Mientras planea una novela y mantiene su ciclo radial tras 26 años, Dolina vuelve a la tele abierta con Recordando el Show de Alejandro Molina, un falso documental sobre un programa y un conductor que jamás existieron
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"Primero pensamos en hacer un programa. ¿Cómo sería? Viene un tipo, charla, tocamos unas canciones. Fenómeno, pero no alcanzaba", dice Alejandro Dolina. Su vuelta a la pantalla (tras las experiencias con La barra de Dolina y El bar del Infierno) pintaba ser la lectura televisiva de lo que ya viene haciendo con esmeros sustantivos en las trasnoches de radio desde hace 26 años. La aparición del director Juan José Campanella cerró el círculo: su presencia multiplicó recursos y abrió el juego, se inspiraron nuevas ideas y las mejores de ellas fueron a parar a Recordando el show de Alejandro Molina, una ficción construida con códigos del género documental. En este caso, del falso documental: se evoca con imágenes de archivo y una cohorte de testimonios ad hoc sobre un programa que jamás salió, conducido por un tipo que nunca existió y, aun así, desaparece un buen día dejando para siempre el enigma de su inexplicable ausencia.
El ciclo (de trece capítulos emitidos el semestre pasado en Canal Encuentro con un elenco que incluye a Gillespi, Eduardo Blanco, Elizabeth Vernaci, Gabriel Goity y Marcos Mundstock, entre tantos otros) salta a la pantalla abierta los sábados a las 21.30 por la TV Pública, con la franca intención de grabar una segunda temporada para el año próximo. "La idea se le ocurrió a mi hijo Martín, que trabaja conmigo, al igual que Alejandro", señala Dolina padre. "Más que hacer un programa, acá se recuerda a uno, de modo que no tenemos que hacerlo entero sino que podemos mostrarlo de manera fragmentaria. Pero la recordación no es exacta, sino tendenciosa, entonces el juego tiene algún interés mayor que el que tendría si hiciéramos una charla y bailáramos".
Así como Gastón Pauls usó a Juan Perugia para narrar su propia historia contrafáctica suponiendo lo que hubiese pasado si no progresaba más allá de Montaña rusa (o La vida es un juego), Alejandro Dolina proyecta en Alejandro Molina sus múltiples entendimientos como actor, libretista, músico, compositor, dramaturgo y humorista. Y, como en sus cuentos y soliloquios, va dejando a su paso pistas y guiños que el espectador asumirá con la complicidad que le venga en gracia. Así, sus entregas pueden ser un paso de comedia cínico y absurdo capaz de inspirar no más que risas efímeras, o bien un viaje por los confines de la condición humana a través de la ausencia de Alejandro Molina, como en otros tiempos y espacios lo fueron las frustraciones de Manuel Mandeb en las Crónicas del Angel Gris o los tangos del Sordo Gancé en La Venganza Será Terrible.
¿El humor es la mejor herramienta para hablar en serio?
Debe de serlo y tiene que serlo. Si uno escribe una novela de 200 páginas para meter tres chistes, estás haciendo un mal negocio. Es mejor que aparezcan cuando son inevitables, aunque usar la palabra "chiste" es tendencioso, porque es la más humilde de las flores del humor.
En Recordando... referís varias veces a la cultura china, algo que ya habías hecho en tu último libro, El Bar del Infierno. ¿De dónde viene eso?
De un encuentro casual. Hace unos años cayeron en mis manos algunos libritos, digamos, chinescos. Es decir, que probablemente me hayan aportado conocimientos falsos. Se sabe que Occidente gesta una especie de ficcionalidad china a que podríamos llamar "chinesca". Entonces, aparecen libros acerca de distintas doctrinas de China, o de la India, como el Budismo, el Taoísmo o el Zen, y también acerca de la historia china y de sus distintas dinastías. Recibí mucho material, y uno suele tentarse con eso: lee un buen libro acerca del asunto, después busca otros, y se genera una especie de erudición. Como esos charcos que quedan después de la lluvia, yo quedé un poco inundado.
Estás preparando tu primera novela después de haber publicado tres libros de cuentos y uno con tu opereta musical. ¿Era una deuda?
