Massive Attack cerró la segunda jornada del evento durante la cual también se presentaron Thievery Corporation, Stereophonics, Benjamin Biolay y más; crónica, videos y fotos de toda la fecha
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LSD, peyote, mezcalina, cannabis, éxtasis... Esas son las primeras palabras que aparecen en la pantalla apenas comienza el show con “United Snakes”. Si bien la intervención lejos está de la apología, el paralelo que uno internamente traza está bastante cerca de lo que está a punto de pasar con Massive Attack: un viaje de sonidos de alquitrán, oscuros y pesados, cargado de bajos que parecerían usar frecuencias todavía más penetrantes de las que habíamos escuchado en nuestra vida. Esos bajos que hacían vibrar el pecho era el mejor premio para los que se los habían perdido en su primera visita o lo que los querían repetir la experiencia. Esas personas que forjaron la leyenda (muchos los ponían en el top 3 de mejores show de la vida) habían subido la expectativa hasta niveles impensados. El show, por suerte, no sólo cumplió con lo esperado sino que superó las expectativas y rediagramó el esquema de qué hablamos cuando hablamos de una buena presentación en vivo (ejemplos: Radiohead, Daft Punk... complete aquí su lista personal).
El sonido, que en todo el festival estuvo bajo, contó con un par de puntos extras y lo pusieron cerca del nivel de ideal para escuchar una lista de temas que fue complaciente con todo el mundo. Sonaron canciones de todos sus discos sin esquivar el bulto a los clásicos como “Safe From Harm” o “Teardrop” que tuvo como invitada nada menos que a Martina Topley Bird que se había presentado como solista a la tarde quemando la sorpresa. También sonaron “Babel” (con Topley una vez más) y “Splitting the Atom” de su último trabajo, Heligoland que fue editado este año después de 6 años de silencio. Por más que a su primer álbum, Blue Lines, y a este último lo separen casi ¡20 años!, la coherencia estilística (el famoso “sonido Bristol”) y las versiones en vivo hicieron una lista compacta y viajera, con versiones extendidas y voladoras que llevaban todo un poco más arriba, casi burlándose de la etiqueta trip hop. Horace Andy que subió para “Angel” y “Girl I Love You” fue uno de los últimos condimentos que faltaban (ah… esa voz inconfundible) que se sumó también a la de Daddy G, que apareció contadas veces (“Rising sun”) y la de Robert 3D del Naja, la cara más visible del combo. Del Naja estaba al frente de la formación, armado con 2 teclados y un vocoder, listo para comandar este ataque masivo directo a los sentidos.
El juego de luces y las pantallas de atrás del escenario merecen una mención aparte. En lugar de proyectar imágenes, las pusieron a merced de letras y números y bajaron una cantidad de data (PBI de Haití, costo total de la guerra de Malvinas, número de ejecuciones en USA y mucho, mucho más) que por momentos resultaba agotadora -y hasta dañina- cuando se mezclaban con la música. Un random de titulares de noticias, frases de políticos o hasta el “Que la sigan chupando” surgían sin pausa convirtiendo el show en una bajada de línea apabullante, aunque por momentos cayó en manos de la seductora demagogia con frases de Messi o del 10. Pero más allá de esto, las visuales fueron otra parte indiscutida de toda la magia de la noche junto a las luces que acompañaron a “Angel” o “Future Proof”, hacia una progresión in crescendo que quedará en la memoria de todos los que anhelarán que esta no haya sido su última visita.
Dos de acá
Ya cuando la luna llena estaba apareciendo sobre el predio, los galeses de Stereophonics salieron a escena ejerciendo una semi localía en el sector Golden Circle: la familia y amigos del batero argento Javier Weyler llevaron pancarta y agitaron todo el setlist, dándole un aroma familiar a la presentación. El mismo término, “familiar”, es el que podría definir todas las canciones de la banda de Kelly Jones (con un look que hacía juego con los equipos valvulares de viola). Esos temas que forman parte de los nueve discos que tal vez nunca escuchaste pero, oh sorpresa, cuando suenan, las podés tararearlas de memoria. “Thousand Trees”, “Superman”, “Have a Nice Day”, “Dakota”: ¿quién no las tiene dando vueltas en la cabeza? Todas esas sonaron y tiñieron el main stage del pop rock con menos audacia estructural y sonora de la fecha pero al que no se le puede negar la efectividad de sus melodías que siempre merodean la estructura madre de toda canción pop, intro-puente-estribillo-solo-puente-fin. A lo seguro, siempre, pero sin fallar. Vale.
