León Gieco y Fito Páez cerraron, respectivamente, las dos jornadas del festival Corrientes Música Viva. Crónica y fotos
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Oid mortales, el grito sagrado: ¡Sapucay! ¡Sapucay! ¡Sapucay! León Gieco invita al escenario al guitarrista, cantante y compositor misionero Joselo Schuap para cantar "Carito" y "Cachito, campeón de Corrientes" y la sensación es que uno no ha escuchado realmente esas canciones (los primeros chamamés de León, compuestos en los años 80) hasta escucharlas aquí, en su ámbito natural, en la provincia de Corrientes, donde el chamamé es religión, y el sapucay su santo y seña. Y entonces unas dos mil quinientas golas correntinas largan el grito y aflojan algunas lágrimas. Y entonces León dice de cantar el himno, pero el himno del chamamé, claro. Y después de "Kilómetro 11", en este cruce de talentos entre la leyenda nacional y el emergente regional, podría no pasar más nada. Y todavía falta la segunda parte del show, la alianza rockera con Andrés Giménez para el proyecto Un León D-Mente.
A las ocho y media de la noche, cuando Joselo Schuap subió por primera vez al escenario, el estadio del Club San Martín estaba semi-vacío. El humo de los choripanes, los mozos de camisa y moñito y las publicidades locales, montaban una escena de una película de Trapero. Es la primera jornada de la segunda edición del festival de otoño Corrientes Música Viva, inaugurado el año pasado por la Fundación La Calandria en homenaje a Norberto Lischinsky (1953-2008), dueño de una elogiada gestión como subsecretario de cultura de esa provincia.
El power chamamé de Joselo le puso calor y color al inicio de la velada. Un curioso cuarteto que se completa con Cristian Maka Sequeiro (guitarra y voz), Jhony Mombage (acordeón) y Dirseus Burgos (stick), que funciona como un retrato sonoro de la provincia de la tierra colorada y el diálogo con sus fronteras. Schuap y su grupo, que también integran un muralista, Carlos Nievas, y Pochosky, un payaso malabarista, recorren el país a bordo de un colectivo Mercedes modelo 61 con su motor modificado para que funcione con ¡agua!, gracias al proyecto Hidrógeno Solmi. Además del discurso musical, las acciones de guerrilla cultural que propone Joselo se relacionan con el cuidado y la defensa del medio ambiente y los recursos naturales, especialmente el agua. Por esta razón, fueron premiados por la UNESCO en el marco de su segunda gira europea. Joselo cerró su set con una versión de "El Cosechero", clásico litoraleño compuesto por Ramón Ayala y coreado por todo un estadio ya colmado.
La presentación del dúo Orozco Barrientos fue una verdadera revelación para el publico local. Prácticamente desconocidos, generaron un clima intimista a partir de una de sus especialidades, la tonada cuyana. "Pensando en ella" marcó el inicio de un show encantador, que recorrió distintos ritmos del folclore argentino (cueca, gato, chacarera), desde la particular óptica del dúo. Un imaginario de acequias y vino, sensibilidad cuyana que se refleja en los refinados arreglos en la guitarra de "Tilín" Orozco y la voz del gran Fernando Barrientos, que, a veces suave, a veces desgarradora, por momentos alcanza una dimensión blusera que, en intensidad, recuerda a Janis Joplin o Joe Cocker. El despliegue armónico de "Tilín" es notable, y notable es también la atención y la devoción que generaron entre el público local.
Tres días después de un show lleno de importante invitados en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, Fabiana Cantilo paseó su oficio de intérprete con notable profesionalismo, que no sólo despertó ovaciones, sino que también demostró (una vez más) la apertura del público del festival. Con un repertorio basado en las versiones de Inconsciente colectivo (2005) y Por la vereda del sol (2009), Cantilo desplegó su energía interpretativa sobre clásicos rockeros como "Amanece en la ruta", "Fue amor", "Me arde", "Dulce condena" y su propio standard "Mary Poppins y el deshollinador". Un recorrido emotivo por 30 años del rock nacional que marcan también su propia historia.
León Gieco, por su parte, propuso un show ambicioso dividido en dos partes. El inicio, a solas con su guitarra y sus armónicas, tiene una impactante dinámica audiovisual. Las pantallas proyectan imágenes y audio del B.A. Rock II (noviembre de 1971) y León construye un dúo consigo mismo cantando "Hombres de hierro", y a partir de allí, propone un repaso de su vida y de su obra ligada a la historia, muchas veces siniestra, muchas veces nefasta, de la Argentina. Hay un fuck you a Videla después de "Solo le pido a Dios"; hay un abrazo a Leda Valladares, mientras canta "La Cigarra"; hay un homenaje a las mujeres dedicado a la periodista y escritora Marta Merkin (1947-2005) con imágenes emblemáticas de mujeres emblemáticas como Alicia M. de Justo, Elis Regina, Azucena Maizani, Amparo Ochoa, Angela Davis, Alfonsina Storni y muchas más: hay un encuentro con Andrés Jiménez en "5 siglos igual"; y hay un grupo de rock demoledor, D-Mente, que se suma para la segunda parte y que revisita los clásicos de Gieco en clave rockera y power, como un rugido de talento. Clásicos poderosos que cierran, en un bis, con "Todos los caballos blancos". Y con la alegría de todo el estadio.
