Por qué Pavarotti fue el último rock star de la lírica

El tenor llevó su carisma hasta Hollywood, donde protagonizó Sí, Giorgio (1982), una comedia en la que perdía la voz
El tenor llevó su carisma hasta Hollywood, donde protagonizó Sí, Giorgio (1982), una comedia en la que perdía la voz Fuente: Reuters
El documental de Ron Howard, que se verá mañana en los cines Village, recobra los grandes hitos de la carrera del divo italiano, desde su consagración en el Met al éxito global de los Tres Tenores
Pablo Kohan
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9 de octubre de 2019  

Pavarotti, la película de Ron Howard que se verá mañana en una única función -a las 20- en los cines Village, está impecablemente realizada. De principio a fin, en una síntesis brevísima, es un relato lineal e inmaculado de la vida del gran cantante. Sin embargo, en esa biografía ilustrada, en la que abundan testimonios, imágenes y, sobre todo, sonidos y cantos, están ausentes todas las observaciones que pudieran deslucir una historia de gloria.

Aquí, a lo largo de casi dos horas, se muestra cómo Luciano Pavarotti -nacido el 12 de octubre de 1935 en Módena, ciudad donde murió el 6 de septiembre de 2007- fue el tenor más célebre de su tiempo, un auténtico rock star planetario que confeccionó una trayectoria de excelencia musical y de noblezas y solidaridades manifiestas. Ninguna mínima tacha, ninguna decadencia. Quien ame a Pavarotti saldrá del cine admirándolo aún un poco más. No obstante, aun cuando Pavarotti fue un cantante fenomenal, dueño de una voz única y maravillosa que conquistó multitudes, tuvo limitaciones musicales, teatrales e interpretativas.

Para enaltecer al gran tenor, en el documental se escuchan, entre muchas más, palabras elogiosas de cantantes tan notables como Carol Vaness, Vittorio Grigolo, Angela Gheorghiu y Plácido Domingo, su socio en Los Tres Tenores.

Todos ellos afirman lo que se le ha reconocido siempre a Pavarotti: "Cuando Luciano canta, la voz fluye sencilla, como si todo fuera natural". Más allá de las alabanzas y de las celebraciones, a lo largo de la película, se escucha esa voz tan peculiar que, en su momento de apogeo, parecía sobreponerse a cualquier dificultad. Por lo demás, es real que así como los tenores, técnicas de emisión, impostaciones y vibratos similares mediante, terminan por parecerse unos a otros, Pavarotti tenía un timbre, un color y un sonido absolutamente personal, único y, sencillamente fascinante. Plácido lo dijo: salía como si fuera sencillo.

No faltan perlas inhallables dentro de esta película. En el comienzo, Luciano llega hasta en el imponente y misterioso Teatro Amazonas, en Manaos, y, entre amigos, a pura felicidad, canta una canzonetta, acompañado por un piano. Con todo, entre los verdaderos infaltables, se lleva todas las admiraciones la filmación del día en el cual Pavarotti conquistó al público del Metropolitan Opera House. En toda biografía se menciona aquella actuación suya cuando, el 17 de febrero de 1972, asombró con sus nueve do agudos. En Pavarotti, aparecen dos de ellos y, trascartón, una ovación descomunal que provoca temblores intensos.

La película regala imágenes de la infancia y la temprana juventud y pasa lista al modo en el cual Pavarotti se fue posicionando hasta que, gracias a la generosidad de Joan Sutherland -quien descubrió todo su potencial- logra acceder a los más importantes teatros del mundo. No hay críticas, no hay objeciones, no hay contratiempos. Hasta se lo ve dando clases magistrales cuando es sabido que nunca profundizó en estudios musicales ni fue la docencia una faceta ni siquiera mínimamente destacada dentro de su currícula. Tampoco se hacen observaciones a que era esa voz mágica e impactante la que despertaba admiraciones y aclamaciones ya que su teatralidad era escasa como también lo era, por consiguiente, su capacidad para crear personajes creíbles o comprometidos con una trama determinada.

Pavarotti, con esa naturalidad llamativa e inapelable podía representar a Otello, a Rodolfo, a Pinkerton o Canio cantando con una soltura asombrosa. Al mismo tiempo, Otello se parecía en demasía a Rodolfo, a Pinkerton y a Canio. Luciano cantaba sus dos arias de cabecera, "E lucevan le stelle", de Tosca, y "Nessun dorma", de Turandot, exactamente con la misma aproximación. Si bien en la película se lo ve muy suelto revoleando sus piernas haciendo el Nemorino de El elixir de amor, de Donizetti, lo habitual, en cuanto ópera actuara, era la inmovilidad y la inexpresividad teatral. Puestos a comparar y ambos en el momento de mayor plenitud, Domingo superaba ampliamente a Pavarotti en la interpretación y construcción de personajes. Y en ese mismo tiempo, Pavarotti superaba ampliamente a Domingo en el modo en el cual su canto embelesaba y conquistaba al público. Pero en donde no hubo ninguna comparación fue en el deseo de trascender. En esa empresa, Luciano fue imbatible.

