El grupo anunció una serie de shows de adiós que, en realidad, sirven como excusa para que Pity Alvarez vuelva a los escenarios
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Al igual que Pink Floyd, Viejas Locas también tuvo su vivo en Pompeya. Así sucedió durante estos últimos tres fines de semana, tiempo elegido por la banda para despedirse ante las multitudes que desfilaron por el Salón Rock Sur, la legendaria bailanta Kory, de avenida Sáenz, reconvertida en trinchera del palo. Ayer fue la cumbia, hoy es el rock y mañana vaya a saber uno qué otra expresión cultural popular seguirá sudando este suburbio donde se bailó tango por primera vez, hace casi cien años, cerca de Puente Alsina. Ahora, el hecho artístico que conmueve a este arrabal del sur (paredón y después) es la separación de Viejas Locas. Aunque, en rigor de verdad, ni ocurra ni una cosa ni la otra: sólo Pity Álvarez perdura de la emblemática formación de los 90, remozada para un fallido regreso que desde 2009 se arrastra con penas y deserciones. Como la Pompeya italiana, Viejas Locas es el resto fósil de una historia que sólo puede ser revista a través de los archivos del ayer. Postales, ruinas, discos. La ropa y el pelo.
La formalidad del anuncio, con toda su potencia comercial, no revela sin embargo el valor fundamental de esta serie de shows en el sur porteño. Lo verdaderamente sustantivo de estos tres conciertos (a los que se les agregará un cuarto, el sábado 27) es la vuelta del Pity a los escenarios. La reconstitución de su carácter artístico por encima de las amarilleadas que lo consagraron como personaje público de los comemierdas que buscan noticias de prime time. Cocktails con agua del inodoro, ollas invadidas de hongos, pleitos resueltos a balazos y hasta una operación de pene quedan felizmente reducidos a un segundo plano cuando Álvarez asoma sobre el tablado, tal como sucedió el viernes pasado, poco antes de la medianoche.
A pesar de la espera prolongada (mal hábito que uno creía extinto con el fin de la "era Cemento"), la inconfundible línea de bajo de "Lo artesanal" demolió ansiedades y machacó con látigo de fuego la antártica noche de este invierno anticipado. Fue el adelanto de lo que vendría: una lista dominada por la pulsión de clásicos de antaño, éxitos perdurables e himnos de época. Que ni siquiera tienen que ver estrictamente con Viejas Locas. Invocaciones a Intoxicados como "Está saliendo el sol", "Casi sin pensar", "Fuiste lo mejor" o "Fuego" demostraron que, más que la nostalgia de una despedida, lo que aquí intentó desplegarse fue una celebración a la insoslayable capacidad creativa de Álvarez, muy por encima de lo que suponen quienes sólo lo conocen por los informes periodísticos que lo abordan en la oscuridad.
Está claro que no se trata de la mejor versión del Pity, aunque tampoco nadie le reclama destrezas de barítono del Teatro Colón. Como le sucede a Charly García (compañero de desventuras con el que supo compartir no mucho tiempo atrás una versión de "La sal no sala"), Álvarez también disimula sus costurones individuales detrás de la justeza de una banda que, con él, llega a la docena de integrantes. En la sección de vientos (que ocupa un tercio de la alineación) parece hallarse la debilidad del cantante: cuando su voz o su cuerpo parecen mancarse, simplemente se acerca a los bronces, cierra los ojos y se deja llevar por la hipnosis de las melodías. De las entrañas de los pistones brota el bálsamo para este guerrero herido que no mezquina entrega física en su performance.
Sólo el Fachi Crea acepta volver el pasado para reordenar las esquirlas de aquel jarrón roto y entonces medio Viejas Locas original se florea por Pompeya con "Una vez más" y "Botella", éste último con roles invertidos: el Fachi se hace cargo de las voces y delega el bajo en el cantante, quien luego se aburre y decide tirarse al público... tres veces. De vuelta al escenario, Pity hace el camino inverso y trepa a lo más alto de una estructura metálica. Desde allí daftpunkea el inicio de "¿Qué vas a hacer tan sola, hoy?" con la letra de "Sin disfraz", de Virus. Fue una de las últimas sorpresas de la noche. Más adelante, cuando el grupo se había despedido, volvió en soledad para suplicarle a la gente que se retirara y convidó una versión en solitario de "Legalicenlá". "Todos somos Pity. Yo me hago cargo de mí. Ustedes háganse cargo de lo suyo", dijo en un momento, y cerró con una confesión demoledora. "¡Nadie imaginaba que este trapo de piso iba a hacer tres shows!". Es cierto, nadie lo suponía. Ni tampoco lo podrá suponer, ya que en verdad serán cuatro, más los que se sumen en el interior del país. Aquí no se llora una despedida. Al contrario: se celebra una vuelta.
Por Juan Ignacio Provéndola
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