Nalbandian vuelve a casa

Réquiem a la carrera del jugador que definió la última década del tenis argentino
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22 de noviembre de 2013  • 18:49

Adiós David Nalbandian, hiciste muy bien la faena del tenis, ganar, insistir, darlo vuelta. Viéndolo desde las canchas bajo la autopista donde un smash aborta por la falta de cielo o desde las piletas contracorriente de los Masters 1000 donde los jugadores de la elite se duermen reventados en agua tibia y salada, es dificilísimo llegar a donde llegaste. Normalmente, alguien con tu carrera sólo queda bajo el criterio deportivo de un Top Ten, es lo más honesto. El resto, los que no han ganado nada, dicho con el acento de Chilavert, son de palo. ¡Qué van a decir! No podrás fanfarronear como Vilas que ganó mucho más, pero podrás fanfarronear bastante, incluso estirar el cuento del que no se borra cuando hay que defender la camiseta. Topper insistirá lo que haga falta.

Brillaste en 2000, pero el país te fraguó antes, de eso se habla poco. En la década de los dólares baratos que hicieron circular jugadores de tenis por el mundo y que se foguearan en la soledad de la distancia y en putear en inglés al umpire a los 12 años. Tengo para mí el recuerdo de la llamada "mesa de los administradores" del Piacere de Paraguay y Gurruchaga cuando me vieron llegar una mañana, un viernes de noviembre de 2007, que amanecí cuando pude y exaltados voltearon hacia mí y me gritaron: "¡Viste, viste lo que hizo!". Yo iba con la expectativa de ver el segundo o tercer set, pero Nalbandian ya lo había liquidado 6-1, 6-2 a Nadal en París, en cuartos, todo con el revés, sacando ángulos acutángulos insólitos. También te vi mil veces entregar partidos híper ganables y tal vez un día cuentes porqué lo hacías, si por plata o por paja. Los chicos en los clubes te vieron resignar esos partidos y los padres no abrieron juicio siguiendo la moda de mantener a los niños al margen de toda la maldad.

Habrá –son estadísticas– nuevos hiperlaxos obsesivos que pueden pegar cien drives iguales y cinco dotados por año que puedan pegar tu inigualable revés a dos manos, habrá coaches discretos y tenaces pero a lo mejor no están los dólares a precio de peso. O a lo mejor están los dólares, pero faltan los coaches. O, quién sabe, la genética argentina tal vez saltee una generación de hiperlaxos obsesivos o no se los saltee nada y se dediquen a pasar alambres de púa para robar terneros y matar el hambre.

Como tantos argentinos, optaste por tener tus derechos y ninguna de tus obligaciones. Burlaste barreras de peaje, pateaste jueces de línea, quisiste morderle ingresos a Del Potro en aquella final de Mar del Plata de la Davis en 2008, insultaste a Guillermo Salatino en una conferencia de prensa como si fuera una cosa, una mierda, respondiste "Ni una" cuando un chico te pidió "¡David, una pregunta!". Vos también sos de tomarle la leche al gato, como le dijo Maradona a Fangio para describir el sólido egoísmo que habría caracterizado al quíntuple campeón mundial de Fórmula 1. Pero, con esa frase, la carrera de Fangio, el coraje en las curvas, la concentración, el calor demencial en los cockpits de hojalata quedaron reducidos, para los que no lo conocieron, a una versión arbitraria y negativa de su condición privada. Sería un crimen que te pase lo mismo. También es cierto que un gran deportista parió –indesmentible– a un malintencionado, un impune. Ahora que vivirás de los recuerdos, si querés el mito y rentarlo, te pediremos más.

Por Esteban Schmidt

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