Bastardos sin gloria es la incursión bélica del aclamado director. Venganza, idiomas y la licencia de alterar la historia real a favor de la ficcón, en un filme imperdible.
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Un nazi cazador de judíos que busca a una familia que estaría oculta en la casa de un campesino, en la Francia de la 2° Guerra Mundial ocupada por los alemanes. También en Francia, un grupo paramilitar dentro de las tropas aliadas, los Bastardos sin gloria, que se dedican a perseguir y matar soldados alemanes. Y un cabo germano que se enamora de la joven dueña de un cine, y que no es correspondido por ser nazi. Esta son las tres historias que se entrelazan, con precisión quirúrgica, en Bastardos sin gloria, la nueva película de Quentin Tarantino.
Retomando el argumento de Kill Bill II, la venganza es uno de los grandes temas del filme, lo mismo que los acostumbrados bretes idiomáticos que propone el director: Bastardos... está hablada en inglés, alemán, francés e italiano, y por momentos todo parece una gran autocita al memorable diálogo del cuarto de libra con queso de McDonald’s en Pulp Fiction. También aparece la cinefilia habitual del director, con referencias a Sergio Leone, Doce del patíbulo y hasta Top Secret!; la cuidada banda de sonido (mucho spaghetti western de la mano de Ennio Morricone y la elección, para nada casual debido a su pasado berlinés, de David Bowie y su "Cat People (Putting Out Fire)"). Y muy buenas actuaciones: algunas de ellas consagratorias (Cristoph Waltz, en el papel de Hans Landa, el coronel nazi caza judíos; Mélanie Laurent, con un rol clave), otras en su muy buen nivel de siempre (Brad Pitt como Aldo "El apache" Raine, el líder de los Bastardos o Diane Kruger, una seductora doble espía) y otras que, lamentablemente, pasan desapercibidas (Mike Myers como un general británico).
Pero otra gran lectura sobre Bastardos... es la de un homenaje al celuloide como modo imbatible de hacer cine, y al poder del séptimo arte a la hora de contar una historia durante un par de horas y que sea historia sea lo único importante que puede pasar en el mundo durante el rato en el que, a oscuras, nos entregamos de cuerpo y mente al "más totalitario de todos los artes" (Jim Morrison dixit). Por eso mismo, Tarantino se toma al final una licencia que en otro cineasta sería condenatoria: altera el curso de la historia real para favorecer su propio relato de ficción. Y, como para afirmar eso, la última frase de la película parece salida de la propia boca del director: "Esta es la mejor de mis obras maestras". Y acá si se puede, por poco, disentir: Bastardos sin gloria no supera a Perros de la calle o a Pulp Fiction, pero si iguala a Kill Bill dentro de su filmografía.
Mirá el trailer de Bastardos sin gloria de Quentin Tarantino
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