El grupo de Ian McCulloch se presentó por tercera vez en Buenos Aires.
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Se sabe: Liverpool es una de las localidades inglesas más prolíficas en lo que refiere a bandas con mística propia. Dejando a los Fab Four de lado, Teardrop Explodes, The Coral y The La’s son pruebas más que suficientes de esta máxima. A lo largo de su historia, Echo & The Bunnymen hizo méritos que le valen ser parte de esta lista, sobre todo gracias a saber alimentar su propio mito. A más de 30 años de su fundación, solo quedan en pie dos de sus miembros originales (el vocalista Ian McCulloch y el estoico guitarrista Will Sergeant), pero con el pasar del tiempo lograron recuperar la vitalidad perdida en la meseta de su carrera a fuerza de oficio y persistencia. Después de algunos pasos en falso entre fines del siglo pasado y principios de este, el ahora dúo supo volver a su mejor forma, en ese punto equidistante entre el post punk y el pop, gracias al apoyo de una banda de sesionistas con sangre joven.
Al igual que con cada lanzamiento nuevo de la banda, McCulloch asegura que su último disco, The Fountain, es el mejor que hizo la banda desde Ocean Rain (1984). La lista de temas de su show en Groove, su tercera visita a Buenos Aires en once años, lo contradice: sonó una sola canción del álbum ("Think I Need It Too"), casi perdida en una veintena de sus luminarias de los ’80. Tras un comienzo tibio con "Going Up" y "Show of Strength", la banda apeló al golpe de efecto con "Rescue" y "Villiers Terrace", haciéndole frente con intensidad a un sonido deficiente. Los problemas siguieron, al punto que "Silver" tuvo que ser pospuesta para más adelante. Ajeno a su habitual malhumor, McCulloch calmó las aguas prometiendo: "La que sigue es un clásico", para dar pie a una celebrada versión de "Bring On the Dancing Horses".
En vivo, el despliegue escénico es casi ajeno a Echo & The Bunnymen. Durante la hora y media del recital, la mirada de Sergeant no hizo más que recorrer el trayecto entre el piso y el diapasón de su guitarra. Por su parte, McCulloch también permaneció estoico en su posición en el centro del escenario, aferrado con ambas manos al pie del micrófono, escondido detrás de sus sempiternos anteojos negros y siempre con un cigarrillo entre los dedos. Su parsimonia encajó a la perfección con los pasajes más oscuros del recital, como "The Disease", "All My Colours" y "The Killing Moon". Dueño de una voz grave forjada con años de tabaquismo, el frontman demostró que todavía puede hacerle frente a los agudos de "The Back of Love" y "The Cutter" a sus 51, sin miedo al ridículo.
Después de una primera tanda de bises con "Nothing Lasts Forever" (con homenaje a Lou Reed incluido) y "Lips Like Sugar", la persistencia del público obligó a la banda a volver a escena. En clave localista, McCulloch agradeció en español, agregó "Ustedes son mucho mejores que los de Brasil", y dio pie al cierre definitivo con una versión extensa y lúgubre de "Do It Clean". Así, tras la despedida, una marea de jóvenes –y no tanto- ataviada con remeras de varias luminarias del rock británico (Pulp, The Smiths, Damned y The Stone Roses a la cabeza) salió a hacerle frente a una lluvia inefable, como si el clima rindiera homenaje a la frase "And now your hurricanes have brought down this ocean rain to bathe me again"...
Por Joaquín Vismara
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