Un líder global, a fuerza de coraje y humildad

Fabián Perechodnik
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13 de marzo de 2014  

Hoy se conmemora el primer aniversario del inicio del pontificado del papa Francisco. Su liderazgo y estilo de conducción genera cotidianamente admiración y respeto en el mundo entero. En estos doce meses, la Iglesia Católica, rica en rígidos dogmas y milenarias tradiciones, se ha visto embarcada en un valiente proceso de aggiornamento y contemporización que busca acercar la jerarquía de la Iglesia a la feligresía. "Una Iglesia pobre y para los pobres", como propuso el Santo Padre en el inicio de su pontificado.

Mientras tanto, la Argentina también ha sido participe de la revolución de Francisco. La ascensión del arzobispo de Buenos Aires al trono de San Pedro posicionó al país como un centro de interés para los principales medios del mundo. Por primera vez en mucho tiempo, la Argentina ocupó las tapas de los diarios de los cinco continentes con una noticia positiva, la ascensión del primer papa jesuita, argentino y latinoamericano.

Inevitablemente, el papado de Francisco cambió aspectos esenciales de la dinámica política de nuestro país. Sin proponérselo, Francisco constituye un llamado a la moderación en una dirigencia siempre propensa a la exacerbación y el conflicto. La presidenta Cristina Kirchner fue, tal vez, la primera en comprenderlo cuando en pocas horas inició la metamorfosis que transformó el frío y distante contacto que mantenía con el cardenal Bergoglio en una relación cálida y mutuamente correspondida con el papa Francisco.

El pragmatismo de Cristina Kirchner cundió también en otros dirigentes del amplio espectro político. Todos ellos emprendieron o planificaron una peregrinación a Roma. Es que, más allá de la cuestión espiritual, la visita al Santo Padre constituye un hecho valioso por sí mismo, que dota de gravitación política a quien lo realiza.

Además, la difundida creencia de que Francisco monitorea permanentemente la escena nacional ha contribuido a maximizar su figura como elemento ordenador de la política vernácula. Lo cierto es que pensar que el Papa tiene puesta su atención cotidiana sobre la Argentina es desconocer la importancia de la misión de Francisco como cabeza de una Iglesia de más de 1200 millones de católicos en el mundo y como uno de los líderes globales más importantes de nuestro tiempo.

Aunque afecte nuestro ego, Francisco ha dejado de ser el papa argentino para ser el papa del mundo. Como consuelo, podemos observar cómo su figura se yergue entre la de los grandes líderes de este tiempo a fuerza de energía, coraje y humildad. Nosotros rezamos por él, confiamos en que él siga rezando por nosotros.

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