César González (Camilo Blajaquis) pone cuerpo y alma para contar su historia y la de los suyos en una película de ficción que reúne talentos villeros y derriba estereotipos burgueses
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Los más prestigiosos directores de mainstream cinematográfico resignarían sus millones y sus estatuillas para lograr lo que César González obtuvo solo por carácter natural: sumergirse en la marginalidad, embarrarse sin ensuciarse, encontrar voces con personalidad (que no es lo mismo que personas con voz) y construir un relato efectivo pero no efectista para, al fin de cuentas, sonar creíble con una película que es la ficción de su vida real, la de su familia, sus vecinos del Barrio Carlos Gardel o la veintena de amigos muertos a los que él le dedica su ópera prima como actor y realizador.
Después de editar dos libros de poesía (La venganza del cordero atado y Crónica de una libertad condicional), la revista Todo piola, conducir el programa Alegría y dignidad por Canal Encuentro y preparar el inminente Corte rancho, César González (también conocido como Camilo Blajaquis) profundiza su carrera cinematográfica tras dirigir tres cortos con su primer largometraje. Diagnóstico Esperanza es un retrato low fi sin efectos especiales ni fuegos de artificios, porque el impacto está al otro lado de la lente. Una sola cámara rodando en la ex villa de Morón y también en Fuerte Apache, usando como decorado la chatarra de la vida real, la basura del capitalismo mezquino que la gran metrópolis arrumba en esos cinturones de la desidia y el olvido. El límite de lo digno y lo correcto es trazado por derechos, aspiraciones y pertenencias burguesas. De la línea para allá, comienza la larga fila de las postergaciones y exclusiones. De merecimientos menospreciados. De premios, castigos, limosnas y clientelismos.
En la película no hay actores que toman clases de expresión corporal en algún taller de Palermo sino personas que hacen de sí mismos frente a cámara. Desde el pequeño Alan, que prefiere un micrófono a un par de zapatillas para ser cantante (algo que ya lo es en la vida real), hasta el propio César, que evoca en escena los berretines que lo llevaron a años de balas y de engome, o su misma madre, recreando una transa (una "arruinaguachos") que baja merca con Novalgina y negocia con la policía libertad para sus negocios a cambio de mano de obra para algún robo patrocinado por la Brigada del lugar. Una mochila con la cara del Che, santuarios del Gauchito Gil y cumbia lumpen tronando en el estéreo de un auto (también se cuelan hiphop y reggae de origen) son algunas de las marcas de identificación que le dan entidad a la voz polifónica pero afinada de un discurso expropiado que César González y su pandilla pretenden recuperar, volver a hacerlo propio y entonarlo a los gritos.
La idea, dice el autor, es evitar la representación bizarra del villero y el estereotipo de clase. La apuesta, entonces, es visibilizar a través de historias mínimas pero cotidianas los discursos eclipsados por el relato naif de Policías en Acción (donde el pobre parece un estúpido que busca peleas con el vecino por problemas de medianeras) o la prédica de los militantes de la mano dura, tales son los atajos más recurridos (y también los más peligrosos) para abordar desde los medios masivos de comunicación la marginalidad. Marginalidad para quien no la habita, claro, pues para los actores no es el más allá eventual sino el más acá cotidiano. Una realidad que no necesita ser conceptualizada, pues simplemente se vive y ya. Entonces se entrecruzan las historias en un nudo común, que a los efectos de la ficción resulta ser la concreción de un gran robo en el que se ven involucrados distintos personajes (un pibe que sale de la cárcel, un policía, un cacerolero que entrega a su cuñado, y así) quienes no aparecen con las manos en la masa directos desde el infierno de lo inmoral sino que cargan sobre sus espaldas con una riestra de frustraciones, decepciones y exclusiones transmitidos de generaciones en generaciones. Tristezas, angustias y también ansiedades propias de una sociedad de consumo que empuja al vendedor ambulante de tres medias por diez pesos a querer comprarse unas zapatillas de 600 y tener que masticar la bronca de la indiferencia social en una esquina del pleno centro de Morón.
El guión toma su rumbo, deja sus pistas, provoca y conquista. Llama a la reflexión o a la indignación, según sea el compromiso de quién se apoltrona en la butaca del Cine Gaumont de Av. Rivadavia 1635 por una entrada de 8 pesos (con funciones a las 13.40 y a las 20.20). El final sorprende, descoloca y da sentido el nombre de la película, una obra que trascenderá a su tiempo y a su época y se convertirá en un objeto de culto de quienes quieran hurgar más allá de lo que le cuentan los noticieros. En Hollywood no se consigue, amigos.
Por Juan Ignacio Provéndola
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