Conjugando a Black Sabbath y el rock sureño, la banda de Phil Anselmo demostró que no tiene en sus planes resignar la brutalidad
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Las buenas bandas de rock pueden ser buenas toda su vida, pero hay un momento en el que, además, se sienten invencibles. Durante un período de tiempo (que varía de grupo en grupo), la mina más tetona del mundo es cogible, el veneno más rancio se vuelve Toddy y el público está conformado por una horda de muñecos a despellejar desde lo alto del escenario. Chequear al Deep Purple de Live in Japan, a los Stones de principios de los 70: de esa instancia de peligrosidad y autoestima extrema hablamos. Esa que Down, con 20 años de trayectoria a cuestas, parece no estar dispuesta a abandonar.
Jimmy Bower marca cuatro en la inicial "Lysergic Funeral Procession" y la impresión ya se instala: cinco adolescentes cuarentones con todo por ganar, planteando una relación de desafío con su audiencia, como el boxeador que provoca para sacar de quicio y noquear. "Temptation Wings", hito del inoxidable NOLA (del cual salieron nueve de las catorce canciones del setlist), termina de poner en clima a la multitud, que finalmente estalla con la dedicatoria a Dimebag Darrell de "Lifer". Y aquí, otra mención especial, para nada original pero sí necesaria: el cantante de Down se llama Phil Anselmo, y con eso solo ya está hecho el 80% del trabajo.
En "Lifer", decíamos, el ex Pantera se arrastra hasta el gutural más cavernoso, sólo rebotar a un alarido agudo que destrozaría cualquier faringe menos la suya. Todo eso, mientras frunce el ceño, agita los brazos, se golpea el pecho y plantea la relación público–frontman como una pelea en la que no vibrar sería rechazar una invitación al combate... ¿y quién quiere quedar como un cobarde? Tyson, torero, maestro de ceremonias, borracho pendenciero y vocalista sublime, Phil transforma una muy buena banda de heavy metal en un acontecimiento. Todo el crédito a él.
Tras convertir hábilmente el enésimo y ya incómodo "Anselmo, Anselmo" en un "Argentina, Argentina", y luego instar a la banda a musicalizar el cántico con una mini zapada, el cantante sigue su derrotero con "Ghosts Along the Mississippi", cediéndole el protagonismo a la otra gran estrella de la noche, el guitarrista Peeper Keenan (lo tendrán, seguramente, de Corrosion of Conformity o de sus colaboraciones con Metallica), quien aprovecha para demostrar que sus riffs le deben tanto a los de Tony Iommi como a los de los Allman Brothers.
"Losing All" promedia el set y marca un pico de arenga, desembocando en la destructiva "Pillars of Eternity". El ritmo baja y "New Orleans is a Dying Whore" confirma el amor del grupo por el doom de bandas como Saint Vitus y The Obsessed. Demostrando su influencia sobre los fanáticos de la afinación grave llega "N.O.D." (si las cuatro cuerdas de Pat Bruders hubieran estado apenas más bajas, habrían movido sismógrafos varios), que muta en esa combinación excelsa de ruido doloroso y fraseo setentista llamada "Eyes of the South".
Anselmo queda con ganas de gruñir y se las saca con "Hail the Leaf" a la hora de los bises, mientras que la veta más cancionera se satisface con "Stone the Crow", con sus guitarras límpidas y su estructura tradicional del deep south. Hasta que llega "Bury Me in Smoke" y lo expresado en el primer párrafo se termina de ratificar: pocas oportunidades hay de ver una banda con tantas ganas de sacudir a su audiencia, de sembrarle una sensación de omnipotencia, de superioridad para con los "no iniciados", y a la vez amenazarlo con el riff más tenebroso de su discografía, todo esto sin perder el espíritu lúdico (los plomos fueron ganando el escenario uno a uno hasta cubrir casi todos los puestos en una prolongación eterna del fraseo final). Y en eso bajan dos gigantografías del Coyote y la Pantera Rosa, nadie entiende nada y, si la gilada del Apocalipsis del 11/11/11 hubiera sido real, los presentes se habrían despedido con la panza más que llena.
"No es fanfarronear si tenés con qué respaldarlo", dijo alguna vez Muhammad Ali. Este es el plan de Down: buscarte roña todo el tiempo, seguros de tener banca de sobra. Y cumplen. Mucho. A niveles escandalosos. Con la ambición intacta. En tiempos de festivales coquetos y rock de limusinas, ojalá no te lo hayas perdido.
Por Diego Mancusi
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