El cantautor irlandés se presentó en La Trastienda y brindó un show emotivo y eufórico; crónica y fotos.
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Melancolía. Principalmente melancolía, pero también un montón de otros sentimientos que poco tienen que ver con la tristeza, rigieron el ambiente de La Trastienda mientras Damien Rice y su voz llegaban por primera vez a la Argentina. Aquella voz, que por momentos evoca a los fantasmas de Nick Drake y Jeff Buckley, y que supo hacerse mundialmente reconocida con una única frase. "And so it is…": el comienzo de su canción "The Blower´s Daughter", perteneciente a la banda de sonido de Closer (con Natalie Portman, Jude Law y Julia Roberts, entre otros), sin dudas fue fundamental para que este irlandés, con sólo dos discos en su haber, saltara a la fama y pudiera, hoy, estar encarando este Solo-Mini Tour a través de Latinoamérica. Y también, claro, las inclusiones de otros de sus temas en los soundtracks de series como Lost, House, ER, Bones, etc, etc. Con esa reputación y, como indica el nombre de su gira, completamente solo, Damien llegó a Buenos Aires y agotó entradas para su único show.
Con su guitarra como única compañera, Rice salió a escena para comenzar su repertorio, un recorrido aleatorio a través de algunas de las baladas folkies de sus dos álbumes, O y 9. Así, con "The Professor", "Delicate", "Older Chests" y "9 Crimes", esa nostalgia característica quedó expuesta en su máxima expresión. Pero Rice no quiso ser reiterativo y fue más allá: antes de "Amy", se refirió entre risas a la historia de la canción, ridiculizó la pose de la mayoría de los cantautores para luego cantar "Childish", dio una clase práctica para cambiar una cuerda de guitarra sobre el escenario ("no tengo a nadie que lo haga por mí", aclaró) y respondió, relajadísimo, a los gritos del público como si estuviera dando un concierto en el patio de su casa. Y así quedó demostrado en "Volcano": para este tema (que grabó a dos voces con Lisa Hannigan, ex contraparte vocal y componente esencial de su discografía), Rice invitó a decenas de espectadores e improvisó un gran coro que, dividido en tres, se aventuró a interpretar un espectacular canon.
"Cold Water", "Hallelujah" de su admirado Leonard Cohen y "Cannonball" se sucedieron antes de que Damien saliera de vista para rápidamente regresar, obligado por los aplausos. Y el momento ansiado tuvo lugar: "And so it is…" entonó Rice y sus palabras sonaron como una forma extraña de déjà vu, un instante que busca concientemente ser revivido. Pasó "The Blower´s Daughter", y para "Cheers Darlin´", el último tema del setlist, el irlandés tomó un par de copas de vino (terminaría tomando del pico), se armó y fumó un cigarro y desplegó todo su histrionismo, cantando entre tambaleos e hipos impostados.
Sí, con melancolía, pero también con su increíble potencia vocal y su carismática puesta, Damien desgarró y suturó al mismo tiempo algo invisible dentro de cada persona de la audiencia. Y demostró ser mucho más que una frase.
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