El deseo de trascender

Carismático y sediento de otros placeres y otras luminarias, Pavarotti avanzó por afuera de los teatros. Se asoció a Herbert Bresin, un publicista audaz y muy bien conectado, y así, de modo metódico y con la infraestructura y las planificaciones adecuadas, Pavarotti comenzó a ser el cantante lírico que conquistó al planeta.

Su silueta de perímetro interminable fue su primera carta de presentación. Solía decir una y otra vez: "Debido a mi tamaño, la gente me ve una vez y ya no me olvida más". Pero para que la imagen fuera permanente, apareció en televisión, publicitó tarjetas de crédito, un 4 de julio desfiló por las calles de Manhattan vestido de vaquero y cabalgando sobre un sufrido caballo negro, cantó con Frank Sinatra, posó en malla ostentando todas sus redondeces, con el torso desnudo, en la ducha, cantaba su felicidad y, por último, comenzó a aparecer con su amplio pañuelo blanco, flameando en su mano como una bandera triunfal a la conquista del universo. Con su sonrisa edulcorada y su barba y cabellera siempre negras, los cachets fueron ascendiendo y, en los 80, su figura llegó a ser tan conocida como la de Reagan o la de Maradona, tanto que incluso protagonizó en 1982 una comedia romántica en Hollywood, Sí, Giorgio.

Cuando Bresin ya no le sirvió más, se asoció con Tibor Rudas, un empresario húngaro que fue el autor material del celebérrimo concierto en las Termas de Caracalla en 1990, cuando, en el medio del Mundial de fútbol en Italia, aparecieron Los tres tenores. Mientras Goycochea atajaba penales para alegría de todos los argentinos, Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras produjeron un concierto que convocó, a través de la televisión y los satélites, a una audiencia jamás reunida para un evento lírico y cuyo CD -con más de diez millones de copias vendidas- establecería un récord que nunca pudo ni podrá ser superado en el campo de la música clásica.

Si ellos tres lo entendieron como una reunión de amigos, Rudas comprendió perfectamente la potencialidad económica que ese trío representaba. Pavarotti, que hasta ese momento, había fluctuado por mitades entre la ópera y las otras actuaciones, ésas que le dieron una fama universal, proyectó su profesión privilegiando los estadios por sobre los teatros en una proporción de cinco a uno.

Entre muy frecuentes cancelaciones, su carrera lírica continuó en el Covent Garden, en la Scala o en La Bastille, repitiendo una y otra vez un puñado de óperas, siempre las mismas. Las ventas fenomenales del doble Tutto Pavarotti (1989) con arias y canciones conviviendo en armonía, marcaron lo que parecía ser el tope de su popularidad, llegando a un público que siempre había visto a la ópera como distante y ajena. También debe sostenerse, y sin temor al error, que todo lo que Pavarotti cosechó estaba bien merecido. Su caso no era el de Richard Clayderman, ni el de Vanessa Mae o el de otros advenedizos que, a través de campañas de prensa y de un producto musical vendedor podían, generalmente por poco tiempo, establecerse como un éxito comercial. No hay que olvidarlo: los triunfos de Pavarotti comenzaron dentro de los teatros, cantando ópera.

Pero, después de 1990, sus apariciones en soledad o compartiendo escenario con artistas populares -benéficas o no- se fueron transformando en centrales y casi exclusivas. Las varias ediciones de Pavarotti & Friends (entre 1992 y 2003) devinieron en su trabajo medular. Por otra parte, llegó Nicoletta a su vida íntima, con muchísimos millones, desapareció Adua, su esposa, y se estableció un ostentoso Pavarotti Music Centre en Bosnia. Desde las páginas de los diarios se podía leer que las ventas de sus CD con amigos se encaramaban bien alto en los ránkings, junto a Aerosmith, Sting o Fito Páez, y, también, que sus actuaciones operísticas en Milán o en Londres habían sido un fiasco. Concretamente, si para Pavarotti (la película) no hubo decadencia ni ocaso, nosotros pudimos percibirlo cuando, en 1999, sin más ánimo que el del lucro, realizó un recital penoso en la Bombonera, con Mercedes Sosa como artista invitada, y en el cual, a pura rutina, sólo cantó por unos veinte minutos.

Sin la más mínima duda, Luciano Pavarotti fue un cantante asombroso, un tenor maravilloso, un artista al cual los teatros líricos, en algún momento de su carrera, comenzaron a resultarle escasos. Y tuvo la sagacidad y todas las herramientas vocales para, literalmente, conquistar el mundo. En los teatros hubo otros cantantes sumamente virtuosos, algunos de ellos, definitivamente más completos que el italiano. Pero esta película no fue pensada para impartir justicia ni para oficiar de testimonio objetivo de la lírica en los tiempos de Pavarotti, sino para amarlo.

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