De chanta argentino extremo a hombre gris y sin bigotes, reflexiones de un actor versátil a propósito de Rudo y cursi, el film que comparte con Diego Luna y Gael García Bernal.
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No es que Francella vaya a alejarse de la comedia. No. Como comediante de raza, es uno de los capocómicos de este país en las últimas décadas: encarnó al chanta argentino mil veces, y a mujeriegos en todas sus facetas: un solo gesto suyo, una mirada cómplice a la cámara proyectaba todo su histrionismo. Alguna vez Ricardo Darín, en una entrevista, comentó enfáticamente cuánto le iba a gustar ver a Francella mostrarse por fin en otro registro, correrse de cierta comodidad que llegó a conquistar… Otra expresividad, otra potencia emocional. O hacer nada. O expresar poco. Imaginen, ahora, al mismo Francella haciendo, directamente, drama, metiéndose en la vulnerabilidad de un alcohólico, como lo hizo para la próxima película de Juan José Campanella a estrenarse en unos meses.
"Es cierto que muchos amigos tenían ganas de verme tocar otra cuerda –dice–. Pero muchas veces no recibía esa posibilidad. Me ha pasado de ver a directores interesarse por trabajar conmigo, pero atemorizarse de lo que yo genero y no arriesgarse a que catapulte lo que ellos han escrito porque mi presencia les resulta más fuerte… Lo económico también influye; cuando los productores encuentran algo que les funciona, no te sueltan así nomás y ojo que a mí nadie me llevó de las narices; cada cosa que hice, la encaré con convicción. Pero los productores y directores tampoco se juegan demasiado… es una mezcla de cosas."
–¿Y entonces?
–Entonces pasó que me encontré con Campanella.
Ese señor gris
Para encarnar a Pablo Sandoval, uno de los personajes de El secreto de sus ojos, la nueva película del director de El hijo de la novia, Guillermo se sacó el bigote. Mientras filmaba también hizo una participación especial como un capo mafioso, Kurtz, en el último capítulo de Vidas robadas en Telefe. Y aunque ahora lo haya recuperado –"no aguanté"–, al afeitarse sintió una especie de liberación. No lo reconocían ni los mozos… Más incluso: caracterizado, en pantalla, con anteojos gruesos, canas, peluquín y vaso en la mano, es un señor mayor irreconocible, un tipo gris, gastado por la vida, pasado de moda. Un personaje en las antípodas de ese otro buscatalentos futbolístico que encarnó en la segunda película que filmó en 2008, la comedia mexicana Rudo y cursi, de Carlos Cuarón.
Volver a empezar
Un año atrás, luego de casi veinte de carrera, Guillermo volvió a hacer una audición para conseguir un personaje dentro de Rudo y cursi, una ambiciosa producción mexicana que se estrena en Buenos Aires este mes. Ocurrió en febrero pasado, cuando Javier Braier, a cargo del casting de la película que dirigió Carlos Cuarón (el hermano de Alfonso, el realizador de Y tu mamá también), lo convocó para hacer una prueba y resultó seleccionado entre otros cincuenta actores argentinos, por unanimidad. ¿Los productores? Un seleccionado mayor del cine mexicano: Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu.
Francella recuerda aquellos días de casting con el entusiasmo renovado: "Acá no es común que los actores conocidos hagan audiciones, pero afuera sí. Cuando me llamaron para hacer esto me sorprendió. A esta altura de mi vida, que alguien venga con la mano en la pera, a juzgar mi expresión… No sé si tengo tantas ganas... Pero si es alguien que no está contaminado y viene virgen, como le pasó a Carlos Cuarón, es diferente. Con él fue un verdadero placer".
En Rudo y cursi, la epopeya de dos hermanos muy humildes del norte mexicano que salen de un potrero para probarse en un equipo de fútbol de primera y viajan del estrellato al ocaso –y de allí de vuelta a la vida real–, Francella es Batuta, el buscatalentos que cree ver en ellos un negocio redondo y los lleva al DF a probar suerte. En la piel de ese personaje, una versión aggiornada del chanta que hizo toda la vida, Francella habla en porteño y se mezcla a cada rato con esos dos hermanitos inseparables en la vida y en la ficción que son Gael García Bernal y Diego Luna. A Francella se le entiende bien; a Gael y Diego, y sus cataratas de lunfardo mexicano, por momentos no. Pero el trío se divirtió y ahora da vida en la pantalla a un triunvirato que, según las anécdotas del equipo, también se trasladó al detrás de escena. Palabras del productor Del Toro: "Es genial, terrenal pero con un control brutal del timing de la actuación y todos los recursos".
–¿Cómo fue la relación con Gael García Bernal y Diego Luna?
–Se engancharon conmigo, porque los dos son muy lúdicos. Y para mí el juego y el humor son una manera de vivir. Estaba ahí, en México, en terreno visitante, y sentía que no podía perderme un minuto de lo que estábamos viviendo. Con los chicos hicimos un montón de cosas. Después de unos días, hablaban como yo, se reían con algunos términos: parecía un set argentino.
Ya pasaron casi 29 años desde que debutó en Proceso interior, una comedia dramática. Aunque no tardó mucho en compartir justamente con Darín Mi chanta favorito, y de ahí al inescrupuloso arquetipo de El trepador (1984). Ese trabajo pegó tan fuerte que, después de hacerlo, Francella no paró de trabajar, pero en el terreno de la comedia. "En esa época estaba mal visto hacer tele. Yo estudiaba con Alejandra Boero y no estaba bien que hicieras un comercial o que aparecieras en una novela, pero yo tenía que laburar. En el 81 perdí a mi padre, un golpe durísimo, y cuando empecé a tener continuidad en el trabajo, no decía: «Quiero manejar mi carrera y elegir bien los personajes». ¿Qué iba a manejar? Cuando en el 88 me dan mi primer protagónico en De carne somos, lo que pasó conmigo fue una explosión. Aquello era un júbilo, pero era comedia, netamente comedia. Cuando alguno me hacía una nota y me recordaba El trepador, ahí me complicaban la vida, porque yo amo la comedia, pero es un género muy denostado y siempre aparecen los prejuicios. Además, no puedo decir que tenga una carrera analizada meticulosamente, porque sería una falsedad. Años atrás, yo era un pibe jovencito que quería trabajar en el medio. Terminé el secundario y me puse a estudiar periodismo, porque quería estar cerca del espectáculo y también estudiaba teatro. Después, a medida que fui teniendo trabajo en publicidad y conseguía papeles pequeños, mis objetivos pasaban por poder vivir de esta profesión. Mi viejo, que era bancario y tenía tres trabajos para llegar a fin de mes, me decía: «Estudiá teatro, pero también buscate algo que te de para comer»."
Este verano se dirige sí mismo y a Adrián Suar en La cena de los tontos, una obra que ya hicieron juntos hace unos años y que están despidiendo en Mar del Plata con suceso de público. "Estoy en una etapa distinta –sigue Francella–. Me tomo otros tiempos para todo, pero igual confieso que el ocio no es para mí."
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