Sábado
Oid mortales, el grito sagrado: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Fito Páez improvisa al piano y la gente confunde esa intro con la del Himno Nacional Argentino. Rápido de reflejos, Fito improvisa una versión del hit de Vicente Lopez y Planes y Blas Parera, coreada por tres mil almas correntinas. Es el año del Bicentenario, y es la noche posterior al debut de la Selección en el mundial de Sudáfrica. Y todos estamos contentos y felices después de la victoria. Y la ilusión por la copa acaso se mezcle con la de una patria grande. Y está el que se acuerda de Diego, y está el que piensa, más bien, en el patriota correntino Don José de San Martín. Pero lo que pasa acá, emociona y mucho.
La segunda jornada empezó con más gente que la anterior, pero con la misma propuesta. La apertura, a cargo de un artista local, estuvo a cargo del talentoso chaqueño Seba Ibarra, una revelación que circula cada vez más por los oídos sensibles porteños y que aquí juega de local. Al frente de su grupo, integrado por Mauro SIri (bajo y voz), Guido Romero (guitarra acústica), Esteban Peón (batería) y Sebastián Bistolfi (acordeón), Ibarra mostró las canciones de su segundo disco Palimay. Con Lisandro Aristimuño y Jorge Drexler como referentes estéticos, Seba Ibarra le da una proyección universal a sus canciones litoraleñas. Capta la esencia de su región y las envía al mundo, con un sonido a veces sutil y otras veces poderoso.
Otro referente de Seba Ibarra, el uruguayo Martín Buscaglia, fue el siguiente en la grilla. Llegó con unos pocos fanáticos y se fue con muchos más. Al frente de sus Bochamakers (Matías Rada en guitarra y coros; Mateo Moreno en bajo; Tato Bolognini en batería), deslumbró con sus canciones luminosas, en un show pensado para un estadio de esas dimensiones y con un repertorio que no se restringió al reciente y notable Temporada de conejos (2009), sino que incluyó un repaso por canciones luminosas de sus discos anteriores. Comenzó con "Vagabundo", del imprescindible El evangelio según mi jardinero (2006), una milonga funky y pegadiza. Y a partir de allí, todo: el himno hippie-poloniense "El sol"; "Mil cosas", o un listado esperanzador e inabarcable de la vida por venir; el groove candombero de "Jaula de motos" y el funk de "Cerebro, orgasmo, envidia y Sofìa"; "Lagartijas", o un sabio consejo para los viajes y el estado físico; y "Lavapiés", un homenaje al cosmopolita barrio madrileño, con un coro que le imprimió energía gospel a la noche correntina.
Kevin Johansen lució una tupida barba (¿maradoniana?) y junto a su grupo, The Nada, confirmó la proyección nacional de sus canciones desgeneradas. Con el legendario "Zurdo" Roizner en la batería, y un ajustado grupo que ostenta un ecectisimo ideal para sus canciones, Kevin transita por distintos géneros con comodidad y convicción. Las canciones de sus distintos discos dialogan entre sí con
notable fluidez y confirman un repertorio poderoso que va de un "cumbancherismo glam" ("En mi cabeza") al "skacito" ("Palomo"). Kevin tiene hits ("Anoche soñé contigo", "Down With My Baby", "Guacamole") y comprobarlo aquí, en Corrientes, es saludable.
A solas con su teclado con sonido de piano, Fito Páez ofreció un show memorable, después de quince años sin pisar tierras correntinas. Vestido con elegante traje y corbata, la propuesta es tan sencilla como contundente. Alguna canción reciente ("tiempo al tiempo" y su adecuada punch-line mundialista "¡Qué alegría cuando hacemos el gol") y un repaso por su obra vasta y fantástica. Este formato de show que propone Fito funciona en dos direcciones. Por un lado para redescubrirlo, una vez más, como pianista. Para profundizar en su relación con las teclas. Para disfrutar de las introducciones largas, con un lirismo pianísitico que remonta vuelo y que es reconfortante para el público y (acaso) para el mismo.
Pero este formato sirve, también, para comprobar la potencia de sus canciones, ese repertorio notable, que es un pilar fundamental de la música popular y el rock en la argentina. Es muy impresionante ver el modo en que la gente se transforma, se enfervoriza y llora cuando canta esas canciones. Apenas con un piano, Páez transforma al estadio en un gran karaoke colectivo y cuesta encontrar a alguien que no lo acompañe con sus canto. Como nunca antes en el festival, se entiende el concepto de fanatismo. "11 y 6", "Cable a tierra", "El amor después del amor", "Un vestido y un amor", "Llueve sobre mojado", "Brillante sobre el mic" y una versión impresionante de Ciudad de pobres corazones", con Fito rockeando el piano casi como Jerry Lee Lewis. Y después "A rodar la vida", "Dar es dar" y "Mariposa Technicolor". Y qué alegría cuando hacemos el gol, Corrientes. Hasta el año que viene.
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