Diego Maradona y la promesa incierta de lo sublime

Diego Maradona en el Mundial de México en 1986, cuando marcó a una generación de personas con su juego, un sentimiento que todavía no estaba mediado por la observación crítica ni la glorificación cultural
Diego Maradona en el Mundial de México en 1986, cuando marcó a una generación de personas con su juego, un sentimiento que todavía no estaba mediado por la observación crítica ni la glorificación cultural Fuente: Reuters
Pablo Plotkin
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10 de diciembre de 2020  • 15:15

Lo vimos correr en puntas de pie, flotar a milímetros del pasto, morder la tierra y perderse con los brazos en alto en el fondo de un túnel. Lo vimos haciendo jueguito en un potrero, reír con esa sonrisa increíble, de plan dental nórdico, lo vimos trotar sobre cintas y deslizarse en el barro como un patinador descalzo. Lo vimos triunfar, lo vimos derrotado, lo vimos abrigado en piel y lo vimos en calzones, agitando una toalla en un vestuario caliente. Lo vimos de la cabeza, lo vimos fresco, lo vimos parapetado con un rifle de aire comprimido gatillando contra periodistas, lo vimos sin oxígeno, obeso en un estudio de televisión, diciendo entre lágrimas que estaba perdiendo el partido por goleada. Lo vimos resurgir, derrumbarse una vez más, lo vimos mutar, lo vimos bailar rock and roll, cumbia y merengue, lo vimos cantar tango y baladas italianas, lo vimos corear "Salud, dinero y amor" en la noche fría de Ezeiza. Lo vimos campeón, lo vimos acorralado, lo vimos violento, duro, harto de todo, insoportable, y lo vimos tierno, gracioso, cercano y extraño como un amigo problemático de la infancia. Lo vimos negar hijos, lo vimos arrepentido, vengador, lo vimos dirigir a su heredero en un Mundial, darle indicaciones junto a la línea de cal como un padre impotente que hace lo que puede, como todo padre. Lo vimos épico y lo vimos patético. No lo vimos morir, pero lo vimos muerto. Y nos vimos llorándolo un día, y al día siguiente, y al otro también, porque su historia turbulenta nos habló siempre de lo bella y lo trágica que puede ser la vida.

En las horas posteriores a la muerte de Diego Armando Maradona se me apareció mucho más el hombre que el mito. Quizás por lo triste de la escena final, una habitación cualquiera en un barrio cerrado de la provincia de Buenos Aires, acompañado de gente de la que se sabe poco, lejos de su familia iconográfica, de Dalma, Gianinna, Claudia, Diego Armando Jr., esas caras que también forman parte de nuestra historia. "Cuando tuve problemas de enfermedad o de doping, te puedo asegurar que era el tipo más solo del mundo", dice él en Maradona en Sinaloa, la serie documental de Netflix, y las circunstancias de su muerte refrendan esa declaración.

Todavía es difícil, en medio de este ruido mental, imaginar cómo el mundo procesará su figura, qué lugar ocupará en la historia cuando los últimos testigos de su época de futbolista hayan muerto, cuando solo queden los videos, las leyendas, los equívocos. Lo que confirmó su muerte, por si era necesario, es que pocos personajes públicos provocaron un impacto emocional tan profundo, tan irracional. Leo el réquiem del presidente de Francia Emmanuel Macron y el del exjugador marfileño Didier Drogba, por ejemplo, verdaderas cartas de amor, y siento que hablan por mí. Después compruebo que tienen exactamente mi edad: la cumbre de Maradona coincide con nuestros ocho, nueve, diez años. Macron y Drogba recuerdan las figuritas del Mundial de México y la primera camiseta albiceleste que se compraron. Si eras chico, ese Maradona en estado de gracia te producía una conmoción cercana al éxtasis. Era un sentimiento no mediado, todavía, por la observación crítica ni la glorificación cultural. La poeta Louise Glück, ganadora del último Nobel, escribió que miramos el mundo una sola vez, en la infancia; el resto es memoria. Para los que gritamos de niños los goles de Maradona y lloramos sus caídas, el resto de nuestras vidas de espectadores deportivos fue, como dice Jarvis Cocker, un cover malo del amor, la lucha entre la memoria y el deseo por restaurar al menos una parte de aquella experiencia iniciática.

A horas de la muerte de Maradona, la cancha de Argentinos Juniors se convirtió en un santuario
A horas de la muerte de Maradona, la cancha de Argentinos Juniors se convirtió en un santuario Crédito: Ignacio Sánchez / LA NACION

Una definición clásica que distingue el genio del talento dice que el hombre talentoso hace lo que quiere, mientras que el genio hace lo que puede, es decir, lo que su genio le demanda. Maradona, como escribió Jorge Valdano en su gran texto de despedida, hizo lo que pudo con lo que tuvo, ese superpoder para jugar a la pelota y la capacidad de comandar a un equipo a la gloria. Todo lo demás es una construcción narrativa desproporcionada hecha de fama asfixiante, adicciones, frases para la posteridad y canonización política, quizás el malentendido más grande alrededor de Maradona, la idea de que vivió combatiendo al poder y de que fue el abanderado de las clases postergadas. Maradona encarnó, en todo caso, el anhelo de dejar atrás la pobreza, el sueño cumplido de salir del barro convertido en diamante. En el documental de Asif Kapadia, Maradona lo dice muy claramente: "En realidad, yo empecé a jugar al fútbol solo para poder irme de Villa Fiorito y no volver nunca más". Esa fue la redención que proyectó Maradona: la de un ascenso social retobado e intransferible por la vía del arte salvaje, porque lo suyo no era exactamente deporte.

Pero ninguna de estas ideas tenía cabida en el momento de la acción, en el ballet de puro presente de las gambetas, las combas con la cara interna o externa o con el empeine de los Puma Borussia, los saltos cortos, la anatomía única de ese Adonis petiso que se distinguía en el borrón de cualquier Hitachi de tubo, los centímetros de luz celeste que captaban toda nuestra atención cuando nos sentábamos frente a una pantalla sabiendo que en algún momento iba a pasar algo extraordinario. Muchas veces ni siquiera ocurría, porque Maradona tambien era eso: la posibilidad incierta de lo sublime, una promesa de eternidad que se consumaba cada tanto.

*Pablo Plotkin fue director editorial de Rolling Stone en dos períodos (2010-2013 y 2018-2019). Además, publicó la novela Un futuro radiante.

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