El emblemático director convirtió un viejo cortometraje rechazado en una nueva maravilla stop-motion. La revancha permanente del verdadero Dr. Frankenstein de Hollywood
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"Toda mi vida esta basada en una gran revancha. por eso hice todo esto", dice tim burton, y suelta una carcajada, mientras mira la rueda de la fortuna que se alza sobre el océano Pacífico, al final de la ruta 66, desde su suite del coqueto hotel Casa del Mar en la costa de Santa Mónica, en su California natal. Luce anteojos oscuros, su habitual elegancia desgarbada y esos rulos característicos que durante buena parte de los 80 peinó imitando a Robert Smith. El pequeño paso de comedia sobre la venganza viene a cuento de una historia, al menos, curiosa. Frankenweenie, el nuevo largometraje de Burton que es una de las grandes apuestas de Disney para esta temporada, y que en la Argentina se estrena a principios de este mes, es la remake de un corto homónimo escrito y dirigido por un tal Tim Burton en 1984, que no sólo fue cajoneado (lo declararon no apto para niños), sino que hizo que lo despidieran de... ¡los estudios Disney! Y es curioso, porque en los 27 minutos de aquel film está condensada buena parte del imaginario que lo transformó en uno de los directores más icónicos del mundo en las últimas tres décadas. Por eso, más allá de haber sido contratado muchas otras veces por Disney, este estreno podría tener sabor a revancha. Pero para Burton, ya lo dijo él, toda su vida es una especie de revancha. La de un outsider que terminó llevando sus obsesiones estéticas y narrativas al mainstream.
"Desde que empecé a hacer películas, siempre estuve igualmente sorprendido sobre si una película resultaba un fracaso total o un éxito absoluto", dice Tim. "Por eso no puedo explicarlo. Con esto quiero decir que nunca hice nada pensando en hacer una película popular, o que haga mucho dinero… Me he sorprendido para ambos lados, del mismo modo. Decidí que no tiene sentido analizarlo demasiado. Creo que, esencialmente, es una cuestión de suerte."
Podemos entender a Frankenweenie como una versión de Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela gótica que la inglesa Mary Shelley publicó en 1818 y que Hollywood revisitó varias veces desde la legendaria interpretación de Boris Karloff en 1931. Pero Frankenweenie es otra cosa. Porque es, también, una historia de amor entre un niño y su mascota. Y, en ese marco, la irrupción de un elemento fantástico que rompe la monotonía de un suburbio californiano de posguerra. Ese suburbio es Burbank, la ciudad natal de Burton, que también es sede de uno de los estudios de animación de Disney. Y es el mismo paisaje en el que se desarrollará, luego, El joven manos de tijera (1990), otro film con guiños a la historia de Shelley: la criatura que se escapa de su creador.
Frankenweenie, el corto original, estaba protagonizado por actores, entre los cuales vale la pena mencionar a Daniel Stern, que años más tarde pondría su voz como el narrador de las peripecias de Kevin Arnold en la serie Los años maravillosos y que luego saltaría a la fama como villano de Mi pobre angelito; a Daniel Oliver, como Victor Frankenstein, el dueño del perro Sparky; a Sofia Coppola en un cameo; y a otro actor ligado a la saga de Kevin, Jason Hervey, que personificaba a Wayne Arnold, su hermano mayor. Podrá ser una casualidad, pero no dejan de ser llamativas estas coincidencias con esa serie: porque el paisaje suburbano, de casas bajas y similares, y las escenas en el aula tienen varios puntos de contacto.
Pero para esta remake, igual que en El extraño mundo de Jack (1993, productor y guionista) y en El cadáver de la novia (2005, codirector y guionista), Burton volvió a incursionar en el stop-motion, una técnica que le fascina. "Lo mejor de esta técnica es que no ha cambiado con el tiempo. Y eso es lo que le gusta a la gente que trabaja en eso. Porque si bien algún aporte tecnológico puede brindar la posibilidad de que algo se vuelva más sencillo, se trata de un trabajo esencialmente artesanal, completamente hecho a mano", se entusiasma. Para dimensionar lo meticuloso del trabajo, hay que entender que en cada segundo de Frankenweenie hay 24 cuadros. Es decir que cada animador tuvo que posicionar a cada muñeco -esculturas de látex y siliconas que reproducen los dibujos de Burton- ¡24! veces para conseguir un segundo de acción. En promedio, cada animador produjo unos cinco segundos de animación por semana.
Por todos esos elementos, Frankenweenie probablemente sea el film más personal de la prolífica trayectoria de Burton. "Cuando rodamos la primera versión, estaba viviendo una especie de cuento de hadas. Trabajaba para Disney y, por un par de años, podía dibujar lo que quisiera. Tuve la chance de hacer un corto como Vincent (1982), y un montón de otras cosas. Eran oportunidades muy extrañas. Pero más extraño era saber que nadie iba a ver esas cosas que hacía. Eran dibujos que nadie iba a ver, películas que nadie iba a ver… Creo que lo que me pasaba no podría relacionarlo con algo que le haya pasado a alguien más que yo conozca", rememora. Por esos años, Disney enfocaba su producción en películas como T he Fox and the Hound [que aquí conocimos como El zorro y el sabueso], y parecía haber perdido cierto rumbo estético. Vincent, un breve corto de animación inspirado en (y relatado por el gran actor de películas de terror) Vincent Price, fue su primera colaboración con Rick Heinrichs. "Estábamos en un momento extraño", recuerda ahora Heinrichs. "La vieja guardia de Disney le decía a la gente nueva lo que tenía que hacer, y la camada joven se rebelaba contra eso… Tim hacía esos dibujos increíbles, que le encantaban a todo el mundo, menos a la gente que estaba al frente de los estudios en ese momento. Decían que no captaban el estilo de Disney, y probablemente tuvieran razón. Pero por suerte, había gente piola que nos permitió trabajar. Y luego, por alguna razón, seguimos trabajando juntos", celebra ahora el responsable de traducir buena parte del imaginario visual de Burton. Se trata de una alianza fructífera que incluye el diseño de producción de La gran aventura de Pee-Wee (1985), Beetlejuice (1988), El joven manos de tijera, El planeta de los simios (2001) y Batman vuelve (1992). Pero, además, Heinrichs colaboró con los hermanos Coen en Fargo y El gran Lebowski, con Ang Lee en Hulk y se ganó un Oscar por Piratas del Caribe: en el fin del mundo (1997).