Quién lo iba a decir, la agrupación que le seguía en el main stage también llevaba bajo su ala a otro argentino. En este caso era Natalia Clavier, una de las vocalistas que adopotó Thievery Corporation, la banda de los DJs y productores Rob Garza y Eric Hilton. Si bien los más desatentos pueden pensar que es otra banda más de máquinas y guitarra, bajo, fierros y percusión, la realidad es que Garza y Hilton le dieron vuelta al asunto de el vivo y en lugar de caer en el aburrido formato que dispara casi todo desde una compu, decidieron relegar el ego y sumar a cesionistas que hacen de las suyas: van del trip hop con altas dosis de sonidos étnicos (cítara presente en “Lebanese Blonde”) a la cadencia jamaiquina (“Until the morning” con Natalia Clavier), o del simil bossa, al funky mezclado con ragga (“Liberation Front”) con soltura y con una importa lounge/tri hopera bien marcada. Una buena entrada en calor para Massive Attack.
Invasión franchute
Oh, la france. Aunque sus compatriotas de Phoenix (y el fantasma de los Daft Punk, porqué no) cerraron la primera jornada del festival, el primer artista estrictamente francés -porque Mars canta en inglés, claro-, llegó para la segunda fecha: el cantautor Benjamín Biolay entregó la dosis de encantamiento idiomático que andábamos necesitando. Con esa irresistible dicción, esa melena y ese aire a Benicio del Toro con el que pudo conquistar a la Mastroianni, Biolay dejó suspirando a unas cuantas ante el escenario secundario, especialmente cuando demostró tener un conocimiento del español y tiró un “Muchas gracias de todo corazón”, marcando bien la zeta. Ah... Más allá del estereotipo del galán galo, valga la cacofonía, puede pasar de explicitar la eterna comparación con Serge Gainsburg susurrando o relatando en temas como “Meme si tu Pars” a entonar entre ritmos funkies la histriónica “Padam” (con actuación incluida), crear atmósferas épico-trágicas con “La Superbe”, tema que da nombre a su último disco, o terminar pegando alaridos salvajes en “A L´Origine”. Enyanté, Biolé.
Presencia obligada
A ver, ¿cuál es elemento indispensable que el lineup de un festival musical en Argentina sí o sí requiere para poder ser efectivamente considerado un festival musical? Una pista: tiene pancita y te dice “mi amor” cada vez que puede. Sí, sin Walas un festival no es festival. Una vez más, el líder de Massacre salió a escena con su camisa grunge y su gorro de lana todoterreno desafiando la sensación térmica pero hasta ahí: en esta ocasión no hubo calzas sino un short deportivo negro. Entre los que ya sabemos todos “Mi mami no lo hará”, “Sofía, la súper vedette”, “Invasoras amazonas”, “La octava maravilla”, dijo: “Como verán, estoy cada vez más gordo y cada vez más confundido”. Divino, nada que ver, un beso.
Los Catupecu Machu, otra dosis de rock argento. Después de Stereophonics, la banda liderada por Fer Ruiz Díaz -con lentes de sol, cuando ya se había ido hacía rato-, hizo lo suyo. “Confusión” y su bajo explosivo abrieron el setlist que incluiría otros temas de Simetría de Moebius (“Nuevo Libro” y los punteos flamencoides de la acústica de Fer o “Piano y RD”, con extras vestidos de ¿blancos obreros del futuro? sobre el escenario); un descargo polémico: “El volumen no es culpa nuestra, el volumen es culpa de Macri”; el clásico coreado “Y lo que quiero es que pises...” y una animadora dedicación especial a Gabi y a Cerati: “Dale”. ¡Da-le!
Por Gonzalo Chaves y Yamila Trautman
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