Sí, claro. El cuento es más hospitalario, tiene un carácter acumulativo y admite una angulación yuxtapuesta de cosas que se van juntando. La novela requiere otras pertinencias y es más rigurosa: uno va construyendo una estructura lógica asumiendo el riesgo de llegar a la mitad del trabajo y verificar que esa estructura tambalea. Es imposible saberlo de entrada, motivo por el cual uno padece el temor supernumerario de que la idea, en un momento, no tenga la suficiente fuerza y entonces deban hacerse modificaciones drásticas... Tenía una idea en la cabeza que iba a ser mucho más efectiva como novela, y quería ver qué sucedía con eso. Aunque, de todos modos, siempre es posible una revelación negativa que nos diga: "esto no sirve para nada".
¿En cuál de todas tus expresiones te sentís, justamente, mejor expresado?
Creo que en la escritura de cuentos, o de textos breves, porque no siempre son cuentos sino, a veces, ensayos de ficción. Lo que fuere, es el formato en el que me manejo con mayores comodidades, aunque también creo que yo estoy cambiando como artista. Pero no es una transformación drástica y milagrosa como la de un sapo que se convierte en príncipe. Por ahí, he adquirido destrezas nuevas y me he ido olvidando de otras viejas, entonces estoy asomándome a nuevas maneras de trabajar que me gusten más que el cuento, aunque quizás no las domine tanto. Recordando... es una forma de presentar situaciones a veces humorísticas, a veces de perplejidad, sin ser del todo ficcional ni del todo realista, y esa búsqueda me gusta mucho.
¿Qué escuchás, como músico y compositor?
Música clásica, porque he estudiado música y me gusta. También jazz norteamericano, bastante, y no tanto canciones criollas. De tango, poco; no me interesa tanto como se dice, aunque sea un hombre tanguero y conozca todos los tangos del mundo. Del rock, tengo gustos demasiado clásicos y, a esta altura del partido, demasiado antiguos, podría decirse: Beatles, Rolling Stones, Queen. No tengo una actividad de rastreo como probablemente hagan muchos los muchachones que sienten propias aquellas cosas que ellos mismos encontraron. Siempre es elegante tener un cantor que uno haya encontrado por su cuenta. Qué piola, los Rolling le gustan a todos. Aunque en otros géneros me ha sucedido, es una deuda que tengo con el rock.
Últimamente te reconociste sorprendido por el interés de los jóvenes en las discusiones políticas...
Se discute de política porque hay política, en el sentido de que ya no sucede lo que años atrás, cuando se valoraba el carácter administrativo de una gestión por encima del político. Entonces, aparecen jóvenes en edad del pensamiento propio, si es que hay una edad para ello, y toman partido. Hace doce años, los jóvenes no se interesaban en la política sino en ver a qué país del mundo se podían ir a vivir. O, si ya eras próspero aquí, evaluar qué cosa te ibas a comprar. Que suceda esto me parece una gran noticia, aunque también es cierto que los jóvenes hacen patente esa participación porque son los que más se hacen notar. Me dicen que son ellos los que más nos escuchan en radio, y quienes sino ellos irían a irnos a ver al teatro a las 12 de la noche.
El recuerdo del barrio de la niñez, la barra de la juventud, la primera novia y los sueños inconclusos componen un elemento fuerte de todas tus obras. ¿Reconocés esas nostalgias como propias?
Sinceramente, no tengo nostalgias. Creo que esos elementos están en los libros solamente para denotar el paso del tiempo, que es una desgracia, desde luego. Hay dos cosas en los ejercicios nostálgicos. Primero, un elemento de cinismo. Siempre, aún en la página más nostálgica, hay algo un poco desviado, una sombra un poco sesgada que hace no tomarla del todo en serio. Pero hay algo más importante, y es ahí donde creo que estoy cambiando: los ejercicios nostálgicos se muestran cada vez con menos fe en el pasado. En el Noh, que es una forma de teatro japonesa, no hay luces, o muy pocas. Los actores tienen un farol, o quizás un farolero que los sigue para iluminarlos. A mí me gustaría tener llevar el farol conmigo. Hay gente que lo instala en un año de su vida, por ejemplo, cuando cumplió 18, y esa luz ilumina el resto su existencia. El tipo va creciendo y dice: "¡Ah, cuando yo era estudiante!". Se le hace una vida de sombras largas. Yo prefiero llevarlo en la mano y alumbrarme en el presente.
Por Juan Ignacio Provéndola
Recordando el show de Alejandro Molina - Primer programa
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