Babasónicos
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Más preciso y voraz que nunca, el sexteto dinámico redobla la carga de épica y melodrama.
Llega el día en que uno se enfrenta a un nuevo disco de Babasónicos y, en lugar de buscar sorpresas, reclama voracidad. Aventuras, estribillos, melodrama, arrogancia, swing, histeria masculina, manifiestos encubiertos, insidiosa música disco, chucherías de un anticuario futurista. Y entonces uno se topa con su propia glotonería: como si el veneno y la miel segregados en Infame (2003) hubieran sido sólo el comienzo, en vez de un punto de no retorno. Ese álbum engreído, esa maliciosa soap opera rock que doblaba la apuesta popular de su antecesor ( Jessico, 2001), se nos revela en Anoche como una especie de diagrama, la evolución de una fórmula plástica e implacable.
La fórmula (término casi siempre vapuleado por la crítica de arte, muchas veces de manera irreflexiva) funciona en este caso como un elogio del cálculo y la precisión: las diferentes partes de Babasónicos se frotan en un vértigo calibrado, y en ese derrame todo termina por ensamblar a gran velocidad. "Así se habla", el tema que inaugura el disco, es una especie de "Atomicum" con más ínfulas épicas. Desde ese primer estribillo ("Va- mos, quiero una explica- ción "), Dárgelos demuestra mucha sagacidad para diseñar armonías de voz y poner el acento en la sílaba exacta. "Carismático", el primer corte, empieza con una progresión electro y un vocoder, sigue con una melodía dulce y desemboca en un leitmotiv ("algunas noches soy fácil/ uh-oh-ooh, uh-oh-ooh/ no acato límites") que traspasa la canción y se replica en el siguiente track a modo de estribillo ("Yegua"). Los soplos sixties se esparcen por "Un flash" (con guitarras acústicas y un tratamiento casi de grupo vocal) y "Capricho", una balada pastoral que parece interceptar a los Hollies en el camino del standard "Raindrops Keep Falling on My Head".
Menos sentenciosas que en Jessico e Infame, las letras mezclan tantos elementos como las secuencias instrumentales. Dárgelos parece haber cirujeado en los contenedores de la trastienda del viejo Canal 7 y en bellezas mitológicas de la literatura fantástica, para resumirlo todo en líneas sintéticas y voladas. En la breve fábula alt-folk "Pobre duende" subyace una declaración sobre las posibilidades exploratorias del rock en el corazón de un "medio conservador". "Lo han destrozado, lo han convertido en una estampa estúpida de sumisión", canta sobre un diminuto héroe caído, así como Morrissey le cantaba al cadáver de una estrella de rock en "Paint a Vulgar Picture".
"Puesto" parece remitir a un suntuoso flash de éxtasis. Los teclados y las guitarras gomosas le dan una cadencia serotogénica y burbujeante. Hacia el final, en el pico de un trip lleno de complacencia y hedonismo, el cantante repite "Soy hermoso", y también: "Todo lo que pueda arreglar hoy/ lo dejaré para mañana". Cuando irrumpe la melancolía enardecida de "El colmo" (¿estribillo del año?) con sus fantasías de evasión y su romanticismo galopante, uno siente el impacto físico de toda esa voracidad, la glotonería de una banda que se alimenta de desechos y regurgita canciones de amor, artificio y miseria. Y lo mejor del caso es que nunca consigue saciarse.
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