Heinrichs no parece sorprendido del éxito global de Burton. "La cultura no es algo fijo, sino que implica una evolución. Y los estudios no lideran esos movimientos culturales, sino que los acompañan luego, y los reciclan. Y así pueden hacer más dinero. De todos modos, aunque en la atmósfera de aquel momento pareciera impensable, no me sorprende que su estética y su mirada se hayan vuelto populares."
Lo más probable, en verdad, es que ni el mundo, ni mucho menos la Disney, estuviera preparado para asimilar el arte de Burton en ese entonces.

"Tim siempre estuvo adelantado a su tiempo. Y el estudio no sabía bien qué hacer con su talento. Si bien le dieron algunas chances, su talento quedó perdido en ese proceso", sostiene el robusto productor ejecutivo Don Hahn, que ostenta el honor de haber sido uno de los responsables de La bella y la bestia (el primer film de animación nominado a la Mejor Película en los premios Oscar), ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y El jorobado de Notre Dame, entre muchísimos otros créditos. Y que es el responsable de manejar a una tropa de más de 150 personas que trabajaron para el film. Es un hombre acostumbrado a jugar en las grandes ligas, pero aun así muestra una excitación inusitada por colaborar por primera vez con Burton: "Nos conocimos hace más de treinta años. Empezamos a trabajar en el estudio casi al mismo tiempo. Siempre ha sido un amigo, siempre lo admiré. Por eso, trabajar con un artista de este nivel es impresionante. Tal vez colaboremos nuevamente en el futuro, pero oportunidades así ocurren una vez en la vida", asegura.
"Siempre me sorprendió lo que puede llevar a una película al éxito o al fracaso absoluto. creo que, esencialmente, es una cuestión de suerte."
¿Y cómo era Burton en los tempranos 80? "No era necesariamente el más normal de los chicos. Era introvertido, un poco callado y tímido, y ni su dibujo ni su tipografía encajaba con los cánones de Disney. Digo: no podía hacer cosas demasiado dulces. Por eso, siempre hizo las cosas a su modo. A la vez, tenía mucha ansiedad por mostrar todo lo que podía hacer, y una tremenda ambición por transformarse en director. Parecía haber nacido para serlo. Y creo que los resultados están a la vista", sostiene Hahn en una suerte de retrato del artista cachorro. Y remata: "En el fondo de su corazón, Tim sigue siendo ese chico que vivía en Burbank y que veía a los fans de Disney, y que anhelaba conseguir un trabajo allí".
todos los personajes de frankenweenie fueron creados por Burton. La mayoría se corresponden con la versión original, pero también se incorporan otros, como Staring Girl (la mirona), que aparece en La melancólica muerte de Chico Ostra (Anagrama), su ya clásico libro de poemas y dibujos que lleva agotadas diecinueve ediciones desde su primera tirada en español, en 1999. Eso que llamamos clásico, en términos de la industria literaria, significa un "long seller".
Por relatos brillantes como Ed Wood (1994) o El gran pez (2003), o sus incursiones lisérgicas en Charlie y la fábrica de chocolate (2005) de Alicia en el país de las maravillas (2010), de sus fructíferas colaboraciones con Johnny Depp o el compositor Danny Elfman, Burton comparte con Quentin Tarantino una firma generacional. Es algo que trasciende su oficio principal, el de cineastas, y que los transforma en íconos culturales. En el caso de Burton, es exponencial lo que se sucedió cuando el prestigioso Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) lo convocó para realizar una retrospectiva. La muestra que se inauguró en 2010 reunió a más de 800 mil visitantes (la tercera más exitosa en la historia del museo, detrás de Picasso y Matisse) y ahora gira por distintas partes del mundo. "Para mí es un fenómeno muy extraño. Lo más increíble es que el MoMA haya venido a buscarme. Nada de esto fue hecho sólo para ser mostrado, ni siquiera para ser visto. Me sentía demasiado incómodo al respecto. Pero me lo presentaron de un modo muy aceptable, porque no es que me iban a presentar como un gran artista. Sino que me iban a presentar como «éste soy yo y éstas son las cosas artísticas que hago para trabajar». Eso fue algo bueno, y lo hizo atractivo y accesible para todo el mundo." Eso, dice, es lo que más lo entusiasma: "Recibí muchos saludos de chicos que no van habitualmente a museos. Mi mayor gratificación es que lo que hago toque de algún modo a la gente. Cuando alguien se acerca a darte un dibujo, eso para mí significa más que cualquier cosa. Porque eso es lo que le da sentido a lo que hago. Es algo simple, que se da de un modo genuino. Yo tuve muchísimas influencias que me inspiraron. Para mí es genial haberme transformado en una influencia: es el mejor elogio que me pueden hacer".
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