Si bien tiene un impacto menor en los números de la industria, el consumo de discos analógicos –con precios cada vez más altos– es un fenómeno sostenido en el deseo de una experiencia musical sólida en un mundo virtual
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Un disco de vinilo es frágil, caro, difícil de obtener y su portabilidad es igual a cero. Un archivo digital, en cambio, es imperecedero, está siempre disponible, es barato (cuando no gratis), para obtenerlo sólo hay que conectarse a Internet y los dispositivos para reproducirlo son accesibles y 100% móviles. Sin embargo, lo más insólito es que, si imagináramos una batalla actual entre estos dos oponentes tan desparejos, a su modo el vinilo estaría ganando.
En el mercado norteamericano, en el año 2013, la venta de música digital cayó, en promedio, un 8,4%. La caída fue liderada por la venta de CDs que se redujo un 14,5% en relación al año anterior. Esto está lejos de ser una novedad: desde 2006 cada nuevo año se venden menos CDs. La tendencia se debe, en gran parte, a las copias y las descargas ilegales de MP3, pero también a que los formatos digitales compiten entre sí: los servicios de venta de discos virtuales como iTunes le roban compradores al CD, mientras que los sistemas de streaming como Pandora o Spotify le quitan clientes a iTunes (por esta razón Apple lanzó iTunes radio). En este escenario, en el mismo período, las ventas de vinilos subieron un asombroso 35%.
Sin embargo, parafraseando a Mark Twain, hay que decir que las noticias acerca de la resurrección del vinilo han sido exageradas. Es cierto que, presentadas de este modo, las cifras impactan, por eso en la actualidad casi todas las discográficas, incluidas varias argentinas como Sony o DBN, volvieron a editar discos de vinilo, pero cuando se comparan los números concretos queda claro que el vinilo no va a salvar a la industria. En Estados Unidos, durante 2013, se vendieron 165 millones de CDs (57% del total de ventas de discos), 118 millones de álbumes virtuales (41% del total) y 6 millones de vinilos (apenas un 2% del total). La diferencia del vinilo frente a sus rivales es que su estrella está en ascenso: las ventas vienen subiendo de modo sostenido y acumulan un crecimiento del 250% en la última década. Las cifras de crecimiento son tan grandes porque los números de partida son minúsculos. Nadie espera que la caída en las ventas de CDs o de álbumes digitales se vuelque masivamente al vinilo. Seguramente los compradores irán migrando a los nuevos formatos que surjan. En 2013 se vendieron 20 millones de álbumes menos (en formatos digitales), pero la venta de vinilos sólo aumento 1.5 millones. La mayor parte de la gente que dejó de comprar discos ese año fue capturada por los servicios de streaming. Sin embargo, ese crecimiento de un formato tan antiguo y con tantas limitaciones frente a la caída de casi todos lo demás no deja de ser asombroso. ¿Cómo se explica?
El archivo infinito
Es cierto: nunca hubo tantas opciones para escuchar música como en la actualidad; sin embargo, estas nuevas formas son cada vez más efímeras. El disco analógico reinó sin demasiados rivales por 80 años, hasta que fue herido por la llegada del casete y decretado muerto por el CD. El CD nació en 1982 y tres décadas después ya estaba en franca retirada. El MP3 apareció masivamente a finales de los 90 y con poco más de 15 años de vida es puesto en jaque por el streaming. Todos estos datos pueden ser apenas una curiosidad estadística para quien no vive de vender discos. ¿Qué importa si se escucha una canción en una Technics 1200 o en un iPhone? Lo importante es la canción, ¿no? Sin embargo, pareciera que el formato dominante tiene algún efecto sobre nuestra respuesta emocional a las canciones.
Hace casi tres décadas, el filósofo Slavoj Zizek escribió que su compulsión de grabar cientos de películas en (los entonces novedosos) videocasetes hacía que no tuviera que verlas: le alcanzaba con saber que estaban ahí y que podía abocarse a ellas en cualquier otro momento. El resultado del trabajo de grabar cada vez más películas era que veía muchas menos. Este reemplazo de la experiencia por la acumulación se incrementó en varios órdenes de magnitud en la era digital. Como lo que se puede consumir no termina nunca y cada vez se ofrecen más y mejores maneras de hacerlo, la experiencia que promete cada producto suele quedar postergada. La interactividad infinita que promovió en sus inicios la era virtual se volvió interpasividad.
El resultado de esto, en relación con la música, es que bajamos 20 discos en una semana y lo más probable es que escuchemos apenas un par y del resto sólo repasamos los primeros diez o quince segundos de algunos tracks: si ahí no aparece nada que nos atrape inmediatamente, el disco quedará en el rígido hasta que haya que hacer espacio. Nuestro grado de vínculo y compromiso con un MP3 es nulo. Nadie siente que si se baja un MP3 tiene necesariamente que dedicarle un tiempo para escucharlo. El que nos genera un stream musical es todavía menor. ¿Como vincularse emocionalmente con un formato que casi no tiene historia, ni mitología, que no se puede ver ni tocar? La velocidad con la que los formatos quedan perimidos también acelera nuestro desinterés por su contenido. La accesibilidad del álbum digital nos convirtió en víctimas de una especie de síndrome de Diógenes musical: queremos acumular todos los MP3 que podamos, aunque no sepamos bien para qué. Un disco de vinilo, con todas sus "desventajas" (o quizás por ellas), parece tener la capacidad de reconstruir el arrebato que nos solía provocar una canción: nos ofrece un vínculo sólido con una experiencia en un mundo de relaciones virtuales.
