergadura.

En segundo lugar, más allá de lo que digan los candidatos, ambos partidos reconocen que no hay soluciones fáciles para los problemas internacionales complejos de la actualidad. Rusia no puede forzar a Ucrania a permanecer para siempre bajo la órbita de Moscú. Pero ninguna potencia, ni la mayor superpotencia del mundo, puede forzar a los rusos a dejar de intentarlo. Las sanciones tienen la capacidad de infligir daño a largo plazo, pero no cambiarán la mentalidad del Vladimir Putin.

Las milicias de Estado Islámico seguirán sembrando el caos en Irak y Siria. No tienen poder suficiente para amenazar al gobierno central de esos países ni para desalojar a los kurdos. Sin embargo, Washington tampoco puede derrotar definitivamente a EI sin volver a enviar soldados norteamericanos a territorio iraquí. Sin un ataque terrorista de envergadura de EI en suelo norteamericano, el próximo presidente, demócrata o republicano, no podrá pedirle a su pueblo que apoye una nueva guerra en Irak.

Tampoco es probable que al próximo presidente le parezca sabio encarar una guerra política y económica con China en apoyo de los manifestantes prodemocráticos de Hong Kong o de cualquier otra parte. Lo máximo que hará el próximo presidente será provocar a Pekín apoyando el Acuerdo Comercial Transpacífico.

Cuando salga a escena el nuevo elenco de candidatos a la presidencia de Estados Unidos, cabe esperar un endurecimiento del discurso en materia de política exterior. Pero no hay que dejarse engañar. Durante varios años más, Washington seguirá mayormente al margen de los conflictos más costosos y riesgosos del mundo.

Traducción de Jaime Arrambide

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