La banda española ofreció sus poesías descarnadas en una noche extensa e intensa que tuvo a La Renga como telonero sorpresa
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Ellos lo definen como "el rockanrolillo de siempre". "Ellos" son Marea, cinco muchachos de Berriozar, un pueblo en las periferias de Pamplona, la capital de Navarra, que tienen la extraña habilidad de haber atravesado quince años (que festejan a todo ruido por Valencia en diciembre) con la misma formación, sin peleas ni discusiones, y alimentando los mismos proyectos y ambiciones. Quince años que significan seis discos, centenares de shows y cuatro visitas a nuestro país, la última de ellas para presentarse en el microestadio Malvinas Argentinas en la más pretenciosa de las apuestas que propusieron sobre este suelo.
Pero no. Mienten. No es lo suyo apenas "el rockanrolillo de siempre". Es cierto que son deudores del rock más visceral, aquel de fraseos sencillos y estribillos atronadores. Su sonido nos recuerda inevitablemente a AC/DC y hasta el guitarrista César Ramallo estriba la idea con sus movimientos a lo Angus Young. Pero es sólo un sonido. Lo demás, surge de una mezcla de flamenco, fina poesía, pericia y pura sangre. El encanto hipnótico del bailaor y los secretos cifrados del juglar en cuerpo y voz del Kutxi Romero, la magia cotidiana del orfebre y los trucos del prestidigitador para la guitarra del Kolibrí Díaz, la armonía atronadora del que hace malabares con fuego entre las sombras como propone el bajista Piñas Beaumont. Y, por supuesto, las canciones, principal capital simbólico de Marea.
Pues a eso han venido: a defender En mi hambre mando yo, su último disco, editado el año pasado y presentado en la noche de anoche de cabo a rabo luego del teloneo sorpresa de La Renga. Es conocida la amistad entre ambas bandas, y también el afecto del grupo de Mataderos por las apariciones sin preanuncios en salas donde probablemente jamás podrían tocar si lo hicieran a la manera convencional. Y ahí estuvieron ellos, en una carnal versión power trío sin vientos, armónicas ni artilugios. Sólo seis canciones, la participación de Nacho Smilari (legendario guitarrista de Vox Dei y La Pesada del Rock and Roll) y momentos épicos como con "La balada del diablo y la muerte", himno del cancionero popular y cita obligatoria para todo aquel que aprendió a tocar una guitarra en los últimos quince años.
Las agujas se clavaban en las 2200 cuando un estruendo preludió la salida de Marea a través de "Bienvenido al secadero" y "La majada", los dos temas que abren su última obra. "Buenos noches, Argentina", fue la primera expresión de un discurso inagotable que Kutki fue enhebrando no solo entre canción y canción, sino también en el transcurso de ellas: antes, durante o después, el cantante habla, conversa y recita, bebe otro sorbo de un Cuba Libre que nunca se vacía, le pide cigarrillos a un espectador o recomienda leer a algún poeta. Como Federico García Lorca, de quien tomaron algunos versos de su "Romance de la Guardia Civil Española" para regalar esa hermosa canción llamada "Ciudad de los gitanos".
Paso a paso, tema a tema, poesía a poesía, Marea encara su repertorio haciendo de tripas, corazón. "La luna me sabe a poco", "Que se joda el viento", "La rueca" y "Como los trileros" son algunos de los repasos de Besos de perro (2002) y 28 mil puñaladas (2004), los dos discos más emblemáticos en donde la banda se sumerge, a través la arrogancia de su música y la sensibilidad de su pluma, en las congojas más honestas del alma, que son aquellas que nos obligan a tutearlas (tutearlas, no tuitearlas) para desentrañarlas, distraerlas por un rato y seguir camino en la vida. Las frustraciones escondidas en la sonrisa triste del payaso que posterga sus penas en las confusiones del maquillaje efímero.
A pulmón herido, todas las canciones son coreadas y expropiadas por las tres mil almas urgentes que incubó el Malvinas, en una noche que el grupo grabó y filmó especialmente para darle destino de DVD en vivo. Como es habitual, el Piñas tuvo su momento a la voz ("La mejor de la historia del rock", azuza Kutxi) a través de "Con la camisa rota", "Alfileres" y "Trasegando", de los instantes más sacachispas de la velada junto al tradicional cierre con "El perro verde", "Como el viento de poniente" y "Marea". "Chau, hasta siempre. Si no nos vemos, será por culpa mía", dice el cantante tras tres horas de show sin mezquines ni renuncios. Creer o esperar.
Por Juan Ignacio Provéndola
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