El comportamiento más notorio de la tecnología de consumo masivo en lo que va del siglo XXI es su tendencia a la desmaterialización. Los dispositivos tienden a ser cada vez más móviles, más livianos, más delgados, más invisibles y nos conectan con un mundo incorpóreo, virtual: las diferencias entre hardware y software se desvanecen. El atributo correlativo de lo etéreo es la ubicuidad: aquello que no tiene cuerpo puede estar en cualquier parte. Y de esto se trata la descorporización de la tecnología: alcanzar la máxima portabilidad de todo para reducir al mínimo la demora en la satisfacción de lo que queremos. Gracias a un pequeño aparato que nos conecta con la zona fantasma a la que mandamos las cosas (libros, películas, canciones, fotos, dinero, datos privados y buena parte de nuestras relaciones interpersonales), siempre podemos llevar todo encima. Tratamos de convencernos de que cargar con un gigantesco museo flotante que atesora todos los contenidos que vamos acumulando nos hace más móviles, más libres, más independientes. Desde luego, el efecto real es el opuesto: el museo debe ser actualizado todo el tiempo, a expensas de crear necesidades que antes no existían.
En este contexto de deseo manufacturado y colmado inmediatamente para crear uno nuevo, consumir un disco de vinilo es casi un acto de resistencia. No en el sentido de que no sea un consumo superfluo, sino en que el disco de vinilo parece reponer una experiencia que los consumos virtuales no paran de adelgazar. El crítico literario Walter Benjamin detectó, a principios del siglo XX, el modo en que las vivencias efímeras y la reproducción masiva conspiraban para destruir la experiencia real. ¿Qué decir, entonces, de la reproducción infinita y siempre fugaz que caracteriza a la era digital?
Un disco de vinilo, un LP como solían llamarse hace algunos años, es todo lo que un MP3 no es. Un LP es sólido, grande, pesado: no se pueden llevar 500 de un lado a otro. El LP requiere que se le dediquen cuidado y un espacio propio: si bien se puede hacer otra cosa mientras se escucha un vinilo, no se puede ir al gimnasio, andar en colectivo o salir a correr: casi siempre un vinilo demanda atención. Todas estas características, que en el momento del nacimiento del CD fueron vistas como un problema, hoy son los rasgos que le dan densidad a la experiencia de escuchar música en un disco de verdad.
Con un LP la experiencia no termina en la música: empieza ahí. Un disco se escucha pero también se mira y se lee: tiene un arte de tapa y un sobre interno con textos de todo tipo (letras, citas, escritos de los músicos...). Y hay una dimensión clave de la experiencia que ofrece el LP: salir a buscar vinilos es una aventura. Sólo una ínfima parte de los 80 años de historia que tiene la música analógica fue transferida a digital. ¿Quién sabe qué discos hay ahí fuera esperando ser encontrados, qué obras maestras olvidadas, qué canciones maravillosas, qué álbumes nunca reconocidos aguardan ser rescatados en el limbo de una feria americana, un sótano o la caja de un vendedor de un parque?
Un problema del revival del vinilo es que el precio superaccesible al que habían llegado en los 90 ya no existe más: un poco por la oferta y demanda, y mucho por la necesidad genética de la humanidad de separar a los ilusos de su dinero, hoy mucha gente cree erradamente que sus maltratados discos de Julio Iglesias y ABBA valen cientos de pesos. Este es el lado oscuro del renacimiento del LP: contrariamente a lo que sucedió durante los últimos 20 años, recientemente el vinilo se volvió un consumo de elite. A fines de los 80 eran más baratos que los nuevos CD (y luego fueron mucho más baratos), pero hoy un vinilo nuevo es hasta cuatro veces más caro que su par en CD. (Una edición "original" y, en consecuencia, "de colección" puede costar miles de pesos, pero ese es un problema de los coleccionistas.) Un vinilo nuevo no es un ítem de colección pero las discográficas pretenden que sí y, como tal, lo vuelven "exclusivo". Pretenden que sea un consumo aspiracional que otorgue credecial del hipster. Tal vez tengan razón y la inaccesibilidad económica también sea parte de su atractivo.
Como nadie quiere ser tildado de frívolo, el argumento más habitual para explicar el renacimiento del vinilo es que suena mejor. Hay muchas razones para suponer, sin embargo, que el audio digital es más fiel a su fuente. Sin entrar en cuestiones técnicas (como el mayor rango dinámico, la ausencia de fricción y el desgaste entre los materiales, entre otras), hay un argumento bastante obvio contra el disco analógico y es que se trata de una tecnología que data de fines del siglo XIX, mientras que los primeros lanzamientos comerciales de audio digital son de los años 70. Lo que no se puede poner en duda es que el audio analógico suena distinto al digital (se suele decir que es "más cálido") y que mucha gente lo prefiere. El audio digital tiene un estándar muy alto y, por ello, siempre suena más o menos igual: no hay diferencia entre un MP3 reproducido en dos dispositivos diferentes. El vinilo, en cambio, siempre suena distinto: basta cambiar la cápsula de un bandeja para descubrir sonidos que nunca antes se habían escuchado y tener la experiencia de escuchar viejos discos como si se lo hiciera por primera vez. En este sentido, escuchar un vinilo también es una aventura.
Indudablemente, la nostalgia es un factor de la resurrección del vinilo. Para los que tienen más de 35 se trata, también, de recuperar experiencias de la juventud: escuchar los discos de los padres o los propios en el equipo familiar, intercambiar discos con amigos, hacer mixtapes, sentir que un disco es algo que se tiene en la mano. Por esta razón, por moda, porque no valoramos lo que no nos cuesta, porque nos gusta más como suenan o, probablemente, por una combinación de todo esto, lo cierto es que los discos de vinilo están de vuelta y con ellos la experiencia de escuchar música recupera una dimensión que se estaba perdiendo.
Por Hernán Ferreirós
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